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29 de Nov de 2020

Cultura

Pueblo

Pueblo es el que tiene el poder, y el poder del pueblo es el número

¡Qué palabra tan bonita! ¡Y cuantos significados tiene!, ¿verdad?

Recuerdo ahora los pueblos de mi infancia, aquel tiempo distinto, aquel tiempo que se estiraba, elástico y eterno en los anocheceres invernales y crujientes de nieve o en las tardes claras de verano que parecían no dejar entrar nunca a la noche. Esos pueblos que en Panamá, como en casi todo el mundo, agonizan lento, carpiendo inútilmente una población que ya no quiere carecer de internet de alta velocidad, discotecas donde poder anestesiarse a golpe de chundachunda machacón y salas gigantescas donde poder ver la ventiúltima película de la meca del cine. Pueblos que se despueblan para poblar la pantagruélica capital, poblaciones que están lejos, a desmano, que no interesan más que para aprovecharse de ellas. Pueblos que solo se visitan en tiempo de elecciones, pueblos donde, los que viven a expensas del pueblo, votan pero no viven.

Pueblo somos también los que poblamos nuestros pueblos y ciudades, pueblo que brega y sobrevive y vota.

Parafraseando al gran juglar panameño, pueblo somos todos pero no todo el pueblo es igual. Algunos son más pueblo que otros. Y el voto de algunos parece que vale más que el de otros.

Y los votantes de esos pueblos que se pasan toda la legislatura clamando en el desierto se encuentran, el día de las elecciones, con que las matemáticas también se ponen en su contra.

Cocientes y residuos, triquiñuelas inventadas por los que tienen la sartén por el mango para que los que votan y trabajan, voten por ellos aunque no quieran y sigan trabajando para ellos aunque no lo decidan.

Pueblo es el que tiene el poder, y el poder del pueblo es el número. Cuando la plebe despierta, tiemblan los maquiavelos matemáticos, porque un pueblo enfurecido ya no atiende a razones y duélale a quién le duela, probará sangre.

Luego nos asustamos y con buenas palabras y gestos condescendientes intentamos que las aguas vuelvan a su cauce, pero es muy difícil recoger la leche cuando el cántaro de la paciencia se rompe, y ya solo queda llorar sobre el líquido derramado.

Sigan, señores políticos, sigan tirándole de la cola al popular tigre dormido que cuando éste termine de despertar la tarascada va a ser memorable.

Es de ver cómo se burlan, enroscándose como bichos ponzoñosos en los espacios grises de la ley, ateniéndose al espíritu de las leyes que ustedes, metafísicos de pacotilla convertidos en chamanes, han convocado para que hable siempre a su favor.

No digo, líbrenme los dioses de ello, que ustedes hayan hecho cualquier cosa deshonesta, mis estimados, pero uno no se queda donde no lo quieren, y la democracia, el gobierno del pueblo, se basa, (esto es así, gústenos o no nos guste a los que no solemos ser mayoría), en la tiranía de la mayoría.

Se aferran ustedes, sí ustedes saben bien quiénes son, a una ubre, hincando en ella sus colmillos, usufructuando aquello que debe ser público. Se agarran como lampreas a las costillas de un pueblo que está empezando a desesperarse y a sacudirse para librarse de ustedes, tábanos rodeando las orejas del garañón.

Duérmanse en los laureles de su curul, disfruten lo que les quede, ahora, por favor, no visiten demasiado a menudo sus pueblos, no vaya a ser que se encuentren con que son non gratos en esas calles que ustedes creen suyas, y no vengan con llantos y crujir de dientes el día que un escupitajo o una imprecación vengan a turbar su mal habida posición, porque en este pueblo, aún es el pueblo el que manda, aunque no se haya enterado todavía.

COLUMNISTA