Panamá,25º

12 de Dec de 2019

Cultura

Monstruo

Siento cómo todo se calma mientras me columpio suavemente. Todo se va oscureciendo… pero, ¿cómo llegó esta calma?

Siento cómo todo se calma mientras me columpio suavemente. Todo se va oscureciendo… pero, ¿cómo llegó esta calma?

Lo último que recuerdo era sentir que ya nada tenía sentido. Tenía hambre y no era capaz de ir a comprar comida, tenía el suelo de la entrada cubierto de cartas de desalojo. Hacía poco que mi pareja me había abandonado por su entrenador del gimnasio. Ningún empleador me llamaba después de alguna de las tantas entrevistas de trabajo. Mi mamá había fallecido no hacía mucho y mi familia se había desperdigado.

Llegó el punto en que no me levantaba de la cama, la mayor parte de los días no tenía energía ni siquiera para abrir los ojos.

Pero ocurrió algo que puso mi mundo del revés, un día el hambre me obligó a ver si tenía algo que comer en la cocina. Al pasar por la sala empecé a escuchar golpes secos en la pared. Sonaban como si alguien estuviese del otro lado. Pensé que los vecinos estarían colgando algún cuadro y no le presté mucha atención, pero se me puso la piel de gallina al dar el paso siguiente, cuando me di cuenta que el sonido provenía del muro que daba hacia el balcón, y al otro lado de esa pared solo había vacío.

No pensé que fuesen ladrones, no en el piso 33, y me acerqué lentamente a la terraza. La curiosidad me empujaba a encontrar la causa del fenómeno pero no me atrevía a abrir la puerta de vidrio. Contemplé el cielo, distrayéndome de la realidad, y fui bajando la mirada poco a poco cuando me los topé: unos ojos amarillos fijos en mí.

Aquellos ojos me observaban detrás del barandal. Era como si un niño curioso se asomara a fisgar por encima de la barandilla, solo que aquello que se asomaba no tenía superficie donde poder pararse y no era un niño sino un monstruo.

Podía ver sus manos, aferrándose a la barandilla con las uñas que parecían garras, oscuras como el carbón. También podía ver su frente y lo que rodeaba a esos ojos que asechaban detrás del barandal. Todo lo demás estaba detrás del muro que cerraba la terraza, y recuerdo estar agradecido por no poder verlo. De pronto, mientras nos mirábamos, se soltó y cayó al vacío. Sorprendido, abrí la puerta por impulso y salí, pero cuando miré hacia abajo… nada.

Pensé que el hambre estaba jugándome una mala pasada y me apresuré a ir a comer algo… el problema era que en casa solo había una lata vencida de atún. Total, no podía más con el dolor de estómago y decidí arriesgarme. Cuando acabé mi festín me fui a la cama a masturbarme, llorar un poco e intentar escapar de todo mediante el sueño. Me desperté agitado a las once de la noche y salí corriendo a la cocina al escuchar un ruido fuerte, ¿se habría metido en la casa el bicho de la terraza? Pero en la cocina no pasaba nada, creí que era mi imaginación de nuevo, pero no hice más que dar un paso dentro de la cocina y se disparó una borrasca de vasijas y vasos que volaron de esquina a esquina. Ninguno de ellos me alcanzó. O eso creía yo. Veía asombrado cómo la nevera se llenaba de abolladuras como si estuviese siendo golpeada por algo invisible. La mesa y las sillas empezaron a ser lanzadas por el aire. Cuando todo pareció calmarse me encontré en una esquina de la cocina, en posición fetal y protegiéndome la cabeza entre los brazos, pensando en que, por suerte, nada me había golpeado. Al levantarme vi mis manos, tenía los nudillos destrozados y sangraban, mis brazos estaban cubiertos de cortes profundos y mi ropa llena de huecos. Era como si una bestia me hubiera atacado y no entendía nada, pero escuché un gruñido desde la parte trasera de la cocina y salí corriendo a mi habitación.

Ponerle seguro a la puerta del dormitorio no me dio paz, no cerré mis ojos durante toda la noche y no porque volviese a suceder algo, sino por el silencio… sí, podía oír mi respiración, mis latidos, mi estómago rugiendo por la gastritis, pero más nada. No se escuchaba ni la brisa que azotase las ventanas. Era como si toda existencia tuviese tanto miedo de mi apartamento que ni siquiera la luz o el sonido se atrevían a pasar cerca de él, como si los sonidos tuviesen miedo de revelarse, como si al viento le atemorizase ser devorado por la maldad.

Al fin, la luz del sol tocó mi edificio y mis vecinos tocaron a mi puerta, preocupados. No tengo la más remota idea de por qué negué cualquier problema, y afirmé que todo estaba bien, respondiendo sin abrirles la puerta. Al irse sus voces, regresó mi terror a la casa en la que habito.

El miedo me convenció de que tenía que salir. Traté de recordar y por lo menos llevaba dos semanas dentro de la casa. Eso no puede ser sano.

Fui a bañarme. Mientras el agua caliente me limpiaba la sangre del cuerpo y me lavaba la cara, mis manos empezaron a moverse solas, me empezaron a golpear. Me abofeteaban, me tiraban ganchos en las costillas, me jalaban el cabello… y yo no pude hacer más que llorar desconsoladamente, esperando a que terminara esa agonía. No podía más. Apenas cesaron los golpes, me arrastré fuera de la ducha, agarré pluma y papel comencé a escribir todo esto aprovechando la falsa paz. No estoy loco. Tienen que creerme. Escribí pensando en que la tinta conjuraría todo lo que estaba pasando, pero o no hay magia en mis letras o no es magia buena.

Cuando miré la página escrita empecé a notar que la tinta se tornaba roja, cada vez más parecida a la sangre coagulada. Sangre como la que corría por los cortes en mi piel y que iba cayendo en goterones al suelo.

En medio de mi estupor me abrazaron por la espalda unas manos que se me hacían familiares. Me acariciaron coquetas, sus uñas dibujaban círculos en mi pecho, lujuriosas. El ente dueño de las mismas me susurró al oído un ‘Hola', salido del maldito infierno del que venía ese monstruo. Me levanté con violencia y lo empujé.

‘¿Qué tengo que hacer para que me dejes en paz?'. Escupí las palabras en voz alta.

Sus ojos amarillos me miraban sin parpadear y contrastaban con su cuerpo negro. Sonrió, mostrándome unos colmillos podridos y en su mano había una cuerda. Ese maldito quería que lo ahorcara. Y eso hice.

Amarré la soga a una de las patas de mi cama y la pase por el abanico del techo. Paré al desgraciado en una silla, rodeé su cuello con el lazo y lo miré. Estaba muy distinto ahí arriba, tenía los ojos llorosos y su cara feliz había desaparecido, pedía piedad pero a la vez pedía que terminase con esto. Pateé la silla y eso fue lo último que recuerdo.

Ahora estoy aquí meciéndome lento, sintiendo cómo el frío llena mi cuerpo y cómo la paz inunda mi mente, al igual que lo hace la misericorde oscuridad.

AUTOR

‘No se escuchaba ni la brisa que azotase las ventanas. Era como si toda existencia tuviese tanto miedo de mi apartamento que ni siquiera la luz o el sonido se atrevían a pasar cerca de él, como si los sonidos tuviesen miedo de revelarse, como si al viento le atemorizase ser devorado por la maldad...'.

BRYAN EDWARD TOWNSHEND BAHAMÓN

Autor

Nació el 23 de noviembre de 1999.

Cursa el tercer año de la Licenciatura en Economía. Es profesor de debate en el Instituto Sun Yat Sen, y voluntario de varias oenegés.

Amante del arte, ha incursionado desde hace algún tiempo en la literatura.

Texto elaborado en los talleres del Festival Panamá Negro en colaboración con la Ciudad del Saber.