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11 de Aug de 2020

Cultura

Tú, no

Tú no, querido. No tú, ni mi padre que con tres hijas y hace casi cincuenta años jamás permitió que le dijeran que qué lástima de no haber tenido un chico.

Tú no, querido. No tú, ni mi padre que con tres hijas y hace casi cincuenta años jamás permitió que le dijeran que qué lástima de no haber tenido un chico. No tú, padre, que dedicaste tu tesis a la mujer y su acceso al mercado laboral. No tú, que me enseñaste a defenderme sola. Que jamás de los jamases me permitiste temer, ni aceptaste que tus hijas fueran víctimas.

Tampoco tú, mi amigo. Aquel con el que jugué, corrí, me caí y me levanté. Con diferentes nombres, tú no. Ni Omares, ni Robertos, ni Jorges, ni Josés, ni Antonios, ni Pedros. No vosotros, os llamaseis como sea, vivos o habiendo cruzado el umbral. Ninguno de vosotros, nunca.

Tampoco vosotros, los que os enamorasteis o los que solo queríais pasar el rato. Los que os acercasteis, insististeis, rondasteis y suplicasteis, rogasteis o exigisteis No vosotros. Nunca vosotros. Porque yo también tengo derecho a ser pesada, y a enamorarme y a perseguiros y a negarme a aceptar una negativa. Porque nos enseñan a perseguir nuestros sueños, y yo me sentí honrada de ser vuestro sueño, aunque a veces os haya tenido que despertar de mala manera.

Ninguno de vosotros es un violador. Ni mis hijos, ni mi padre. Ni lo fueron mis abuelos, ni mis tíos, ni mis primos. Ni ninguno de todos aquellos que me rodearon y de los que me siguen rodeando. No os atreváis, vosotras, a señalar con el dedo a aquellos que no han hecho otra cosa más que ser compañeros, parejas y apoyo.

Nos estamos volviendo locos. Todos y todas. Y todexlgtbhizs. Nos estamos enloqueciendo y no nos permiten pararnos a pensar. Nos están tratando de convertir en víctimas temerosas, nos tratan de convencer de que estamos rodeadas por el peligro, acosadas, indefensas y expuestas. Y no es verdad, ¡por Tutatis, no es cierto! Por lo menos yo me niego rotundamente a creerme una pobre mujer desvalida. No soy una damisela en apuros. Me niego a considerar siquiera que no soy capaz de poder defenderme a mí misma. Y si alguna vez ocurriera aquello que nunca nadie quiere que le ocurra, la culpa no sería de todos, sería del perpetrador.

Porque acusar a todo un género rompe la presunción de inocencia: 'Todos son violadores mientras no se demuestre que son nuestros aliados'. Y al generalizar el victimismo estamos quitándole importancia al horror y estamos diluyendo la culpa y el oprobio que debe pesar contra el violador. No. No quiero que todos sean violadores. Quiero, exijo, acciones concretas para perseguir a los culpables, juzgarlos en derecho y que paguen su pena. Todos ellos, sacerdotes, padres, tíos o abuelos. Desconocidos o familiares. Quiero penas ejemplares. Y quiero que la violación sea más perseguida que el cuatrerismo.

Quiero que la niña que es violada tenga un espacio seguro donde poder refugiarse para escapar, quiero que la mujer que es abusada tenga la seguridad de un tratamiento expedito y humano. Que nadie dude, que nadie se atreva a decir que no pasó. Pero que nadie se atreva tampoco a señalar a todos para exorcizar un miedo.

Yo no me calmo señalando con el dedito y apuntando a un grupo. No me sirve que me digan que el violador soy yo. ¿Y saben qué? Al violador le importa un cojón de pato tuerto el bailecito y los gritos, mientras ellas hacen el bailecito, él está concentrado en penetrar oralmente a una bebé de ocho meses. Y disfrutándolo. Piénsenlo, queridas mías, a ver si empezamos a enfocarnos en lo que importa y nos dejamos de coreografías y de copiar performances.

Columnista