28 de Sep de 2021

Mónica Miguel Franco

Cultura

Orgullo

Fue ese el pecado que arrojó a Luzbel, el ángel más bello a la diestra del dios de Israel de su sitial. Fue el orgullo lo que perdió a aquel “(...) sello de una obra maestra, lleno de sabiduría, acabado en belleza (...)

El orgullo se define en el diccionario de la Real Academia de la Lengua Española como el sentimiento de satisfacción por los logros, capacidades o méritos propios o por algo en lo que una persona se siente concernida. Aunque en la segunda acepción nos especifica que también puede llegar a ser arrogancia, vanidad o exceso de estimación.

El orgullo es uno de los siete pecados capitales, esos que te mandan directito y sin escalas al Infierno. La soberbia, o el orgullo no solo es considerado por la Santa Iglesia Católica y Apostólica como uno de los pecados capitales, sino que es considerado el primero y principal. ¿Pero por qué le tienen tanta inquina a la vanitas? Pues porque fue ese el pecado que arrojó a Luzbel, el ángel más bello a la diestra del dios de Israel de su sitial. Fue el orgullo lo que perdió a aquel “(...) sello de una obra maestra, lleno de sabiduría, acabado en belleza (...). Toda suerte de piedras preciosas formaba tu manto: rubí, topacio, diamante, crisólito, piedra de ónice, jaspe, zafiro, malaquita, esmeralda; en oro estaban labrados los aretes y pinjantes que llevabas, aderezados desde el día de tu creación. Querubín protector de alas desplegadas te había hecho”, tal y como nos cuenta Ezequiel.

Y allá lo mandaron a caminar por la tierra tentando a los pobres mortales, como si nosotros necesitásemos de alguien para ser más malos que Caín, (quien, por cierto, también me parece un inocente al que su dios le jugó una mala pasada, pero de eso hablaremos en otra ocasión). La cosa es que ahí está el orgullo, en la cima del mal comportamiento. Para los vicarios de Yahvé en la tierra cualquier cosa es perdonable siempre y cuando seas humilde: viola niños, mata gente en las cruzadas, quema herejes y pártele la cara a tu mujer, pero con humildad.

Yo, si les soy sincera, soy orgullosa. Sí, y a veces soberbia y vanidosa. Porque sé lo que valgo y, como a Lucifer, me toca los cojones tener que disimular lo que soy solo porque a los otros les ciega mi brillo. Con lo cual (como si yo necesitase una razón más para ello), sé que el Infierno es mi destino a pesar de que no he violado a nadie, no he matado a nadie (todavía) y no soy ni corrupta ni ladrona. Pero soy orgullosa y allá me verán, rostizada a fuego lento en la caldera de Pedro Botero.

En fin, que una vez asumido mi destino de perdidos al río. Hoy tengo el pecho henchido de orgullo. Uno de mis hijos ganó esta semana uno de los galardones que entrega cada año el Fórum Nacional de Periodistas. Es el ganador más joven en la trayectoria del premio. Y yo estoy orgullosa. Porque quiero, porque puedo y porque me da la gana.

Dicho lo cual, que quede esto en acta para los restos porque será la última vez que se lo digo. Es demasiado joven y lo que menos necesita en este momento es que lo abaniquen.

Ahora necesita que su madre le diga que no se lo crea, que le queda mucho camino por delante; que a veces, como a Luzbel, te encumbran para poder empujarte desde más arriba; que las personas, como los dioses, son muy crueles y que suelen usar la cama de Procusto con aquellos que descuellan.

Así que, hijo mío, por ahora permite que sea tu madre la orgullosa, la que se condene, y tú sigue aprendiendo. Pero levanta la frente, la humildad es para las ovejas y tú naciste para león.

Columnista