17 de Sep de 2021

Cultura

Apreciación teatral de una observadora: El Sepelio

Es una propuesta de teatro de humor ácido, y en las circunstancias actuales, un auxiliar para la salud mental y el pensamiento crítico en un panorama desalentador

Apreciación teatral de una observadora: El Sepelio
Apreciación teatral de una observadora: El SepelioFotografías cedidas por Arturo Wong Sagel

Es martes 18 de mayo, me encuentro en Teatro La Estación para ver la obra El Sepelio, escrita y dirigida por Arturo Wong Sagel; con las actuaciones de Mara Bethancourt y Saraí Guevara.

Antes de continuar, creo que es pertinente resaltar que llego a Teatro La Estación, en metro, el segundo día de ser mandatorio el uso de pantalla facial al ingresar a las instalaciones del Metro de Panamá (la cuarentena inició el 25 de marzo de 2020 según Wikipedia ). Me pregunto si a partir del lunes 17 de mayo de 2021, el virus cumplía cierta mayoría de edad que le hacía más letal que el día, mes u año anterior, o si el virus empezaría a descargar automáticamente para sí, apps no disponibles antes de esa fecha. Imagino que esto sirve como preámbulo a la comedia que vengo a ver. (Oficialmente, el motivo de la careta es que a partir del 17 de mayo, la capacidad de pasajeros puede llegar hasta el 80% )

El Sepelio es una propuesta de teatro de humor ácido, y en las circunstancias actuales, un auxiliar para la salud mental y el pensamiento crítico en un panorama desalentador en ámbitos variados, (económicos, mentales, sociales, gubernamentales, situación de derechos humanos, etc.) en los que no cesan de irrumpir golpes reveladores de la dinámica biopolítica local; la obra responde con bastante dulzura y humanidad -probablemente debido a que su idea surge a partir del fallecimiento de la abuela del autor-a una coyuntura donde la crítica y los cuestionamientos al poder, han sido, si hablamos en términos modernos, cancelados a través de la intimidación, la desacreditación, la descalificación y la evasión en matices variados, siendo precisamente objeto de estos manejos inapropiados los señalamientos brindados por una parte del sector teatral organizado.

El argumento de la obra es el siguiente: Vielka, viuda de Mariano, vive con Sandra, su “ordinaria” hermana menor. Mariano muere en pandemia pero no de COVID, y a Vielka y Sandra les toca lidiar con las deudas y acreedores de Mariano que no dejan de llamarla, soportar el hedor del cadáver de Mariano, encontrar el testamento extraviado del difunto, coordinar los preparativos del sepelio. En medio de todo ello: el alcohol isopropílico, los ansiolíticos, el bono solidario, el zoom, los paquetes funerarios, los ritos religiosos y el tener que arreglárselas con las presencias incidentales de la cotidianidad: la vecina bochinchosa, el borrachito cantor, el tío acosador, el vendedor de verduras inoportuno, etc.

Cuando voy a ver una obra de Arturo Wong Sagel, tengo una idea del lenguaje escénico al que recurrirá, ello es producto de encontrarnos con un teatrista que ha ido confirmando una voz de autor, nos guste o no esa voz. Hablando de modo bastante general, en su trabajo es notoria una gran influencia y atracción por lo esperpéntico y grotesco, un afán -a veces innecesario y en detrimento de la puesta - por incomodar y seguir el lenguaje tradicional de lo irreverente, y la puesta en escena de trabajos de temática ambiciosa que coquetean con lo experimental en códigos cercanos, en los que incorpora recursos y signos contemporáneos. Lo tragicómico en sus propuestas está en función de producir obras inteligentes, en las que desfila la sátira y la denuncia social. En algunas ocasiones puede cruzar la línea de lo pretencioso, mas tengo la impresión de que a Wong Sagel como teatrista, no le importa mucho hacerlo si lo cree necesario para shockear a un público teatral bastante conservador y poco acostumbrado a cierto tipo de teatro, por lo que asume la producción de obras arriesgadas – en el contexto panameño- en su forma de construir la dramaturgia escénica.

En El Sepelio, como anuncia el título, el tema de partida es la muerte y sus ritos, situados en el contexto panameño de la pandemia. Transcurre en 3 días, y tiene unidad de espacio. En palabras de su autor, es la obra más aristotélica que ha hecho.

Me gustaría destacar dos momentos de la obra: la escena de Vielka cantando, destrozando y resignificando el cantoral de la misa con un ukulele, y la escena de Vielka y Sandra bailando con la urna de las cenizas del difunto a la que visten con una camisa.

La primera porque sintetiza formalmente el desafío semiótico que encara la obra, al proponer muy en sintonía con la tradición mexicana y afrocaribeña, reírse de las pérdidas y de la muerte; como bien sabe Wong Sagel, la idiosincrasia panameña tiene todos los elementos para digerirlo de ese modo, para reírse de lo absurdo y de lo triste. La segunda mención, la hago porque su éxito radica no en aportar algo original, sino por fluir, ser pertinente en la narrativa; y por el teatro de objetos, aún cuando se trate de un ligero guiño, yo lo disfruto mucho. Ese momento apoyado con esta influencia teatral es cierto que se orienta hacia lo cómico, pero también, al cosificar y humanizar simultáneamente ese fetiche circunstancial, bien puede aludir a lo sensible de la perdida del cuerpo con el que se convivió, se amó, se peleó y se desconoció en su esencia, he allí la verdadera tragedia y comedia de las despedidas.

También quisiera resaltar el astuto contraste simbólico de la computadora, la plataforma de zoom y el celular “inteligente” como parte fundamental de la narrativa -diría que fuerzas actantes- con el impedimento de la tecnología de antaño que surge como vehículo de la última voluntad del difunto; el desenlace de la obra está vinculado a un artefacto prácticamente obsoleto y aunque nos resulte impensable por anacrónico, fue en su momento, en manos de casi cualquier mortal, un método para desafiar el tiempo y el espacio.

Las actuaciones en esta puesta son muy buenas, es decir, la comunicación en escena es convincente en su universo y hasta me hizo preguntarme si varias alusiones creativas que enfrentan los personajes, más que hipérboles, pudiesen ser vivencias extraídas de cuando la realidad supera la ficción. Con frecuencia, creo que se banaliza la actuación de tinte cómico, pero la sutileza y naturalidad teatral en este género es posible, (sí, ya sé que no es una “típica” comedia, sino una comedia negra) lo logran notablemente Mara y Saraí; como público, lo agradezco y me es digno de ser resaltado. Sí, a ratos hay algo de descontrol vocal cuando se grita, pero ello no le resta deleite a sus interpretaciones. Encontré ciertos detalles de actuación que subsisten más allá de los diálogos encaminados a lo hablado, se trata de mohínes, lo que hacen las manos, ciertos gestos, hay delicadeza que disiente maravillosamente con la presencia grandilocuente y rústica de ambos personajes lo cual les enriquece.

Lo único que me incomodó un poco fueron las voces en off de los familiares en zoom, ya que sus modos no eran tan creíbles como los que las actrices sí transmitían en escena; las voces no eran cónsonas con la idiosincrasia propuesta de los personajes ni con el modo de actuación sostenido por Mara y Saraí durante la obra, contrastaban sin aportar.

Con respecto al texto escuchado, en este momento viene a mi memoria el diálogo entre Saraí y Mara sobre echar el cuerpo de Mariano a los animales, a los gallotes, al MINSA. Lástima que no pude anotarlo.

Así que sí, ojalá logren adquirir sus boletos para las dos últimas funciones disponibles: martes 25 y miércoles 26 de mayo a la 7:30 p.m., vale la pena asistir, no sólo por apoyar el teatro local, sino porque El Sepelio es un buen trabajo que nos enfrenta, una vez más, a nuestros complejos coloniales, la hipocresía, la superficialidad y el absurdo de la virtualidad que nos desnuda ante el vacío.