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03 de Jun de 2020

Planeta

Pico de los ‘descerebrados’

PANAMÁ. ‘Quién me manda a meterme en este lío’, pensé mientras con las manos y los pies magullados, y sin una gota de agua en mi botella...

PANAMÁ. ‘Quién me manda a meterme en este lío’, pensé mientras con las manos y los pies magullados, y sin una gota de agua en mi botella, ascendía hacia una roca de 2,864 metros sobre el nivel del mar, a través de una espesa selva en el Parque Nacional Los Farallones, en Colombia.

Yo no era la única que experimentaba esta aventura peligrosa. Tenía la compañía de 234 exploradores de la Ruta Quetzal y cerca de 20 periodistas de distintas regiones del mundo.

Eran aproximadamente las 9 de la mañana. El sol quemaba el rostro y los mosquitos hacían fiesta con la sangre de las piernas del grupo de aventureros que hacían esfuerzos por avanzar hacia la cima del Pico del Loro.

Como una motivación, un grupo de chicos al son de las palmas entonó un canto que nos acompañó hasta el final de la travesía: ‘hola mami, hola papi, comimos bien, dormimos bien, nos divertimos hasta el final, vayan juntando platita que queremos regresar a las aventuras de la Ruta Quetzal’.

Pero tras haber recorrido mil kilómetros, el cansancio era notorio. Un poco desfallecidos y con el estómago rugiendo se llegó hasta ‘El Topacio’, la zona de amortiguación del Parque Nacional Los Farallones. Jesús Luna, jefe de campamento, ordenó un descanso. Agua y una fruta para retomar las fuerzas, comentó. Estaba preparando a la gente para lo que venía. Era el principio de la odisea. Pero irónicamente aquí se iniciaron las primeras bajas del grupo. Sólo la mitad emprendería el ascenso hasta el próximo refugio: El Dorado.

LA SELVA

El recorrido continuó a través de un ambiente de colores vivos y brillantes, donde el verde sobresalía. Era un bosque húmedo donde florecía uno de los ecosistemas más importantes del mundo: el Páramo. En esta espesa selva especies emblemáticas de flora y fauna han encontrado un hogar seguro, entre ellos el gallito de oro, el oso andino, jaguares y cerca de 360 especies de aves.

A medida que se avanzaba la trocha era más difícil. Las montañas empinadas obligan a forzar más las rodillas y las piernas.

No era nada extraño que uno decidiera volverse atrás acompañado de un policía. La mayoría ya no contaba con agua para hidratarse. Por fortuna, cascadas naturales se cruzaban en el camino para calmar la sed y el cansancio. Media pastilla de cloro en una cantimplora la hacía bebible.

A eso de la una de la tarde con las piernas a punto de doblegarse llegamos hasta El Dorado. Allí anunció otro reposo el jefe de campamento. Sin medirlo, los cuerpos con los brazos extendidos cayeron sobre el picante pasto verde. Y entre las mochilas se buscaba algo para saciar el hambre. Pero para esa hora era muy poco lo que quedaba de la merienda del almuerzo. Encontré un caramelo de miel que lo único que hacía era pedirle más agua al cuerpo.

La parte más difícil de la misión se asomaba en el horizonte, pero sólo cuarenta personas, entre periodistas y expedicionistas, lograrían la hazaña de coronar el Pico del Loro. Se escogió al azar a los que seguirían ascendiendo. ‘Un número de 0 al 9’, dijo Luna. ‘El 8 es el afortunado’. Entre gritos y aplausos de aliento salía un jovencito corriendo rumbo a la cima. ‘¡Ah...!, yo tenía el 7’, reclamó Andrés, uno de los exploradores que había llegado desde Bogotá. A él le hubiera encantado continuar con esa aventura.

EL FINAL DE LA ODISEA

En cambio a muchos otros, entre ellos yo, no. ‘No pretendo subir’, dije cuando se me comunicó que faltaban tres horas más de camino. Pero desafortunadamente no tenía opción. Había llegado desde Panamá para contar al mundo esa experiencia. Tenía que cumplir con la misión hasta las últimas consecuencias, aun contra mi voluntad.

Aunque estaba sofocada me dispuse a morir o a vencer en aquella aventura. En el camino muchos se devolvieron. Calixto, un comunicador español, fue uno de ellos. ‘Ya no puedo más’, dijo mientras se tomaba con un brazo la cintura y con el otro la rodilla. Y acompañado de uno de los jóvenes exploradores emprendió el descenso. A otros, como yo, nos tocó gatear en algunos tramos del trillo. La estrechez y los huecos nos hacían resbalar sin remedio. Y lo empinado de la montaña nso hacía creer que nunca se llegaría a la cumbre. Para colmo, repentinamente, el cielo se nubló.

A eso de las 4:30 se logró la conquista. El éxtasis fue evidente cuando se pisó la roca que simula la figura de un loro. La falta de oxígeno no restó los aplausos ni los gritos de alegrías de los conquistadores. ‘Con el permiso de las autoridades colombianas yo propongo rebautizar la montaña’, dijo Marta Belver, colega del diario español El Mundo. Continuó: ‘Propongo llamarla ‘el pico de los descerebrados o de los valientes’. Las carcajadas no esperaron. El nombre era en honor de todos los compañeros que habían logrado encaramarse en la cumbre.

Llegar hasta allá era de vida o muerte. Y es que a nadie le importó el tesoro escondido del indio Petecuy que está en la cima ni mucho menos el hermoso paisaje que desde allí se aprecia: el océano Pacífico y parte de la ciudad de Cali. Para los descerebrados lo importante era haber escalado la cima y extender su bandera como símbolo de liderazgo.

Con rostros húmedos, cabellos desordenados, cuerpos sucios y cansados y sin reservas de agua se emprendió el descenso. A eso de las ocho de la noche los valientes estaban con el resto del grupo. La misión se había cumplido.