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04 de Apr de 2020

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Nunca escuchó el veredicto del juez

En su carrera de casi ocho años como boxeador profesional, el venezolano Edwin Valero nunca tuvo la necesidad de escuchar el veredicto d...

En su carrera de casi ocho años como boxeador profesional, el venezolano Edwin Valero nunca tuvo la necesidad de escuchar el veredicto de un juez para resolver sus combates. Ganó por la ruta del nocaut los veintiocho pleitos que realizó, diecinueve de ellos en el mismo primer asalto, un récord que será muy difícil de igualar en la historia del boxeo.

Irónicamente, en su vida personal, saturada de conflictos, violencia y adicción, tampoco esperó el fallo de un magistrado tras asesinar a su esposa, y optó por el suicidio en una celda de la Policía en el estado de Carabobo.

Triste final que deja de lado la admiración por sus hazañas en el ring, y que nos hace sentir rechazo, disgusto, frustración.

Es duro ver cómo la droga, la violencia y el alcohol han ganado una nueva batalla, con el fatídico saldo de dos vidas perdidas.

Pienso en los inocentes hijos que crecerán sin padres, y me debato en la disyuntiva de ponderar a quien fue un atleta con registros sorprendentes, pero un ser humano que no supo enfrentar con éxito sus fantasmas y que sucumbió víctima de sus propios demonios.

Me pregunto incluso si sería justo en el futuro exaltar al Rey del Nocaut, que ganó coronas en dos categorías diferentes, si a la vez hay que mencionar el nombre de alguien que no fue buen hombre, a un individuo que no supo respetar la vida y que entró al endemoniado laberinto del exceso y abuso.

Confieso que cuando lo conocí, estaba lejos de imaginar que ese sería su futuro. Me pareció un atleta consagrado, correcto y disciplinado. Se proyectaba como el mejor boxeador venezolano de todos los tiempos. Ya había sido campeón superpluma y ligero, y había anunciado su ingreso a los superligeros donde, de seguro, hubiera llegado a campeón.

¿Dónde cambió su vida? No lo sé. Pero aún conservo una linda foto que me envió desde Japón, al lado de su esposa y sus dos hijos. Parecían felices. Pero ya todo acabó, y ¡de qué cruel manera!

Vivió y murió de la misma forma. Resolviendo cada conflicto con sus propias manos, sin necesitar la acción de un juez. Al final de cuentas, nada de eso valió la pena.