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08 de May de 2021

Economía

El ‘No Voy’ que hace tanto daño

>mai D urante mi peregrinación por medio millar de ciudades en cinco continentes, en absoluto he encontrado un servicio de taxi tan par...

>mai< D urante mi peregrinación por medio millar de ciudades en cinco continentes, en absoluto he encontrado un servicio de taxi tan parco y deficiente como el nuestro. Si bien es cierto estamos en proceso de liar los bártulos del servicio de transporte público, el único hito que hemos logrado durante este siglo es su distintivo color amarillo.

Define el Diccionario de la Real Academia Española como taxi un ‘vehículo de alquiler con conductor (taxista) que se utiliza en el servicio público de transporte de pasajeros, cuya finalidad es trasladar una o más personas, que en forma conjunta contratan el servicio y que en general realizan trayectos cortos o medios dentro de los centros poblados.

Se diferencia de los otros tipos de transporte público ciudadano, como las líneas de metro, tranvía o autobús, por el servicio ‘puerta a puerta’.

Urge la necesidad de regular este servicio, iniciando por las más sencillas normas de cortesía común: al gestionar el servicio de un taxi, sencillamente el pasajero debe introducirse al taxi y notificar su destino al conductor.

El eufemismo ‘no voy’ es una descabellada práctica troglodita que demuestra una total falta de respeto hacia los usuarios.

Esta desatinada costumbre obedece a nuestra displicencia colectiva y la falta de una legislación que la combata.

Conozco a una guapa señora que, para lidiar con esta irregularidad, suele hacerle señales a taxis quienes al acercarse y plasmarle una soez mueca labial indicativa de ‘¿adónde va?’, ella cándidamente les contesta negativamente con el índice, insinuando sin palabras, algo así como: ‘su taxi está destartalado y no me sirve… ¡váyase!’.

Esta acción, que saca de sus casillas a los conductores, es una forma de expresar su frustración por tan peyorativo servicio.

Las tarifas, dado el incontrolable costo de los derivados del petróleo, deben ser regidas por un dispositivo de medición o taxímetro, para determinar el valor a pagar según la distancia recorrida, el tiempo transcurrido y la tarifa de aplicación en caso de existir más de una. De esta forma, se extirparía el juega vivo y la grotesca práctica conocida localmente como ‘gringo pricing’, que automáticamente multiplica el importe cuando el usuario es turista.

La reglamentación debe imponer que los vehículos afectados al servicio no excedan de cierta antigüedad. También debe exigir normas sobre la indumentaria del taxista y el trato cortés al pasajero. Todos los vehículos deben cumplir con patrones de seguridad y comodidad mínima, como revisiones mecánicas periódicas, aire acondicionado obligatorio e identificación del conductor en sitio visible con su fotografía, número de operador y un número telefónico con acceso público gratuito al cual dirigir quejas o irregularidades.

Todos los conductores deben recibir un curso de operador para optar por la licencia y su respectivo refrescamiento anual, permaneciendo fuera de servicio los automóviles accidentados hasta su reparación, inspección y aprobación para circulación por parte de la autoridad pertinente.

En muchas ciudades, los pasajeros se dirigen a sitios estipulados, a distancia prudencial uno del otro, señalizados con una ‘T’ para optar por el servicio de taxis. Esto elimina el fárrago y la peligrosa práctica de detenerse donde les plazca a los taxistas del patio, en muchos casos ocasionando interrupciones del tránsito e infundados accidentes.

En algunas metrópolis, el servicio de taxi turístico se reconoce por la utilización de autos sedán de mayor comodidad en color negro. Usualmente también se reglamenta este servicio con un entrenamiento especializado y exigencias de certificación a sus conductores como guías de turismo bilingües, y en ciertos casos, plurilingües. Sus tarifas, obviamente, son superiores a las ordinarias.

En otras, el servicio es brindado por empresas privadas que se hacen responsables por la fiabilidad del servicio, calidad de las unidades y la titulación de los conductores. Esta opción bien podría servir en nuestro medio para optimizar la excelencia de la flota y la confiabilidad de sus choferes.