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22 de Oct de 2020

Economía

Agencias Evaluadoras: el riesgo de hacerles caso

PANAMÁ. Voy a proponer a la gente seria de Panamá (aun quedan, no crean) que fundemos el Frente de Indignados con las Calificadoras de R...

PANAMÁ. Voy a proponer a la gente seria de Panamá (aun quedan, no crean) que fundemos el Frente de Indignados con las Calificadoras de Riesgo (FRICAR) que no es lo mismo que el ‘me vas a frikear de los pelaos’ (aunque podrían estar asociados por el sentimiento de frustración).

Como si no fuera suficiente indignación ver como el Gobierno saquea a manos llenas las arcas públicas, para más señas nos toca aguantarnos su perorata propagandística basada en las calificaciones que las agencias evaluadoras le confieren a Panamá como grados de inversión, mejora de perspectiva de estable a positivo y otros odiosos eufemismos.

Lo irónico es que se trata de las mismas evaluadoras que le dejaron el grado de inversión a la corporación Enron (a sabiendas del descalabro financiero que vivía la empresa que se fue a pique en el 2001 con todo y su grado).

Son las mismas que estaban más perdidas que el hijo de Lindberg en el 2007 cuando sobrevino el dantesco tsunami que asoló los mercados mundiales a raíz del mal manejo de los llamados Bonos Tóxicos.

Lo cierto es que tampoco podemos pedir peras al olmo y exigir más cordura de las ‘Rating Agencies’ tomando en cuenta que su tarea consiste simplemente en confirmar a los tenedores de bono de un X país que dicha nación tiene la capacidad de repagar. Más nada.

Y pensándolo bien, quizá lo más sano sería no tomarlos tan en serio, ni tan personal (como dicen ellos ‘nothing personal‘) y leer entre líneas la esencia del mensaje: ‘los que están montados en el potro político es esa República (ojo que no dije Banana) por ahora tienen para pagar la facturita de todo lo que se están fumigando del presupuesto en champaña, vehículos de lujo, escoltas, secretarias esbeltas, propaganda millonarias, viajes a ver la Monarquía, corredores viejos a precio de nuevo, rascacielos, metros subterráneos y otros surrealismos dignos de un moderno Macondo de rascacielos rodeados por la espesa selva y los mosquitos Aedes Aegypti .

Lamentablemente ni Moodys, ni Standard and Poors o Fitch Ratings (las Tres Marías si prefieren) toman muy poco en cuenta, o en nada, que el plan de inversiones de Martinelli esté enfocado en nuevos hospitales, en vez de programas para reducir los riesgos de epidemias en los hospitales que ya están operando.

O por ejemplo que el programa de inversiones se oriente a reforzar sólo la infraestructura de la urbe y áreas de mayor rentabilidad comercial pero que tenga poco impacto en el desarrollo del capital humano, en la reducción de la pobreza o el fortalecimiento de las instituciones.

No importa para ellas que el Estado se haya constituido en una quasi banca promotora-inmobiliaria (al mejor estilo Banco del Istmo) especializado en reproducir el capital (usando el presupuesto como palanca como dice Alejandro Cordero), y redistribuyendo estos fondos, pero no entre los municipios o juzgados que se estén cayendo a pedazos sino entre grandes empresas y amigos. Dirán ellas, ‘este no es mi problema’.

Y qué tendrían que decir las Tres Marías sobre si los gastos públicos se ejecutan o no, con apego a principios de transparencia y que no se adjudiquen obras de a dedo a precios que duplican y triplican los precios de mercado. Nada. ¿Qué van a decir?

Por suerte y dicha de quienes aun creemos y queremos un mejor Panamá hay atenuantes (señales de esperanza, la luz al final). Cuando menos una de estas evaluadoras -Moodys- resaltó hace pocas semanas la necesidad de mejorar la estabilidad política en el país, todo ello a raíz de las encrespadas fricciones entre el Panameñismo y el Cambio Democrático a propósito de las intenciones del Presidente Martinelli de lograr la reelección o la segunda vuelta.

Claro a ellos le preocupa que las cosas se compliquen políticamente y entonces dirán ‘si ustedes pelear ¿quiénes pagar’? Ojo. Pero está bien, en eso cuando menos coincidimos: en fomentar la estabilidad, no por el Gobierno sino por Panama, por qué ni le conviene ni merece otra cosa.

Por su lado Nomura, una reputada agencia evaluadora japonesa advertía en junio pasado sobre los riesgos políticos, institucionales y fiscales en Panamá y terminaba recomendando no comprar deuda panameña, sino deuda de otros países latinoamericanos.

Frank de Lima, Viceministro de Economía, trató de restar importancia al tema muy a lo panameño, indicando que eso lo decía una persona que trabajaba para Martín Torrijos que ahora estaba con Nomura (estamos en la cultura donde pesa no el qué se dice, sino el quién y el por qué).

Quiera de Lima o no, lo cierto es que Nomura influye de manera directa sobre un mercado en el cual precisamente el Gobierno a inicios del corriente colocó $500 millones en los llamados Bonos Samurái, y la aparente insensibilidad a estas críticas del flamante ‘Vice’ podrían no ser buen augurio por los tenedores nipones de título.

Más aun representantes de todos las instituciones financieras internacionales (organizaciones que por dicha gozan de un enfoque más integral hacia el crecimiento y el desarrollo) como el Banco Interamericano de Desarrollo, el Banco Mundial y el Fondo Monetario Internacional se han referido todas desde hace meses de manera taxativa a la necesidad de que el Gobierno actué con mayor prudencia en materia de finanzas públicas frente al riesgo de un innecesario recalentamiento o alguna otra desfavorable coyuntura.

Esta advertencia adquiere ribetes de dramática importancia en virtud de la desaceleración de la economía mundial, que pudiera devenir (Dios quiera que no) en una recesión que afectaría todas las proyecciones de crecimiento sobre las cuales se basa el leonino paquete presupuestario de Martinelli y Vallarino lo cual lanzaría al país a una delicada situación.

Parafraseando al canta autor guatemalteco ‘el problema no es que mientas, el problema es que te crea’. El riesgo de hacer mucho caso a las evaluadoras, además de volvernos locos como ellos, es que en realidad el Gobierno se trague su propio veneno propagandístico del ‘!Vamos Bien!’. Como decía el filósofo y escritor francés Jean-François Revel ‘sólo hay una cosa peor que decir mentiras y es créerselas’.