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- 29/06/2026 00:00
Panamá ha demostrado una capacidad importante para crecer. En 2025, el Producto Interno Bruto real aumentó 4.4%, según el Instituto Nacional de Estadística y Censo (INEC). El valor del PIB en medidas de volumen encadenadas alcanzó $84,752.9 millones y el producto interno bruto (PIB) a precios corrientes llegó a $90,462.6 millones. En comparación con otras economías de la región, el desempeño panameño sigue siendo relevante.
El crecimiento estuvo apoyado por actividades como transporte, comercio, construcción, servicios financieros, hoteles y restaurantes, suministro de electricidad, actividades inmobiliarias y servicios administrativos. También se registraron incrementos vinculados al Canal de Panamá por mayores ingresos de peajes, transporte aéreo y algunas exportaciones agropecuarias y pesqueras. Estos sectores muestran que Panamá conserva ventajas competitivas importantes en servicios, ubicación geográfica y conectividad.
Sin embargo, el crecimiento económico sostenible exige algo más que expansión del PIB. Requiere productividad. La productividad mide la capacidad de producir más valor con los recursos disponibles. En términos simples, una economía más productiva logra que cada trabajador, empresa, hora de trabajo, inversión o infraestructura genere mayor valor. Cuando la productividad aumenta, los salarios pueden mejorar de forma más sólida, las empresas pueden competir mejor y el Estado puede recaudar más sin depender únicamente de subir impuestos.
El Fondo Monetario Internacional ha advertido que para que Panamá continúe convergiendo hacia niveles de ingreso más altos, el crecimiento de la productividad laboral debe acelerarse. También señaló que buena parte de la mejora del ingreso relativo de Panamá frente a Estados Unidos antes de la pandemia estuvo explicada por un aumento de la relación empleo población, más que por un crecimiento más rápido de la productividad laboral. Esto significa que durante años el país creció incorporando más personas al trabajo, pero ese motor tiene límites.
Cuando la participación laboral ya es alta y la transición demográfica avanza, el país no puede depender solamente de sumar más trabajadores. Necesita que cada trabajador produzca más valor. Para lograrlo, se requiere educación de calidad, capacitación técnica, inversión privada, innovación, formalización, infraestructura eficiente y un Estado que facilite la actividad económica.
El mercado laboral muestra señales que deben tomarse en serio. La Encuesta de Mercado Laboral de septiembre de 2025 reportó una tasa de desempleo nacional de 10.4%, con 227,302 personas desocupadas. La tasa aumentó frente al 9.7% de octubre de 2024. Este dato indica que el crecimiento todavía no está absorbiendo suficiente mano de obra en condiciones adecuadas. También evidencia que la productividad debe verse junto con la calidad del empleo.
La informalidad es otro componente central. En varias provincias y comarcas, el empleo informal representa una proporción elevada de la población ocupada no agrícola. Según los datos del INEC, para septiembre de 2025, la informalidad alcanzó 40.2% en Panamá, 45.8% en Panamá Oeste, 51.9% en Chiriquí, 74.3% en Darién, 79.4% en la comarca Ngäbe Buglé, 89.2% en la comarca Emberá y 97.4% en Guna Yala. Estas diferencias territoriales muestran que el reto productivo no es igual en todo el país.
La informalidad afecta la productividad porque limita el acceso a financiamiento, capacitación, tecnología, seguridad social y mercados formales. Una empresa informal suele tener menor escala, menor inversión, menor capacidad de contratar personal especializado y menor posibilidad de integrarse a cadenas de valor. Un trabajador informal enfrenta ingresos más inestables, menor protección y menos oportunidades de formación continua.
La productividad también está relacionada con la estructura económica. Panamá tiene sectores modernos y competitivos, especialmente en logística, banca, transporte aéreo, servicios portuarios y actividades vinculadas al Canal. No obstante, una parte importante del empleo se concentra en comercio minorista, servicios personales, hogares como empleadores, agricultura y actividades de baja productividad. Esta dualidad crea una economía en dos velocidades. Una parte genera alto valor agregado y otra sostiene empleo, pero con menor capacidad de elevar ingresos.
El Banco Mundial ha señalado que Panamá enfrenta desafíos en capital humano y calidad del empleo. El Índice de Capital Humano del país no ha mostrado mejoras en la última década y se ubica entre los más desiguales frente a países de ingresos similares. También se indicó que solo el 20% de los jóvenes obtiene un título de educación terciaria y que las carreras ofrecidas requieren actualización frente a las demandas del mercado laboral.
Este dato debe leerse con cuidado. No significa que todos los jóvenes deban ir a la universidad. Significa que el sistema de formación debe ofrecer caminos reales hacia empleos productivos. Panamá necesita técnicos en logística, programación, mantenimiento industrial, electricidad, refrigeración, turismo, gestión ambiental, agroindustria, salud, análisis de datos y servicios especializados. La educación debe responder al país que queremos construir, no solo al país que existía hace veinte años.
La productividad empresarial también depende de trámites, costos y tiempos. Cada permiso que tarda más de lo necesario, cada proceso duplicado, cada barrera para formalizarse y cada sistema público que no conversa con otro le resta eficiencia a la economía. La digitalización del Estado no debe medirse por tener plataformas en línea, sino por reducir tiempo, costo y discrecionalidad para ciudadanos y empresas.
En materia de innovación, Panamá tiene oportunidades importantes. Su posición logística puede servir para desarrollar servicios de mayor valor, comercio electrónico regional, almacenamiento inteligente, trazabilidad, servicios financieros digitales, economía circular, turismo especializado y exportación de servicios modernos. No basta con mover carga o prestar servicios tradicionales. El país debe aumentar el valor que agrega en cada etapa.
Las pequeñas y medianas empresas son esenciales en esta discusión. Muchas generan empleo, pero operan con baja tecnología, acceso limitado a crédito, poca capacitación administrativa y dificultades para cumplir requisitos formales. Elevar su productividad no requiere únicamente financiamiento. Requiere asistencia técnica, simplificación tributaria, capacitación digital, acceso a compras públicas, encadenamientos con empresas grandes y mejores herramientas para exportar.
La productividad agropecuaria también merece atención. El PIB agropecuario registró una disminución anual de 1.7% en 2025, afectado por caídas en exportaciones de banano, pescado fresco y congelado y producción de leche. El sector agropecuario no debe analizarse solo desde la producción primaria. Tiene potencial en agroindustria, riego, tecnología, trazabilidad, valor agregado, cadenas frías y acceso a mercados. Sin productividad rural, la desigualdad territorial seguirá limitando el desarrollo.
Una agenda nacional de productividad debe tener metas claras. Primero, reducir informalidad con incentivos reales a la formalización. Segundo, alinear educación técnica y universitaria con demanda laboral. Tercero, simplificar trámites y reducir costos de cumplimiento. Cuarto, promover innovación empresarial y adopción tecnológica. Quinto, invertir en infraestructura logística, digital y productiva fuera del área metropolitana. Sexto, medir resultados con indicadores públicos y comparables.
Panamá no parte de cero. Tiene estabilidad monetaria, conectividad, servicios logísticos, sistema financiero, ubicación estratégica y experiencia en comercio internacional. Pero esas ventajas no garantizan por sí solas mejores salarios ni mayor bienestar. Para que el crecimiento llegue a más hogares, el país debe producir más valor por trabajador y por empresa.
El debate económico no debe limitarse a cuánto crecerá el PIB el próximo año. La pregunta más importante es qué tipo de crecimiento estamos construyendo. Si el crecimiento depende de pocos sectores y no mejora la calidad del empleo, sus beneficios serán limitados. Si se apoya en productividad, educación, formalidad e innovación, puede convertirse en una fuente más amplia de bienestar.
La productividad no es un concepto técnico alejado de la vida cotidiana. Es la razón por la cual un trabajador puede ganar más, una empresa puede competir mejor, un joven puede acceder a mejores oportunidades y un país puede sostener servicios públicos de mayor calidad. Panamá necesita crecer, pero sobre todo necesita producir mejor.