09 de Ago de 2022

América

Aunque cueste trabajo creerlo

Un sabor amargo y más de una inquietud deja la aprobación del referendo para la reelección del Presidente Uribe en el Congreso. La amarg...

Un sabor amargo y más de una inquietud deja la aprobación del referendo para la reelección del Presidente Uribe en el Congreso. La amargura tiene que ver con la forma sinuosa y triste de su trámite legislativo, que hace pensar en las olvidadas prédicas contra la politiquería y el clientelismo del candidato Álvaro Uribe. También recuerda, por supuesto, los agrios debates que rodearon la aprobación de su primera reelección y los escándalos de los congresistas —Yidis y Teodolindos— que hoy proliferan por doquier en un país que ya no parece escandalizarse con nada.

La preocupación de fondo tiene que ver con lo que se viene. El ministro Valencia Cossio anunció que la aprobación del referendo en la Cámara “cambia la política nacional y genera una dinámica muy diferente hacia el futuro”. Pero ¿cuál? ¿La de que “mientras Uribe respire, que nadie aspire”, como dice socarronamente el ex ministro Jaime Castro?

El cambio es, por lo pronto, el de las reglas del juego para asegurar otra reelección presidencial. Y la dinámica futura apunta a la entronización de una democracia plebiscitaria sin contrapesos. El costo político-institucional de este fenómeno puede resultar incalculable. El historiador Jorge Orlando Melo ha ilustrado en estas páginas los inmensos daños que le ha causado a Colombia en los últimos dos siglos cambiar las reglas del juego en la mitad del partido sin respetar las minorías.

Lo que aún no logro comprender es la actitud del Presidente. La de someter al país a este proceso tan desgastador y desconcertante y la de, sin querer queriendo, estar castrando toda posibilidad de alternación democrática en el poder. La de no haber propiciado, después de siete años, la continuidad de sus ideas a través de tantos líderes uribistas dispuestos a relevarlo. La de sentirse, en fin, imprescindible e irreemplazable.

Revela una egolatría que puede derivar en un caudillismo indigerible y, a la larga, dañino para el país. Lo que Uribe está planteando, sin decirlo (porque sobre estos temas no habla), es que en el mundo de hoy la cosa es distinta y hay que superar tanto escrúpulo democrático, tanto formalismo legal y tanta tradición institucional para consolidar las ideas políticamente correctas. Las que él encarna.

Una convicción sin duda sincera. Como puede ser la de Chávez, Evo o Correa con sus planes de gobierno. Pero es riesgoso proyectarse como el anti-Chávez cuando se utilizan procedimientos similares para perpetuarse en el poder. La gente puede confundirse, sobre todo desde afuera. Estimo y respeto al presidente Uribe y admiro una capacidad de trabajo y liderazgo que pocos mandatarios colombianos han ostentado. Respaldé su primera reelección, pero hoy me causa escozor que sienta que dos no fueron suficientes y busque a cualquier precio un tercer mandato.

Hay quienes aún piensan que Uribe sólo está demostrando que si quiere puede, pero que declinará a tiempo. Porque entiende la inconveniencia de un tercer periodo que arrancaría inevitablemente minado, desgastado en lo doméstico y con serios problemas de credibilidad externa. Piensan con el deseo, porque todo lo que Uribe hace indica lo contrario. Pese a la gripa, llamó por teléfono a la mayoría de congresistas y la noche de la elección ordenó a sus alfiles en el Capitolio que precipitaran la decisión, pasara lo que pasara. ¿Todo esto lo hace para luego hacerse a un lado?

Los escollos en el camino son ahora la Corte Constitucional y las urnas. En la Corte tiene una mayoría de magistrados y en lo de los 7 millones de votos para el referendo, ya se habla de “depurar” el censo electoral y de unir el referendo con el día de las elecciones parlamentarias, o sumarle otro sobre violadores de niños. Todo un “combo electoral”, para garantizar jugosa afluencia a las urnas. Difícil creerlo, pero todo esto puede pasar y está pasando. Un político tan dedicado y astuto como Álvaro Uribe no va a perder por segunda vez un referendo. Lo que garantiza que durante los próximos seis meses la discusión nacional no va a ser sobre los grandes problemas sociales o económicos, sino sobre la reelección del Presidente. Un déjà vu político no solo insoportable, sino peligroso.