Temas Especiales

24 de May de 2022

Mundo

El asentamiento secreto de Israel

Poco después de que las arenas se calmaran al término de la Guerra de los Seis Días en 1967, las colinas de los territorios ocupadas emp...

Poco después de que las arenas se calmaran al término de la Guerra de los Seis Días en 1967, las colinas de los territorios ocupadas empezaron a llenarse de asentamientos judíos. A día de hoy hay 127 asentamientos con una población de más de 468,000 personas en Cisjordania, los altos del Golán y los suburbios de Jerusalén Oriental. Lo que es desconocido para la mayoría de las personas es que los asentamientos más occidentales de Israel no están localizados en los territorios ocupados, sino que están a más de 10,000 km de distancia, en las colinas con vista hacia Foggy Bottom, el centro de Washington, D.C. Este asentamiento de lobbies y think-tanks pro-Israel controla los terrenos de la política estadounidense para Medio Oriente, convirtiendo en kibbutzniks a la mayor parte de los miembros del Gobierno norteamericano.

Mientras que los asentamientos israelíes en las colinas de los territorios ocupados –que violan más de 30 resoluciones del Consejo de Seguridad de la ONU desde 1968— son “hechos” que hacen la solución de dos estados cada vez más difícil de conseguir, su asentamiento en las colinas de la capital de la única superpotencia mundial hace igual de difícil que el futuro Gobierno derechista israelí termine con su brutalización “en defensa propia” del pueblo palestino, que ha sido condenada por la comunidad internacional (la ONU y la UE) como un crimen contra la humanidad. John Holmes, subsecretario para asuntos humanitarios de la ONU, dijo que el bloqueo israelí de suministros vitales a la Franja de Gaza (que fue levantado el miércoles) como represalia por los ataques con cohetes artesanales “supone un castigo colectivo del pueblo de Gaza y viola directamente la ley humanitaria internacional”. El castigo colectivo está prohibido por el Artículo 33 de la Cuarta Convención de Ginebra, que dice que “ninguna persona protegida puede ser castigada por una ofensa que no ha cometido personalmente”. Una “persona protegida” es aquella que está bajo el control de “una potencia ocupante de la cual no son ciudadanos”. El recién terminado bloqueo israelí de la Franja de Gaza, que comenzó el 4 de noviembre, está resultando en lo que la UNRWA (Agencia de Naciones Unidas para los Refugiados Palestina en Oriente Próximo) ha llamado una “catástrofe humanitaria”. Los palestinos encerrados mueren lentamente de hambre. Carecen del combustible necesario para generar electricidad para iluminación, purificación de agua y el tratamiento de aguas residuales. El intermitente suministro eléctrico pone las vidas de los pacientes en unidades de cuidados intensivos en grave peligro. La escasez de medicinas básicas como antibióticos e insulina suponen una amenaza igual de fatal.

Barack Obama ha hablado “de manera rápida y enérgica” acerca de la catástrofe económica que amenaza nuestros ahorros de jubilación, pero su silencio acerca de la catástrofe humanitaria que amenaza la existencia de los palestinos habla de manera ensordecedora del precio que está dispuesto a pagar para mantener su estatus de kibbutznik en el asentamiento más occidental de Israel. El apoyo incondicional de Obama a las políticas israelíes no varía un ápice de la política de George W. Bush, un reconocido criminal de guerra. A la luz de cualquier estándar humanitario racional, el tratamiento de los palestinos por parte de Israel supone un castigo colectivo y un crimen contra la humanidad. Los perpetradores y cómplices de tales crímenes son criminales que deberán sentarse algún día en el banquillo de la Corte Internacional de Justicia –como lo hicieron los acusados en las Cortes de Nuremberg hace 60 años— y ser juzgados por sus crímenes.

Hasta que el asentamiento israelí en EEUU sea desmantelado, permitiendo la posibilidad paz en la tierra de Palestina, su influencia en el gobierno de EEUU y su insidioso efecto en la política de Medio Oriente de este país continuará convirtiendo en kibbutzniks a todos los americanos. Seremos considerados cómplices y culpables, así como lo fueron los ciudadanos del país cuyos líderes se sentaron en el banquillo de Nuremberg.

El mundo preguntará “¿Por qué no hicieron algo para evitarlo?”, y la mayoría de nosotros contestará “¡No sabíamos!”.