La Venezuela después de Maduro: miedo, control y una esperanza cautelosa

  • 07/01/2026 00:00
Tras la captura del poder, Caracas vive celebraciones privadas, vigilancia militar, autocensura y rutinas alteradas, mientras ciudadanos procesan un quiebre histórico que promete cambio silencioso

A las dos de la madrugada, Caracas dejó de ser solo una ciudad dormida. Una detonación seca, profunda, de esas que atraviesan paredes y memoria, rompió el silencio y activó un reflejo aprendido durante años: escuchar, medir el peligro, callar. “Al principio pensé que era un transformador o un cohete de diciembre”, cuenta Leo, médico caraqueño de alrededor de 30 años que al conversar con La Estrella de Panamá pidió permanecer en el anonimato y para efectos de esta nota se le asignó un alias.

Minutos después, los mensajes comenzaron a llegar: otros también lo habían escuchado. No era un accidente.

Desde su ventana, Leo vio humo hacia el este y dos luces rojas suspendidas en el cielo. No eran fuegos artificiales ni helicópteros comunes: era un zumbido metálico, extraño, persistente. La intuición confirmó lo impensable. Mientras buscaba información en redes —todavía vacías de certezas—, comenzaron a circular videos: bombardeos en alrededor de ocho a diez puntos estratégicos de la capital y zonas militares del país.

Horas más tarde, la noticia sacudió al mundo: Nicolás Maduro había sido capturado en una operación militar encabezada por Estados Unidos y trasladado fuera del país. Para millones de venezolanos, el hecho no fue celebrado en las calles. Casi treinta años desde que el régimen había tomado el poder habían enseñado a la población a callar, a vivir del miedo y la censura.

La noticia entonces se celebró en silencio, en el refugio de sus hogares y sin dejar eco o prueba alguna de aquel regocijo que debía durar poco, cuidando que las entrañas del chavismo no irrumpieran en los hogares de aquellos que desde años esperaban un hecho como este.

Alegría íntima, miedo público

“No hubo gritos, banderas o gente en las plazas”, dice Leo. “Celebrar en público aquí es una sentencia”. Y lo repite como quien enumera una norma física, no una decisión. En Caracas, el júbilo público puede confundirse con provocación; la provocación, con delito.

La alegría existió, pero fue doméstica, contenida, casi clandestina. Cada familia, cada apartamento, cada cuarto cerró la puerta para procesar lo ocurrido sin exponerse.

El recuerdo de represiones pasadas sigue intacto. Durante años, bastó un tuit, una foto o un mensaje privado para terminar detenido. Hoy, ese temor no ha desaparecido. En alcabalas militares, agentes revisan teléfonos sin orden judicial. “Si encuentran un mensaje de texto que celebre la captura de Maduro, eso basta para acusarte de terrorismo”, explica.

Tras las elecciones del 28 de julio de 2024 —que la oposición denunció con actas en mano y que desde el año pasada se resguardan en suelo panameño— la libertad de expresión se redujo aún más. Lo que antes era censura encubierta se volvió descarada. Hoy, apoyar públicamente la operación extranjera también es motivo de arresto.

Leo no puede publicar opiniones, no puede mencionar a familiares, no puede opinar sobre lo que ocurre en su propio país. El miedo no es abstracto: es concreto, cotidiano, operativo. “Aquí no hay libertad de expresión. Esa es la verdadera angustia”.

El control se ejerce en calles, redes y hogares. La vigilancia permanente ha moldeado un comportamiento colectivo: bajar la voz, evitar conversaciones políticas, borrar chats, no compartir noticias. Venezuela no está en silencio porque no tenga nada que decir, sino porque decirlo cuesta la libertad.

La mañana siguiente

El 3 de enero amaneció con comercios cerrados, colas interminables y anaqueles vacíos. Supermercados abrieron a medias. La gente compró lo que pudo, sin saber qué vendría después. Con el paso de los días, la ciudad entró en una rutina limitada: mañanas activas, tardes de repliegue, presencia constante de militares armados.

El pasado lunes 5 de enero, un dron sobre Miraflores desató disparos entre fuerzas oficiales. No era un ataque externo: fue paranoia interna. “Eso describe exactamente cómo está el país”, dice Leo. “Una tensa calma que puede romperse en cualquier momento”.

Manhattan: el juicio que convirtió al “hombre fuerte” en acusado

Mientras Caracas contenía el aliento, Manhattan amanecía con helicópteros, perímetros blindados y protestas frente a la Corte. El 5 de enero de 2026, Maduro fue trasladado desde el Centro de Detención Metropolitano de Brooklyn hasta la Corte del Distrito Sur de Nueva York. Bajó del helicóptero encorvado, con cojera visible, vestido con un conjunto caquí y zapatillas naranjas; a su lado, Cilia Flores, en tonos beige y zapatillas negras.

Dentro de la sala, la seguridad era total: agentes, unidades caninas, vigilancia cerrada. Y entonces, el momento que Leo describe como una especie de “justicia que por fin existe”: se leyeron derechos y cuatro cargos contra Maduro, incluyendo conspiración de narcoterrorismo, conspiración para importar cocaína y delitos vinculados a armas (ametralladoras y artefactos destructivos), entre otros.

Maduro se declaró no culpable en voz alta: “Soy inocente. No soy culpable. Soy un hombre decente”, dijo ante el juez Alvin Hellerstein, quien fijó próxima audiencia para el 17 de marzo (11:00 a. m.). Antes de salir, la pareja pidió atención médica y visita consular.

Para Leo, ese detalle pesa tanto como la captura: “Aquí, si eres preso político, no hay juicio; hay calabozo, tortura y olvido”. Ver al antiguo poder sometido a un procedimiento formal le sonó a restitución moral, aunque no borrara nada.

Caracas: juramentación, control y una calma que asusta

Ese mismo 5 de enero, mientras el juicio avanzaba en Nueva York, Delcy Rodríguez juramentó como presidenta interina en el Palacio Federal Legislativo, en un acto dirigido por Jorge Rodríguez, presidente del Parlamento, durante la instalación de un nuevo período legislativo. Prometió cumplir la Constitución, resguardar soberanía y trabajar por estabilidad; en su discurso insistió en que acudía “como vicepresidenta ejecutiva del presidente constitucional” y denunció el “secuestro” de Maduro y Flores.

Afuera, algunas concentraciones chavistas. No multitudes. Y en el resto de la ciudad, una reactivación lenta bajo despliegue policial y militar. La gente sale temprano, compra lo esencial, vuelve a casa antes de la tarde. Se vive —dice Leo— como si el toque de queda no estuviera decretado, pero sí instalado en la mente.

Leo no espera milagros inmediatos. “Nadie puede arreglar 30 años de destrucción en cuatro horas”, reconoce. Pero por primera vez en décadas, siente que algo irreversible ocurrió. “Es la primera vez que les pasa algo realmente contundente”.

La esperanza que no se grita

Hoy, Leo no piensa en irse del país. Al contrario. “Por primera vez, quedarse tiene sentido”. Su esperanza es sencilla y profunda: una Venezuela normal. Un país donde el problema sea pagar impuestos, no sobrevivir; elegir entre centroizquierda o centroderecha, no entre silencio o cárcel.

“La mayor satisfacción fue ver a Maduro tratado como cualquier acusado”, confiesa. Con derechos, cargos leídos, juicio. Algo impensable para miles de presos políticos en Venezuela. “Fue la sensación de que el karma existe. De que esto no es para siempre”.

La alegría, como todo en Venezuela hoy, sigue siendo discreta. Pero existe. Y en un país acostumbrado a perder, eso ya es una forma de resistencia.

Estados Unidos redefine al cártel de los Soles en el caso judicial contra Maduro
Fiscalía federal ajusta su tesis sobre la red vinculada al poder venezolano, sin eliminar acusaciones, mientras otras agencias estadounidenses mantienen una calificación criminal más severa

El Departamento de Justicia de Estados Unidos modificó su planteamiento sobre el denominado cártel de los Soles y dejó de describirlo como una organización criminal estructurada, según reveló The New York Times.

En la acusación formal presentada en 2020 contra Nicolás Maduro, el nombre del cártel aparecía de forma reiterada —al menos 32 veces— y se le atribuía una estructura organizada encabezada por el entonces gobernante venezolano, dedicada al tráfico internacional de estupefacientes.

No obstante, en la imputación más reciente, la referencia se reduce a solo dos menciones y ya no se le caracteriza como un cartel en el sentido clásico del término.

Bajo el nuevo enfoque del Departamento de Justicia, el cártel de los Soles es descrito como un “sistema clientelar” y una “cultura de corrupción” incrustada en instituciones del Estado venezolano, que habría obtenido beneficios del narcotráfico sin operar como una organización con jerarquías y mandos claramente definidos.

El ajuste en la argumentación del Departamento de Justicia no supone el levantamiento de los cargos contra Maduro, sino una reformulación de cómo se describe el entramado ilícito que, según las autoridades estadounidenses, operó desde las más altas esferas del poder en Venezuela.

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