‘Solo quiero encontrarlas’: el duelo atrapado bajo los escombros

  • 30/06/2026 05:36
Laura perdió a las mujeres que la criaron bajo los escombros del edificio Bel Horizonte, en Catia La Mar el 24 de junio. Desde entonces recorre ruinas, hospitales y morgues en busca de sus tías, atrapada en una tragedia que no termina con el derrumbe: la espera por recuperar sus cuerpos y poder despedirse

Laura deja de hablar.

Durante varios segundos el teléfono permanece en silencio. No porque la llamada se haya cortado, sino porque las palabras acaban de quedarse atrapadas en algún lugar entre la garganta y el recuerdo. Del otro lado solo se escucha una respiración entrecortada. Luego un sollozo. Después otro.

“Perdón...”. Es la tercera vez que se disculpa desde que comenzó la entrevista.

No llora porque no quiera contar la historia. Llora porque nunca la había contado completa.

Hasta ahora había respondido llamadas de familiares, buscado transporte para bajar a La Guaira, recorrido hospitales, esperado listas de fallecidos, preguntado en morgues, reconocido pertenencias y tratado de encontrar dos cuerpos que la tierra le arrebató antes de permitirle despedirse.

Pero nunca se había detenido a narrarlo todo.

”Es la primera vez que lo digo en voz alta”, alcanza a decir antes de guardar otro silencio.

Y hablar, descubre mientras reconstruye cada escena, también puede ser una forma de revivir un terremoto.

Porque hay tragedias que no terminan cuando deja de moverse la tierra. Algunas apenas empiezan entonces.

Mientras Laura intenta ordenar recuerdos que todavía duelen demasiado para convertirse en memoria, Venezuela continúa contando muertos.

Las autoridades confirmaron este lunes que el número de víctimas fatales superó las 1.700 personas. Equipos internacionales de rescate provenientes de varios países siguen removiendo toneladas de concreto en busca de sobrevivientes, mientras nuevas réplicas mantienen a miles de familias durmiendo en plazas, calles, estacionamientos y canchas deportivas, incapaces de regresar a edificios que ya no sienten seguros.

Panamá envió 50 rescatistas especializados y 17 toneladas de ayuda humanitaria para apoyar las labores de búsqueda. España, Ecuador y otras naciones también reforzaron los operativos. Pero durante las primeras horas, cuando cada minuto significaba la diferencia entre la vida y la muerte, fueron sobre todo vecinos, familiares y voluntarios quienes comenzaron a escalar edificios colapsados con las manos desnudas, convencidos de que debajo del concreto todavía podía escucharse una voz.

En Tucacas, la desesperación llevó a decenas de personas a romper los cordones policiales para intentar rescatar ellas mismas a sus seres queridos. En La Guaira, voluntarios y periodistas denunciaban restricciones para ingresar a las zonas más golpeadas. Y mientras el país entero intentaba comprender la magnitud de la catástrofe, una noticia devolvía, por unas horas, la esperanza: un bebé de apenas 18 días fue encontrado con vida tras permanecer más de 32 horas bajo los escombros.

Cada pedazo del hogar que una vez fue suyo, intensificaba en Laura la determinación para encontrar a sus tías.

Los milagros existen, pero también existen las historias que ya no esperan uno. La de Laura es una de ellas.

El día de la catástrofe

Aquella tarde Laura estaba sola. Cuidaba la casa y la gata de unos amigos que habían salido de Caracas para celebrar las fiestas de San Juan. El apartamento permanecía en silencio. Ella respondía mensajes en el celular cuando una alerta apareció de repente en la pantalla.

Durante un instante creyó que era una notificación cualquiera. Segundos después entendió que no.

Primero fue un ruido sordo, después una vibración apenas perceptible y luego el edificio entero comenzó a balancearse con una violencia que hasta hoy le cuesta describir.

”Yo trataba de caminar y no podía”, explicó vía telefónica a La Estrella de Panamá. No recuerda haber pensado. Recuerda haber gritado.

Dice que el movimiento fue tan largo que nunca logró distinguir dónde terminó un sismo y comenzó el siguiente. Solo recuerda que las paredes parecían respirar, que los muebles se desplazaban solos y que el piso dejaba de obedecer las reglas más básicas de la gravedad.

Cuando finalmente consiguió bajar junto al resto de los vecinos, la ciudad parecía suspendida en un extraño estado de espera.

No había electricidad, las comunicaciones fallaban los teléfonos apenas enviaban mensajes intermitentes. Cada persona buscaba desesperadamente confirmar una sola cosa: que alguien, en alguna parte, seguía con vida. Entonces Laura comenzó a llamar a sus tías. Una, dos, cinco y diez veces.

Nadie respondió. Al principio no se preocupó demasiado. Las redes estaban caídas. Era normal que las llamadas no entraran.

Pero conforme pasaban las horas, la ausencia empezó a pesar más que el silencio. Sus tías, Flor Valentina Sucre y Luisa Margarita Sucre tenían 89 y 87 años. Vivían desde hacía casi cinco décadas en el edificio Bel Horizonte en Catia La Mar.

No eran simplemente dos mujeres mayores. Eran las personas que la habían criado. Las que le enseñaron a coser. Las que llenaban el apartamento de telas, hilos y vestidos. Las que nunca tuvieron hijos, pero hicieron de sus sobrinos una familia completa.

Hasta que alguien le envió una fotografía y la esperanza comenzó, lentamente, a derrumbarse junto con el edificio.

La mañana siguiente amaneció con un solo objetivo: llegar a La Guaira. Durante el camino, Venezuela parecía moverse en una dirección distinta a la del resto del mundo: camionetas cargadas con agua, personas llevando palas, médicos con sus estetoscopios colgados del cuello para que los dejaran avanzar entre el tráfico, vecinos transportando herramientas prestadas.

No era una caravana organizada: era un país intentando rescatarse a sí mismo.

Mientras las autoridades seguían dimensionando la magnitud de la tragedia, miles de venezolanos habían decidido que esperar no era una opción. Cada minuto podía significar una vida.

Cuando el vehículo comenzó a descender hacia la costa, Laura sintió un vacío que no sabía nombrar.

Conocía ese paisaje de memoria, había crecido allí. Los fines de semana de su infancia tenían el olor de las aguas saladas de Catia La Mar, las tardes con sus tías y el sonido constante de una máquina de coser.

Pero aquel lugar ya no existía. Los edificios que durante décadas habían acompañado la costa habían desaparecido. Donde antes había balcones ahora había montañas de concreto. Donde antes había apartamentos ahora había columnas dobladas como si fueran de papel. Y donde antes había familias, ahora había cientos de personas llamando nombres que nadie respondía.

El edificio Bel Horizonte era irreconocible: las dos torres de diecisiete pisos se habían desplomado hacia adelante con una fuerza que desafiaba cualquier lógica. Solo permanecían algunos niveles inferiores. Todo lo demás descansaba sobre sí mismo. Como si el edificio hubiese decidido acostarse para no volver a levantarse jamás.

Laura caminaba como quien todavía espera encontrar una explicación distinta a la realidad. Como quien cree que, si logra llegar al lugar correcto, alguien abrirá una puerta y todo habrá sido un error.

Las hermanas Sucre de 89 y 87 años fallecieron tras los terremotos en Venezuela. Aún se desconoce el paradero de sus cuerpos.

Pero no encontró una puerta ni un cuerpo. Encontró una tela blanca, cubierta por flores negras. Estaba tendida sobre el concreto pulverizado como si el viento la hubiera depositado allí con una delicadeza imposible para un lugar donde todo había sido destruido por la violencia.

Laura la reconoció inmediatamente. Meses atrás había sido ella quien la llevó hasta ese apartamento.

Su tía había sido modista durante toda la vida y también su maestra. Fue ella quien le enseñó a distinguir las texturas con los dedos, a entender que una costura bien hecha podía durar décadas y que las telas también guardaban historias.

Cuando comenzó a envejecer, Laura le regaló varias piezas para que siguiera cosiendo. No para trabajar. Para mantenerse viva haciendo aquello que más amaba.

Aquella tela era una de ellas. No podía pertenecer a nadie más. Fue entonces cuando no hizo falta que nadie pronunciara una palabra, un funcionario, una lista de fallecidos o una llamada oficial.

A veces la muerte no llega en forma de noticia. Llega convertida en un objeto que solo una persona en el mundo sería capaz de reconocer. “Ahí entendí que ellas seguían debajo”, contó.

Los vigilantes del edificio le explicaron que el segundo terremoto había llegado apenas segundos después del primero y que casi nadie había alcanzado a bajar. Que las posibilidades eran mínimas.

Pero cuando el amor todavía no está listo para aceptar la muerte, la razón pierde cualquier discusión.

Laura gritó. Como si la voz pudiera atravesar toneladas de concreto. Como si todavía existiera un rincón donde la esperanza pudiera esconderse.

Entonces apareció la perrita. Permanecía inmóvil junto al edificio. Laura la reconoció enseguida. Era la compañera inseparable de sus tías. No sabía si estaba esperando a sus dueñas o si simplemente se negaba a abandonar el lugar donde las había visto por última vez.

Poco después comenzaron a aparecer más señales: una fotografía familiar, una camiseta cosida a mano. Laura pasó los dedos sobre la costura. No necesitó mirar dos veces. Reconoció la forma en que su tía unía las telas. Hay personas que dejan una firma. Ella había dejado puntadas.

Alrededor, el paisaje seguía produciendo escenas imposibles de olvidar: padres llamando a sus hijos, hijos llamando a sus padres. Vecinos trepando sobre estructuras inestables sin casco, sin guantes y sin ninguna protección. Personas organizando cadenas humanas para retirar bloques de concreto. Otras aprovechando el caos para saquear negocios abandonados.

En pocos metros convivían el heroísmo y la desesperación, la solidaridad y el miedo, lo mejor y lo peor del ser humano compartiendo el mismo escenario.

Rescatistas en labores de búsqueda en un edificio afectado por los terremotos, en una imagen del sábado en La Guaira (Venezuela).

Laura permaneció allí durante horas.

No porque creyera que podía mover sola un edificio, sino porque todavía no estaba preparada para irse.

Porque marcharse significaba aceptar que ellas seguían allí abajo y todavía no sabía cómo vivir con esa certeza. Aquella tarde alguien dijo que habían encontrado dos cuerpos. Podían ser ellas.

Bastó una frase para volver a encender una esperanza distinta. Ya no era la esperanza de encontrarlas con vida. Era otra, mucho más silenciosa y dolorosa: poder recuperarlas.

Comenzó entonces una segunda búsqueda. Una que ya no ocurría entre montañas de concreto. Ahora transcurría entre hospitales, listas de fallecidos, pasillos de morgues y funcionarios que respondían cosas distintas según la puerta donde uno preguntara.

Las personas que el terremoto había arrebatado parecían seguir desapareciendo incluso después de haber sido encontradas. Un funcionario decía que los cuerpos estaban en un hospital, otro aseguraba que habían sido trasladados.

En otro lugar nadie tenía registro.

Cada respuesta obligaba a empezar de nuevo como si el duelo también tuviera que hacer fila. Como si incluso la muerte pudiera perderse entre la burocracia.

Laura y sus primas comenzaron a recorrer una ciudad convertida en un enorme mapa de preguntas sin respuesta.

Mientras unas buscaban información en La Guaira, otras permanecían en Caracas llamando hospitales, preguntando nombres, compartiendo fotografías y tratando de reconstruir un recorrido que nadie parecía conocer con certeza.

La incertidumbre ya no estaba bajo los escombros. Ahora habitaba en los escritorios.

Al día siguiente Laura volvió a bajar. El camino era distinto, más largo, más lento.

La autopista parecía un río humano avanzando hacia una sola dirección. Miles de personas descendían con cajas de agua, alimentos, medicinas, herramientas y palas. Había médicos, bomberos voluntarios, motociclistas transportando insumos. Familias enteras llevando lo único que podían ofrecer: pañales, aun saco de arroz, una docena de botellas.

El dolor había comenzado a organizarse, pero también la solidaridad.

Mientras el país seguía contando víctimas y los equipos internacionales de rescate reforzaban las labores de búsqueda, miles de venezolanos entendían que la reconstrucción no podía esperar a que llegaran las respuestas oficiales.

Primero había que encontrar a los vivos y después, devolverles los muertos a sus familias. Pero incluso las despedidas venían con valor monetario. Habitantes de La Guaira comenzaron a denunciar en redes sociales el cobro de 450 dólares por los cadáveres. Como si el dolor también se quisiera adueñar de sus bolsillos.

Cuando Laura regresó al edificio, el paisaje había cambiado otra vez. Ya no predominaba el ruido de las primeras horas. Ahora comenzaba a imponerse otro enemigo: el tiempo. Los rescatistas seguían trabajando, las máquinas empezaban a abrirse paso entre el concreto.

Personas esperan este lunes junto a los escombros de un edificio afectado por los terremotos en La Guaira (Venezuela).

Pero el olor también comenzaba a instalarse sobre las ruinas.

Un olor que nadie necesitaba explicar. Cada hora que pasaba reducía las posibilidades de encontrar sobrevivientes y aumentaba la urgencia de recuperar a quienes ya no volverían. Laura comprendió entonces que había dejado de buscar un milagro. Ahora buscaba una despedida.

Alguien le dijo que las fotografías de los cuerpos estaban siendo trasladadas a Caracas y así llegó hasta la morgue.

Afuera había decenas de personas esperando exactamente lo mismo. Al principio le dijeron que allí no habían llegado víctimas de La Guaira. Minutos después otra persona aseguró exactamente lo contrario. La dejaron pasar.

Dentro del edificio descubrió otra dimensión de la tragedia: ya no había polvo. ni gritos. ni concreto. Había fotografías. Cientos de ellas. Una tras otra. Rostros. Cuerpos. Niños. Adultos. Personas irreconocibles.

Eran el último recurso para devolverles un nombre a quienes el terremoto había reducido a un número.

Laura comenzó a mirar una por una. Respiraba, observaba, negaba con la cabeza y seguía.

Con cada fotografía sentía que el dolor dejaba de pertenecer únicamente a su familia. Cada rostro era alguien esperado por otra madre, otro hijo, otra esposa, otro hermano.

La tragedia tenía miles de nombres y todos parecían reunirse en aquella habitación.

Cuando terminó, sus tías no estaban allí. Sintió alivio y desesperación al mismo tiempo.

Porque no encontrarlas significaba que debía seguir buscándolas. Significaba volver a empezar. Otra vez.

Mientras esperaba nuevas fotografías, tres camiones llegaron hasta la morgue. Nadie necesitó preguntar qué transportaban. Los trabajadores comenzaron a moverse con rapidez. Las familias volvieron a levantarse de sus asientos.

El silencio regresó, esta vez más pesado, resignado, definitivo.

Laura observaba todo sin dejar de pensar en una sola idea: en algún lugar de esos recorridos estaban sus tías. Solo que nadie podía decirle dónde.

El terremoto les había arrebatado la vida y el desorden, la identidad. Antes de salir, un funcionario les pidió paciencia. La palabra cayó con un peso insoportable. Paciencia.

¿Cómo se le pide paciencia a alguien que lleva días recorriendo hospitales, morgues y edificios derrumbados? ¿Cómo se le explica que todavía debe esperar para poder llorar frente a un ataúd? ¿Cómo se aprende a vivir cuando el duelo depende de un papel, de una lista o de una llamada que nunca llega?

La Guaira fue una de las zonas más golpeadas por los terremotos en Venezuela.

Laura salió de la morgue con las mismas preguntas con las que había entrado.

Solo había una diferencia: ahora sabía que el terremoto no terminaba donde dejaban de caer los edificios. Continuaba allí, en cada fotografía, en cada cuerpo sin identificar, en cada familia obligada a buscar a sus muertos por hospitales distintos.

Cuando la conversación está por terminar, Laura vuelve a quedarse en silencio. Ya no intenta contener el llanto. Tampoco pide disculpas.

Durante cuarenta minutos ha recorrido, una vez más, el camino que comenzó con una alerta en un teléfono celular y terminó frente a cientos de fotografías de personas que alguien debía reconocer.

Ha vuelto a bajar entre los escombros, a encontrar aquella tela blanca con flores negras, a abrazar a la perrita que esperaba inmóvil junto al edificio. Ha vuelto a entrar a una morgue, a mirar rostros que nunca debieron convertirse en una tarea para ningún familiar.

Y, sin darse cuenta, ha vuelto a despedirse de sus tías. Quizá por primera vez.

Cuando se le pregunta cómo sigue después de todo esto, tarda varios segundos en responder. No habla de reconstrucción, ni de justicia o de política. Habla de algo mucho más pequeño y difícil. ”Solo quiero encontrarlas”. Nada más.

Porque hay un momento en el que el dolor deja de negociar con la esperanza y comienza a buscar un lugar donde descansar.

Mientras Laura intenta regresar una vez más a La Guaira, Venezuela sigue temblando. Las réplicas mantienen a miles de familias fuera de sus casas. Los rescatistas continúan removiendo concreto. La ayuda internacional sigue llegando.

En algunos lugares aún aparecen sobrevivientes. Pero por cada milagro celebrado, hay cientos de familias cuya esperanza ya cambió de nombre. Ahora esperan un cuerpo, un documento, una llamada, una confirmación, una oportunidad para despedirse.

Porque también existe una forma silenciosa de quedar atrapado bajo los escombros. Y es quedarse esperando.

Laura dice que, cuando todo esto termine, espera poder sacar de su cabeza las imágenes que ha visto estos días: las montañas de concreto, las personas gritando nombres, las fotografías alineadas sobre una mesa, los cuerpos sin identificar, la morgue.

No sabe cuánto tiempo tardará. Quizá años. Quizá toda la vida.

Hay recuerdos que no desaparecen, solo aprenden a ocupar menos espacio.

Desde que la tierra dejó de moverse, Venezuela ha aprendido nuevas formas de esperar.

Espera electricidad, agua, maquinaria, ayuda, noticias, que las réplicas terminen, que los edificios dejen de representar una amenaza.

Y miles de familias esperan, simplemente, recuperar a quienes aman.

El terremoto derrumbó edificios, hospitales, carreteras y comunidades enteras. Pero también fracturó algo mucho más difícil de reconstruir. La posibilidad de decir adiós.

Más de 300 rescatistas estadounidenses y equipos caninos participan en la búsqueda de sobrevivientes, mientras continúa la emergencia en las zonas afectadas por los sismos.

Porque ninguna tragedia termina cuando se apagan las cámaras o cuando las cifras dejan de ocupar los titulares.

Las tragedias terminan —si es que alguna vez son capaces— cuando una madre puede abrazar el cuerpo de su hijo por última vez, cuando una esposa puede sostener una mano antes de cerrar un ataúd, cuando una sobrina puede llevar flores a las mujeres que la criaron.

Laura todavía no ha podido hacerlo.

Como ella, miles de venezolanos siguen viviendo en ese lugar extraño donde el duelo permanece suspendido entre la esperanza y la certeza, entre los escombros y las morgues, entre el recuerdo y la ausencia.

Quizá esa sea la herida más profunda que dejó este terremoto. Aquel que no solo arrancó vidas. También interrumpió el último acto del amor: el de despedirse.

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