Temas Especiales

02 de Dec de 2020

Nacional

La tercera puerta

PANAMÁ. Los jóvenes de alto riesgo, llamados así por estar involucrados en bandas y pandillas, tienen en su destino tres puertas: una c...

PANAMÁ. Los jóvenes de alto riesgo, llamados así por estar involucrados en bandas y pandillas, tienen en su destino tres puertas: una conduce a la muerte, otra a la cárcel y la última los saca de este mundo de droga, crímenes y delincuencia.

Un equipo de funcionarios del Ministerio de Desarrollo Social (MIDES), preocupado por el destino de los niños y jóvenes que crecen en los distintos barrios populares de este país, crearon en 2005, el programa “Por una esperanza”, que coordina Alejandro Chiam.

El programa empezó en San Felipe, El Chorrillo y Santa Ana, para fomentar el diálogo entre las pandillas como vía para frenar la violencia y promover pactos de no agresión. La idea era generar alternativas para lograr que regresaran al sistema educativo o ingresaran a programas de capacitación.

LAS FASES

Esto evolucionó y bajo los lineamientos de la ministra María Roquebert, se les abrió a estas personas una tercera puerta de oportunidad.

El programa consta de tres fases fundamentales: el enganche mediante actividad deportiva y luego el equipo de campo les hace un sondeo.

“Esta iniciativa, que es única, está creada para intervenir e interactuar con los jóvenes de alto riesgo, cuyo éxito o no depende de ellos”, dijo Chiam.

A ellos, explicó, se les saca del entorno durante dos días. El primer día se le refuerza la autoestima y se le hace una entrevista social para que haya un perfil; el segundo día se les trabaja mediación y resolución de conflictos.

La segunda fase es con el Instituto Nacional de Capacitación para el Desarrollo Humano (Inadeh), donde van a trabajar su proyecto de vida.

La tercera fase es el apoyo a la familia con bolsas de comida que les proporciona el MIDES, mientras ellos realizan jornadas de limpieza en sus comunidades.

En el programa hay 245 personas que reciben 400 horas de capacitación de desarrollo personal y de habilidades personales en diferentes temáticas. Solo cinco han dicho que no quieren nada con el programa y unos 40 se han salido, pero están trabajando.

En el país existen 75 bandas y la población es de 1,362 entre hombres y mujeres.

El equipo que se dedica a trabajar con estos jóvenes a nivel nacional, está compuesto por seis trabajadoras sociales, cuatro psicólogos, cuatro licenciadas en inadaptados sociales y cuatro líderes comunitarios.

GRACIAS A DIOS

Son las 7:00 de la mañana. Un grupo de adolescentes se levanta con los primeros rayos del sol y se arregla para estar listos a las 8:00, no para ir a trabajar, sino para darle gracias a Dios, pedirle protección y para que el día sea mejor que el anterior.

Es una rutina diaria que todos hacen con fe y esperanza de mejores días. Son jóvenes que están intentando dejar el cuchillo y las armas para ser ciudadanos de bien y ejemplos en el entorno social en el que nacieron y viven.

Es una tarea difícil y compleja que requiere de fuerza de voluntad y disposición para dejar la mala práctica de conseguir las cosas fáciles y ganarse la vida y el respecto con el sudor de su frente.

“Me siento bien con este programa, porque me mantiene la mente ocupada. El MIDES es la única institución que nos ayuda”, dice Juan, nombre ficticio de un adolescente que pidió reserva de su nombre y que vive en Patio Pinel.

Luis Rodríguez, responsable de campo en el corregimiento de Santa Ana, tarea que realiza desde hace tres años, ha tenido la oportunidad de trabajar con los cuatro municipios del país: David, San Miguelito, Colón y Panamá.

Lo primero que hace Rodríguez es ganarse la confianza de ellos, mediante la creación de ligas deportivas de fútbol y se le facilita todo lo necesario para que puedan jugar de 2:30 p.m. a 5:30 p.m.

En los juegos no hay bebida alcohólica y no se les permite el consumo de estupefacientes.

Yanies Iglesias, coordinadora de Trabajo Social y de los diagnósticos psicosociales del MIDES, elaboró un estudio que refleja la situación social de los 245 jóvenes de alto riesgo social, participantes del proyecto “Por una esperanza”.

El estudio revela que estos adolescentes y jóvenes pertenecen a familias uniparentales, padrastrales, reconstruidas, viven con hermanas, primos o amigos. En estas familias no existen reglas ni normas claras. El 31.1% vive en casas condenadas.

Solo el 26% pertenece a familias nucleares donde hay figura materna, paterna e hijos. El 88.6% empieza su edad escolar entre los cuatro y seis años y muchos de ellos solo llegan a secundaria (incompleta).

El 88.9% de estos presentan problemas de deserción escolar y argumentan que es por problemas de bandas rivales, ya “que no pueden pasar por ciertas áreas”. El 58.8% admitió haber consumido drogas como el alcohol, la marihuana y el pegón.

Esta es la realidad de quienes tienen que convivir en un entorno social que no eligieron.