Temas Especiales

13 de Aug de 2020

Nacional

Decimosexta entrega

Monseñor Sebastían Laboa llegó a Panamá en 1982. Lo habían enviado para preparar la visita de Juan Pablo II. Uno de los...

Monseñor Sebastían Laboa llegó a Panamá en 1982. Lo habían enviado para preparar la visita de Juan Pablo II. Uno de los primeros encuentros que tuvo con Noriega fue cuando éste se entrevistó con el Sumo Pontífice en el Palacio de las Garzas. En ese entonces Noriega era el segundo al mando de la Guardia Nacional de Panamá. Estaba allí con su superior, el Coronel Rubén Darío Paredes. A Laboa le llamó la atención ese hombre pequeño y de mirada esquiva del que le habían hablado pestes. Lo percibió indescifrable. La reunión con el Papa duró 40 minutos. Noriega no soltó palabra. Juan Pablo II venía de Nicaragua, donde había retado en público a Ernesto Cardenal, líder de la teología de la liberación e integrante del gobierno Sandinista. En Panamá exigió más apertura, restaurar las libertades cívicas y respetar los Derechos Humanos. Durante ese viaje, a Laboa le informaron que sería designado Nuncio Apostólico de Panamá.

Con el correr de los años se convirtió en un testigo de primer orden del proceso que llevaría a Noriega a manejar el país con puño de hierro. Laboa funcionó muchas veces como un fusible contra la violencia, mediando entre las partes y dando cobijo a decenas de hombres perseguidos por el régimen cuando las tensiones se descontrolaban. Era uno de los pocos seres vivos que tenía interlocutores en todos los bandos.

La invasión lo había sorprendido de vacaciones en España. Había viajado a Europa para pasar las fiestas y acababa de llegar cuando se vio obligado a emprender el regreso ante el estallido bélico. Coordinó su viaje con las fuerzas norteamericanas. Voló de Salamanca hacia Roma, luego a Miami y de allí, en un avión militar de Estados Unidos hacia Panamá. Aterrizó el 22 de diciembre en la base de Howard, ataviado con un chaleco antibalas.

Cuando llegó a la Nunciatura no pudo evitar sentirse aturdido por la tragedia que sucedía. Había estado cinco días fuera del país y las cosas habían cambiado dramáticamente. Las malas noticias se repetían de boca en boca: los muertos por todos lados, el ensañamiento de los bombardeos contra los barrios más humildes, el colapso en los hospitales, los saqueos masivos en las zonas comerciales, la desaparición de Noriega y la caída de la dictadura. El Vaticano se veía obligado intervenir para destrabar la situación. La llamada de Rognoni no lo sorprendió.

- Monseñor, Noriega está dispuesto a lanzar una guerra de guerrillas si no consigue una salida diplomática. Hay que parar esto.

- Ya veo-, respondió Laboa y se quedó callado. Le dijo que ya tenía allí, con él, a varios hombres de Noriega. Incluso a Eliecer Gaitán.

- ¿Estaría dispuesto a conseguir un salvoconducto para sacar a Noriega de Panamá?-, se la jugó Rognoni.

- ¿Dónde está?

- Yo no sé, me llama por teléfono. Le voy a dar su número para que él lo llame a usted-, se despidió.

Murgas y Urriola lo miraban inquietos. Rognoni sonrío.

- ¿Nos ganamos el millón o qué?-, preguntó recordando la recompensa ofrecida por Bush y sus compañeros estallaron en carcajadas.

- Déjate de relajo, Mario, esto no puede fallar-, sentenció Murgas recuperando la sobriedad.

El 24 por la mañana Noriega se enteró de la rendición y posterior captura de Luis Del Cid. Se tiró en la cama y mirando el techo, comenzó a hablar en voz alta sobre la posibilidad de entregarse. Permanecer en una fuga desesperada solo podía conducirlo a la muerte. No había estrategia posible, sólo una necesidad táctica: mantenerse con vida para negociar. Era lo que había hecho siempre. Lo que mejor sabía hacer.

Castillo le pidió permiso para salir. Decía que no podían seguir allí. Había que cambiar de escondite y se ofrecía para buscar otra casa de seguridad. Noriega lo autorizó.

- Si tardo más de una hora, evacúen-, dijo Castillo antes de salir.

Noriega lo despidió con frialdad. Ya no confiaba en él. Creía que era el judas que le había tocado. Resistía la furia del enojo porque también lo comprendía. Estaban en un callejón sin salida.

Llamó a Laboa. Evaluaba asilarse en la Nunciatura para, desde allí, negociar su salida de Panamá. Al Nuncio le parecía imposible que los gringos lo dejaran salir del país. Pero no lo dijo. Le ofreció enviar su auto oficial a donde le dijera, así no tendrían problemas para atravesar la ciudad sitiada.

- Quiero que venga usted-, le exigió Noriega. Laboa le contestó con evasivas. Quedaron en encontrarse en el Dairy Queen de Campo Lindbergh a las 2 de la tarde.

Luego de dejar el apartamento donde había estado escondido con Noriega, Castillo se dirigió a la estatua de Roosevelt donde había un retén norteamericano. Pidió hablar con Cisneros, aduciendo que tenía información sobre Noriega. Como no sabía inglés no le entendieron nada y lo tomaron prisionero.

Noriega llegó a la cita 15 minutos antes, acompañado por Rodríguez. Encontraron una ubicación desde donde podían dominar todo el panorama sin ser vistos.

El auto oficial de la Nunciatura ya estaba en camino. Laboa había decidido no ir y en su lugar envió al padre Javier Villanueva, que había sido una de las voces más críticas contra el régimen. Sus misas en la iglesia Cristo Rey eran verdaderas tertulias políticas en las que se nucleaban los hombres perseguidos por la dictadura. Siempre rezaba por Hugo Spadafora.

Habían salido de la Nunciatura con tiempo suficiente pero a poco de andar se dieron cuenta de que casi no tenían combustible. En una ciudad bombardeada era difícil encontrar una gasolinera abierta. Fueron a una en Vía España pero no tenían nada. En la segunda tampoco.

El Padre Villanueva recordó que estaban cerca de una Parroquia. Lo recibió un cura, que lo reconoció.

- ¿Tienes gasolina? ¿No? Pásame la de tu carro-, le dijo Villanueva.

Habían pasado 10 minutos de la hora acordada y Noriega esperaba en silencio, metido en una camioneta en un estacionamiento cercano al punto de encuentro. No había noticias de los religiosos.

-Vámonos de aquí-, dijo Rodríguez luego de diez minutos.

- Puede ser una trampa, no tendríamos que hacer esto. Decidieron circular.

Cuando Villanueva llegó al Dairy Queen no vio a nadie. Supuso que ante la tardanza Noriega se habría ido. Entró al restaurante buscando un teléfono para llamar a Laboa. Se encontró con la dueña del local, saqueado hacía pocas horas, llorando en el piso en medio de un ataque de nervios. Villanueva volvió al carro. Fue entonces cuando vio una camioneta que se acercaba.

Noriega intentó descifrar quiénes estaban en el auto de la Nunciatura pero sus vidrios estaban polarizados. No veía a Laboa. Por un momento había pensado secuestrar al Nuncio para utilizar el carro diplomático y romper el cerco enemigo. Estacionaron a metros del Toyota y se bajó de una vez.

Rodríguez, detrás de él, primero lo miró alejarse y después lo siguió. Noriega abrió la puerta del carro y se acomodó. Rodríguez intentó subir pero desde adentro se lo impidieron:

- Solo el general- lo detuvo Villanueva.

- Cuídese, Jefe- dijo Rodríguez retrocediendo sobre sus pasos y desapareció. Noriega ya estaba en manos de Dios.