Temas Especiales

28 de May de 2020

Nacional

Decimoséptima entrega

Fue al subir a ese auto que Manuel Antonio Noriega supo que el destino había dejado de estar en sus manos. Apretó entre sus piernas una ...

Fue al subir a ese auto que Manuel Antonio Noriega supo que el destino había dejado de estar en sus manos. Apretó entre sus piernas una ametralladora Uzi y palmeó las granadas que escondía bajo un suéter deportivo. Eran las 2:20 de la tarde del 24 de diciembre de 1989. Faltaban pocas horas para la Navidad pero no tenía nada que celebrar. Miró a través de la ventana del toyota las últimas imágenes que sus ojos percibirían de Panamá: una ciudad arrasada por las bombas y el fuego, con el ejército más poderoso del mundo rastrillando las calles: buscándolo.

En el carro de la Nunciatura viajaban, además de Noriega, el padre Villanueva y el secretario de Laboa, el padre José Spiteri. Al volante iba un oficial de las Fuerzas de Defensa disfrazado de cura.

No habían avanzado mucho cuando notaron a sus espaldas a un grupo Delta norteamericano que entraba al edificio donde Noriega había pasado los últimos días. El General se salvó por minutos.

El camino que estaba tomando el carro no le resultaba el más adecuado para llegar a la avenida Balboa. Noriega no sabía a dónde se dirigían.

- ¿Van a llevarme donde quedamos o qué?- preguntó de mala forma.

Atravesaban calles cortadas por barricadas y a cada paso tenían que desviarse para evitar retenes, sin saber por dónde retomarían el rumbo. Finalmente, al cabo de media hora, alcanzaron los jardines de la Nunciatura.

Eliecer Gaitán lo esperaba en la puerta. Notó a su General un poco demacrado. Su rostro abatido mostraba la fatiga de la fuga, lejos de la estampa marcial que había sabido construir durante sus largos años en el poder. El Nuncio lo recibió y lo condujo a una pequeña sala.

- Ya tendremos tiempo para hablar. Dígame primero si le sirvo algo, ¿agua?, ¿una copa de vino?- le preguntó con cierta cortesía.

- Una cerveza fría sería mejor- contestó Noriega. -Pastillas para dormir. Y un teléfono.

Afuera de la Nunciatura hombres de Cisneros habian llegado advertidos por un dato de inteligencia. Noriega se les había vuelto a escapar.

Por la parte de atrás del predio y saltando un paredón, el Teniente Coronel Nivaldo Madriñán, cabeza visible del DENI -especie de policía secreta del régimen-, ingresó al complejo en una fuga desesperada. Cuando llegó a la puerta lo recibió el empresario César Tribaldos, líder civilista allegado a la Nunciatura. Le pidió por favor que le abriera la puerta. Tribaldos sintió un odio profundo crecer en su cuerpo y, como quién da un golpe, lo dejo pasar.

Muchos de los hombres más buscados por Estados Unidos habían llegado a la Nunciatura para salvar la vida. La historia los juntaba allí a pasar las últimas horas. Además de Noriega, Gaitán y Madriñán, estaba el capellán de la Fuerza, Carlos Velarde, Bélgica del Castillo -ex directora de Migración- y su marido. Cómo si fuera poco, el Nuncio también había aceptado a cuatro integrantes de ETA y la esposa de uno de ellos que estaban asilados en Panamá.

En Roma, Juan Pablo II estaba dando su Misa del Gallo y en Estados Unidos, George Bush celebraba el éxito de la operación miliar y de las encuestas, que reflejaban un aumento en su popularidad.

En Panamá la noticia de la aparición de Noriega corrió de boca en boca como un presagio que traía la Navidad. En los barrios menos castigados por los bombardeos la gente salió a la calle a celebrar. En Obarrio, en Bella Vista, en Calle 50, las mujeres golpeaban pailas asomadas a los balcones mientras miles de personas agitaban pañuelos blancos, contagiados todos por una alegría tan poderosa que hasta podía hacerlos olvidar la tragedia que también sucedía en el Hospital Santo Tomás, en El Chorrillo humeante, en los campos de refugiados.

Dick Cheney aterrizó en Panamá para celebrar la Navidad con la tropa. Los soldados que estaban cercando la Nunciatura no la pasaban nada mal. Los vecinos de Paitilla les llevaban pavo y bebidas frescas mientras les pedían que entraran a los tiros y mataran a Noriega de una vez.

Esa misma tarde Gabriel Lewis Galindo también emprendió el retorno desde el exilio junto a su familia. Fue el primer civilista que Estado Unidos trajo de regreso a Panamá conociendo sus habilidades políticas. Llegó a la base de Howard donde el General Maxwell Thurman le dio la bienvenida.

-Embajador, tenemos al hijo de…- le dijo.

Lewis pidió que lo llevaran a su casa, pero en algún punto del camino escucharon disparos y el oficial a cargo de su custodia prefirió hacer una parada en la embajada norteamericana que estaba cerca. El panameño subió a la oficina de John Maisto, con quien se había encontrado años antes en Filipinas. Maisto lo recibió mostrándole el agujero en la pared que había dejado la explosión de un bazuca. Minutos después, Lewis Galindo retomó la marcha. Llegó a su domicilio en Bella Vista montado arriba de un Hummer del ejército de Estados Unidos.

Decenas de panameños, con los ojos encendidos por la venganza, comenzaron a marchar hacia la Nunciatura pidiendo la cabeza de Noriega. Los años oscuros se habían acabado y el tirano debía pagar.

Entre los pocos que todavía mantenían alguna esperanza en la resurrección de Noriega, la noticia de su reaparición en la Nunciatura fue demoledora. Un golpe de knock-out.

Benjamín Colamarco, luego de escapar de Amador al inicio de los ataques, se manteía escondido en una casa de seguridad. Esperaba que el 9 de enero surgiese una rebelión popular espontánea en homenaje a la gesta del 64. No pasó nada y el 10 de enero se entregó.

Los soldados al mando del Teniente de Fragata Alberto Douglas, que habían retrocedido hacia el Yatch Club de Amador la madrugada del 20, se escondieron en la sala de máquinas de un yate. Habían tirado sus armas y sus identificaciones al mar. Al borde de la deshidratación, con el pasar de los días se entregaron. El Coronel Daniel Delgado Diamante se mantuvo activo en San Miguelito con un grupo de soldados y batalloneros hasta que el 21, sintiendo que estaba todo perdido y que los esperaba una muerte segura, ordenó la retirada hacia las casas. Marcela Tasón se asiló en la embajada del Perú. Mario Rognoni se entregó el 26. Hubo casos más dramáticos. Se sabe de un mayor que le pidió a su familia que lo enterrara en su casa. Se pasó varios meses así, como Sadam Husein, dos metros bajo tierra. Luego consiguió un trabajo en una obra de construcción y poco a poco recuperó su vida.

Los custodios de Noriega que habían quedado en la casa de los Krupnik, luego de la partida del General el día 20 por la tarde, se cansaron de esperar las órdenes prometidas y al otro día se dividieron. El chofer de su escolta, Santiago Padilla, llevó a los subtenientes Palacios y Omar Pinto y después se fue a su casa con el Hiunday que Noriega había utilizado en las peores hora.

El Sargento Carlos Corcho y el Subtenienbte Jorge Cedeño dejaron lo de Krupnik y siguieron activos varios días, ocupándose de poner en resguardo la mayor cantidad de armas posibles. Tenían tantas que no entraban en los carros. Las fueron dejando donde podían. Enterraron algunas en la casa de un amigo de Cedeño, otras las guardaron en un hangar, tiraron varias en un barranco. Atravesaron Calzada Larga, Ciudad Bolívar y Santa Librada. El 23 se reencontraron con el Sargento primero Eusebio Mendoza y el paramédico de la Fuerza, Marcos Saldaña, que se habían desconectado al escapar del Ceremi de Tocumen en un Mercedes Benz que se quedó al inicio de la fuga. Se sentían abandonados. Y para peor, se decían, estaban limpios. Recordaron el maletín lleno de dinero que Noriega había dejado en el garaje de los Krupnik. Decidieron cruzar la ciudad, a pesar del enemigo, para ver si allí conseguían algo. Cuando llegaron, el maletín ya no estaba.

Cedeño llevó a Corcho a la casa y se volvió con Mendoza hacia Santa Librada. Al llegar se enteraron de la entrega de Noriega en la Nunciatura. No sintieron nada. Cedeño saludo afectuosamente a su compañero y se despidió:

- Yo me voy a mi casa a pasar navidad con mi familia. Mendoza, esto ya se acabó.