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30 de Jun de 2022

Nacional

Lindberg aterriza en el Istmo de forma espectacular

i usted se ubica en las proximidades de lo que hoy conocemos como el hospital psiquiátrico Matías Hernández, sus pies estarán pisando mu...

i usted se ubica en las proximidades de lo que hoy conocemos como el hospital psiquiátrico Matías Hernández, sus pies estarán pisando muy cerca de la tierra en la que, hace casi un siglo, aterrizó el legendario Lindberg.

Este audaz aviador, piloteando su propia nave, ‘El Espíritu de San Luis’, aterrizó en Panamá el 9 de enero de 1928 en lo que hoy conocemos como Campo Lindbergh, terreno antes llamado Piña-Piña. Según reseña el diario La Prensa, el periódico el Heraldo publicó en su edición del 10 de enero de 1928 lo que sigue: ‘Clamoroso recibimiento fue el que se hizo a Lindbergh. La ciudad entera fue a recibirlo y las muchedumbres lo aplaudían frenéticamente’. Fue recibido por autoridades panameñas y de la antigua Zona del Canal. Según narra El Heraldo, era imposible calcular cuántas personas iban al área de Matías Hernández y ‘los cientos que ocupaban balcones, azoteas y techos de las casas a lo largo de la Avenida Central, desde la Legación Americana hasta el mismo Campo Lindbergh, cubriendo así una distancia de 7 millas...’ En esa fecha, hubo en Panamá un desfile en su honor, le ofrecieron la llave de la ciudad y una medalla municipal, un brindis y recepciones en la Presidencia y en el Club Unión. Además, fue a Las Bóvedas, en el hoy llamado Casco Viejo de la ciudad, donde había un baile de tamborito en su honor. Estuvo también en Colón, David y Boquete. (La Prensa, Tamara del Moral, 24 de mayo de 2007) Según el doctor Harry Castro, Lindberg ya se había asomado por estas tierras en 1913; pero por ese entonces aún era un desconocido. Castro narra más de lo acontecido en aquella visita de 1928: ‘El presidente de la República, Rodolfo Chiari (era la segunda vez que ocupaba el cargo) invitó al aviador a que visitara este país. Su llegada, lo repetimos, fue apoteósica. Ese día fue declarado fiesta nacional. La sirena de la Compañía de la Fuerza y Luz anunció el aterrizaje. Más de 40 mil personas dicen los periódicos de la época, asistieron a su llegada. A los terrenos citados acudieron las autoridades de toda índole tanto de esta República como de su Zona del Canal. Ricardo Arango fue nombrado como edecán. Hubo gran parada también de recibimiento por la Avenida Central en carro descubierto. Visitó Panamá La Vieja, la escuela Profesional, el Consejo Municipal, hubo un tamborito en honor a él en la Plaza de Francia, también estuvo en la escuela Normal, acudió al antiguo Hospital Ancón en donde visitó un nieto del presidente Chiari, los masones le obsequiaron un globo terráqueo, recibió las llaves de la ciudad, asistió a recepciones en el Club Unión y otras atenciones. Colocó sendas coronas de flores en la Plaza de Bolívar y en la 5 de Mayo, y recibió muchos regalos más. Voló a Colón, aterrizó en France Field, le ofrecieron banquete en el Stranger Club, recibió a oficiales, militares y administrativos de la Zona y Panamá, regresó a la capital para saludar a los famosos pilotos franceses Coster y Le Brix que habían salido del África, cruzando el Atlántico, recorriendo la América del Sur, y que deseaban conocerlo y hablar con él. Después voló a Chiriquí a descansar una semana pero en otro avión, pues al momento de querer partir el suyo no le respondió. Estuvo en David y Boquete. Probó el sancocho, se bañó en cierto río, durmió siesta en el campo, se dice que unos amigos, por broma, le colocaron granos de maíz en el cuerpo, despertándolo los picotazos de las aves. Regresó a la capital y partió hacia Venezuela. Antes el ‘Aguila solitaria’, como también se le conoció, incitó al presidente Chiari y al vicepresidente Tomás Gabriel Duque a un corto vuelo piloteado por él. A pesar de que teníamos cinco años de edad, recordamos que nuestro padre nos llevó al parque de catedral a ver salir a Lindbergh del Consejo, lo que recordamos como si fuese hoy, nuestro héroe vino por 4 días y se quedó varios más. La imagen como todas las llamativas de nuestra memoria jamás la hemos podido borrar.’ (Raíces, La Prensa, 2 de junio de 2006)