22 de Feb de 2020

Nacional

Todos los caminos conducen al golpe

Sanjur no solo atribuye el resultado del golpe, a la conjura de la CIA. El piensa que la asonada se veía venir como un accidente buscand...

Sanjur no solo atribuye el resultado del golpe, a la conjura de la CIA. El piensa que la asonada se veía venir como un accidente buscando suceder.

Las páginas de la segunda parte del libro describen lo que el propio autor denomina como una ‘tensa situación política’. Era un clima catalizador de golpes. Y piensa que los esfuerzos por evitarlo, languidecieron frente a las fuerzas que (conscientes o no) buscaban consumarlo. La atmósfera de zozobra política imperante en Panamá, antes y después de las elecciones, es descrita por el autor del libro: la convocatoria a una marcha disuelta con supuestos ‘gases venenosos’ (que al final despertaron risa y burla de la ciudadanía), la lluvia de rumores que se precipitaban en el país y una serie de medidas bruscas, se conjugaron en una suerte de coctel explosivo que detonó el 11 de octubre de 1968. Esta es la sensación que queda al término de la reseñada parte del libro.

Sanjur comienza narrando la forma en que vio abruptamente interrumpidos sus estudios en La Escuela de las Americas. El silencio propicio para la reflexión, fue profanado cuando el teléfono avisó que su jefe lo quería en Panamá. Se precipitó a la capital para asumir una misión: controlar una marcha de mujeres. El autor describe el ambiente que se tensó, desde que avisó a las manifestantes que la marcha estaba vedada; no podía imaginar en ese momento, el desenlace de esta tragicómica historia. Antes de la manifestación, un amigo le había ofrecido unos ‘extinguidores contra incendios’ por cualquier eventualidad; no se sabe, quizás para sofocar un incendio. Al aceptarlos, Sanjur no alcanzaba aún a imaginar el efecto que provocarían esos artefactos. En acatamiento de las órdenes de su jefe Bolívar Vallarino, se dispuso a detener la marcha. Las mujeres --como era de esperarse-- dijeron no. Tras seguirlas e intentar dialogar con ellas, concluyó que nada las detendría. Todo ello ocurría frente a la siempre atentísima mirada de los medios de comunicación nacionales e internacionales. Estaban como buitres esperando la expiración del animal herido. Sanjur recuerda que un cabo llevaba el aparato apagafuegos y le inquirió: ‘¿Vamos a usarlo?’, a lo que Sanjur devolvió: ‘Sí, esté preparado’. Ya sin mucho que hacer, y llegada a su cénit la manifestación, Sanjur impartió la orden: ‘¡Fuego!’ La acción gatilló el pánico de la turba que, a gritos, y trenzada en una nube blanca, apenas dejaba escuchar la voz de una mujer que corría despavorida mientras gritaba: ‘¡Veneno!’. La gente desconcertada, emprendió una desaforada carrera hacia donde fuera. Sanjur recuerda que el incidente produjo un escándalo que se esparció velozmente por el país (y fuera de él). No demoró en escuchar la llamada de su jefe por radio: ‘Co… co… como se le ocurre a usted utilizar ga… ga… gases venenosos entre tanto público, sobretodo mujeres!!’, reprochó el Comandante. Sin tiempo para responder, Sanjur debió ir ante él.

Al llegar, comenzó a notar que se habían disipado las falsas versiones acerca de un ‘nuevo tipo de arma venenosa’ que había utilizado la Guardia Nacional, contra la muchedumbre. Recibió toda suerte de felicitaciones. Recuerda que Vallarino le prodigó una de ellas resaltando que, solamente, hubo un par de doñas de provecta edad ‘desmayadas del susto’.

Ocurre que, cuando emerge un ambiente de malestar, de sospechas, de insatisfacción generalizada, cualquier detonante empuja la situación por senderos inesperados. El episodio fue uno de ellos. Pero hubo otros. Por ejemplo, Sanjur describe el ambiente de ‘manifestaciones, debates públicos, discursos, disparos, bombas e incendios provocados’, sumados a un escenario de insuflados insultos, agresiones y ‘bajas pasiones’. Considera que esta situación ‘era muy peligrosa para la salud y el bienestar del país, cuyo precio se iba a pagar posteriormente’. Recuerda que finalmente el 1º de Mayo se llevaron a cabo las elecciones y el doctor Arnulfo Arias se alzó con el triunfo. Y no tardó en emerger esta interrogante: ¿Cómo será la vida con el nuevo mandatario?’ Las primeras señales no eran felices. Por citar un ejemplo, recuerda una serie de intempestivas visitas de las nuevas autoridades a los Cuarteles. Aparecían sin aviso a la media noche. Eso exasperaba los nervios.

En medio de este clima, Sanjur rememora que Rudy lo llamó al Cuartel para avisarle que había logrado una cita para conversar con el nuevo Ministro de Gobierno y Justicia, Norberto Zurita. Sanjur llegó al lugar convenido y al conversar fue directo: ‘… la situación dentro de la institución se está deteriorando rápidamente’. Consciente de que hablarle de golpe de Estado a un panameñista era como ‘meterle las espuelas a un caballo brioso’, Sanjur se jugó la apuesta: ‘Esto está produciendo un gran descontento interno que, unido a una ola de rumores con relación al futuro de la institución, está llegando a un clima en donde se está hablando de golpe de Estado’. Zurita aguzó el oído y rogó que continuara. Sanjur se atrevió entonces a ir lejos impartiendo consejos: ‘Lo primero que hay que hacer es dejar al comandante Vallarino al frente de la institución’. Eso fue todo. Antes de desaparecer por la puerta que conducía a la salida Sanjur estaba convencido de haber emprendido un paso importante, toda vez que percibió una positiva reacción de Zurita: ‘Mire mayor, lo que Ud. me está diciendo es muy grave, muy importante y muy razonable. Creo que ya he escuchado bastante y... déjeme decirle que Ud. me ha convencido’, escribe Sanjur citando las palabras de Zurita. Se despidieron y Sanjur se fue despreocupado.