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22 de Jan de 2021

Nacional

Cuando se es madre con edad de ser hija

Eran las 5 de la tarde de un lunes 20 de diciembre y en la barriada Don Bosco, en Juan Díaz, las cosas estaban como siempre están: las c...

Eran las 5 de la tarde de un lunes 20 de diciembre y en la barriada Don Bosco, en Juan Díaz, las cosas estaban como siempre están: las casas de cemento de un solo piso, pegadas una al lado de la otra, vacías; los niños aprovechando el tiempo en la calle antes de escuchar el grito ‘pa’dentro’; las madres, cargando bolsas con lo necesario para cocinar.

La rutina de la familia Mela era la misma que la de la jornada anterior y la anterior de la anterior. Liscania, sola, en su casa; Elías, el padre, manejaba el taxi; y Ana, la madre, estaba por llegar del trabajo. Ninguno sabía que ese día cambiaría la vida de todos, especialmente la de Liscania, la menor de tres hermanos, con 14 años. No se sentía muy bien, así que cuando llegó de la escuela dejó los deberes para otro momento y se quedó acostada mirando el techo. Los mareos eran cada vez más fuertes. Fue al baño, creyó que tal vez era algo que comió o el agua que no siempre es potable. No era eso: se desplomó. Cayó desmayada entre el baño y el pasillo, justo cuando entró su madre, que corrió a ayudarla.

Vino la secuencia lógica de estos eventos: ¿qué comiste? ¿Estás bien? ¿Vamos a la enfermería? Ella no dejaba de pensar en el descuido.

Llamó a su novio, Víctor, y le pidió ayuda. Él llegó al otro día con una caja para hacerse un test de embarazo. Ella entró al baño y la hizo.

—Positiva— dijo.

Él no habló. Ella tampoco. No podía dejar de pensar en las consecuencias: enfrentar a la familia, contarle al pastor evangélico, la cara de la madre, parir. Ser madre cuando aún cuando no era mujer. Ser madre-hija, deambular entre el biberón y los retos de su propia mamá por ser una adolescente. Parir.

‘Me lo quito’, pensó.

Fue el pastor de la iglesia de Liscania quien enfrentó a sus padres: ‘Les dijo que dios le dio la revelación de que yo estaba embarazada, un par de días después de haber discutido con mi novio por querer abortar’.

Ellos entendieron, después del llanto y el mutismo, las caras largas y los miedos lógicos de lo que sentían como una vida interrumpida.

Ella también necesitaba entenderlo, asimilarlo. ‘Traer una vida a este mundo es una bendición de dios, pero sé que a esta edad no’, pensaba. Necesitaba más ayuda y la buscó en otras que, como ella, vienen a abultar los índices de embarazo precoz en Panamá, que van en aumento: de cada 100 nacimientos, 20 corresponden a madres adolescentes y, de estos, cuatro son niñas de entre 10 y 14 años de edad.

APRENDER Y COMPARTIR

E s jueves y está nublado en San Miguelito. En el salón hay 16 chicas de entre 13 a 18 años que conversan, preguntan y se sacan esas dudas que nunca antes pudieron desenterrar: ¿qué quiere decir que no venga la menstruación? ¿Cuándo puedo quedar embarazada y cuándo no? ¿Me va a doler parir? ¿Cómo voy a cuidar a mi hijo? ¿Cómo ser madre si soy hija aún?

-Chicas, ¿recuerdan los ejercicios que les enseñé la semana pasada?– pregunta Yamina Mendieta para iniciar el encuentro.

Silencio y caras de pena y miradas de ‘contesta tú’ es la respuesta.

-Dejen la pena, oigan, vamos acostarnos- dice ‘la profe’.

Yamina, pelo corto, poca estatura y sonrisa imborrable, tiene 43 años y hace siete es la vocera del curso de parto psicoprofiláctico y apego madre-infante de la Asociación Panameña para el Planeamiento de la Familia (APLAFA), en la sede de Paraíso, San Miguelito.

Para llegar aquí hay que sortear los tranques de avenida Domingo Díaz, más conocida como vía Tocumen, abrir la puerta del edificio y subir unas escaleras.

Yamina habla claro y con cariño: ‘Ustedes tienen que amar a su bebé cada minuto del día, ese niño será la luz de su vida por mucho tiempo, el apego que tienen que tener debe ser inseparable’.

Algunas instantáneamente ponen sus manos en la panza, otras cierran los ojos, Liscania dirige la mirada hacia la nada, como si buscara esa imagen de felicidad en un futuro que no logra imaginar.

NIÑA MADRE

Liscania tomaba anticonceptivos, pero los tomaba mal: a cualquier hora, en días salteados, con olvidos frecuentes. La pastilla, entonces, no fue efectiva.

Como ella, otras jóvenes panameñas tienen cierta idea pero no logran saber cómo evitar un embarazo. ¿Por qué pasa esto? ‘Los jóvenes viven con mucha información de cómo llegar al sexo, pero no tienen la suficiente para saber cómo desenvolverse y menos los cuidados que requiere empezar a tener una vida sexual activa’, dice Delia Robertson, una trabajadora social que guía a adolescentes en estos casos.

C onsciente de que muchos confunden la orientación con la promoción o la propaganda, Robertson aclara que educar a un joven no es darle las herramientas para que vayan a tener sexo sin escrúpulos: es brindarles información para que, si lo van a practicar, lo hagan de manera responsable.

Y que con eso, pueden llegar a evitar cosas como el embarazo adolescente, eso que muchos señalan como un embarazo poco conveniente, con un dictamen acusatorio: ella y él se equivocaron. Es indispen sable la educación, además, porque es la población más vulnerable: presentan resultados negativos durante el embarazo y mayor número de nacidos con bajo peso, según un estudio realizado en base a 2,902 pacientes en 10 hospitales de Panamá, con mujeres embarazadas menores de 21 años.

Y eso no es todo. Una investigación realizada durante 18 años en 18 países por la Organización Panamericana de la Salud, en la que se estudiaron 854,377 mujeres latinoamericanas de entre 10 y 24 años, remarcó que la mortalidad de la mamá y de su hijo se cuadruplica cuando la mujer tiene menos de 16 años debido a un aumento de hasta el 40 por ciento en el riesgo de desarrollar anemia y sufrir hemorragias uterinas después del parto.

También quedó en evidencia que recae más sobre poblaciones rurales y urbanas marginales. Porque tienen menos información, son parte de un círculo (hay más abuelas jóvenes en estas poblaciones) y porque cuando no hay opciones, la maternidad se convierte en un proyecto de vida.

EL PROYECTO EN LA PANZA

En San Miguelito, Ya mina indica el próximo ejercicio. Las 16 peladas buscan colchonetas y se acuestan en el piso. Van a respirar: inhalar, exhalar, inhalar de nuevo.

Miro la cordillera de panzas y pienso cuánta valentía. Son más jóvenes que yo y demuestran un coraje que nunca podría tener. Son niñas y están dispuestas a todo por esa vida que late dentro. Miro y veo a mi madre en ellas. Yo fui una de esas barrigas en cuerpo de niña, soy el producto del supuesto ‘p roblema’, como lo ve muchas veces la sociedad. Por primera vez entiendo su acto de amor: a los 14 años luchó contra prejuicios, me parió y me educó. Fue una madre excepcional, una mujer destacable y una profesional exitosa. Lo pienso y siento orgullo de que haya tenido esa fuerza para quebrar barreras.

¿Podrán lograr lo mismo las chicas? ¿Tendrán la madurez y el apoyo? Yamina me distrae con un ‘párate, Agustín’. Me presenta y enseguida empieza a hablar sobre los cuidados que debe tener una embarazada para que el niño sea sano, intenta que las chicas participen, pero de vuelta esas miradas de ‘contesta tú’ y de miedo. Así hasta que a las 4:30 p.m. acaba la jornada.

Este curso tiene la meta de convertir a estas niñas en madres. Y que sean madres responsables y cariñosas, que amen a su criatura antes del parto. Yamina cuenta que uno de los más grande problemas es que muchas jóvenes ven a sus hijos como un error y no como un regalo, por eso ella da esta ayuda, para crear confianza.

Lo mismo el pediatra D omingo Stanziola, que incita a que anotemos en un papel una pregunta acerca de los bebés. Cada una se concentra en los papelitos y apuntan las dudas. Domingo se toma la tarea de contestar una por una, desde alimentación hasta partos prematuros.

‘No es fácil criar a un niño, muchas veces van a necesitar ayuda, pero es en ese momento que tienen que demostrar fortaleza y fe, para que ellos sigan sus ejemplos’, aconseja Stanziola.

Volteo y miro la cara de c ada una de las futuras madres, también con esa expresión de miedo mezclada con incertidumbre. Al lado, una tiene una expresión distinta, de tranquilidad. Es Liscania, con su barriga como una bola uniforme, que sabe qué debe hacer. Y lo dice: ‘Yo estaré siempre para mi hijo’.