28 de Sep de 2022

Nacional

El triste final de dos héroes

COLÓN. Fernando Johnson había encendió su televisor para estar al tanto de los desastres de las torrenciales lluvias que el pasado domin...

COLÓN. Fernando Johnson había encendió su televisor para estar al tanto de los desastres de las torrenciales lluvias que el pasado domingo, 25 de noviembre, cumplían tres días. Veinte años de servicio voluntario en la Cruz Roja le hacían intuir el llamado de alerta aquella tarde. Cuando lo recibió, besó a su mujer, a sus dos niños de 5 y 9 años, y salió.

Jorge Alemán había salido mucho antes de su casa en la barriada Margarita, en Colón. Sus tres jóvenes hijos y su pequeña nieta no preguntaron. 37 años de labores del padre como socorrista les hacía entender la dinámica: ‘uno está en su casa con su familia cuando llega la llamada de auxilio, uno deja todo y no se vale decir no’, decía orgulloso Alemán.

Fernando Johnson, jefe de operaciones de la Cruz Roja de Colón; y Jorge Alemán, director de Gestión de Riesgo del mismo organismo, acudieron aquel 25 al llamado de alerta que los llevó hasta la Curva del Cebo, en la carretera Boyd Roosevelt, para inspeccionar el área. Algo normal en su labor.

Habían recibido información de que la calle se estaba resquebrajando y como siempre, con su filosofía del rescate y la ayuda, no lo pensaron dos veces. Alemán tomó el timón, Johnson subió a la cabina y otros siete socorristas jóvenes de la Cruz Roja saltaron al vagón rumbo a Quebrada Ancha.

Fueron a supervisar, a ver cómo estaban las comunidades aledañas y de paso alertar del peligro al Ministerio de Obras Públicas (MOP). Gajes del ofició, dicen hoy adoloridos sus compañeros. Y es que esos gajes llevaron a los rescatistas hasta el epicentro del desastre, como muchas otras veces: en el atentado de las Torres Gemelas, en los rescates del terremoto de Haití y el de Bocas del Toro, y en las protestas contra la Ley 72, el pasado octubre en Colón. Pero Alemán y Johnson, con la filosofía del rescate en sus venas, no imaginaron que allí, en la curva del Cebo, pasarían de ser rescatistas a ser rescatados.

BAJO EL ALUD

A eso de las 6:30 de la tarde, el pick-up de la Cruz Roja manejado por Alemán atravesaba la Boyd Roosevelt rumbo a la grieta sospechosa, la lluvia no cesaba, carretera resbalosa y oscuridad complicaban el camino, algo normal en estas situaciones, explica Arturo Alvarado, director del Sistema Nacional de Protección Civil (Sinaproc).

Familiares de Johnson opinan diferente. Dicen que Sinaproc estaba enterado del peligro de la grieta y no actuó a tiempo. Entonces de repente, en la curva del Cebo, empezó el temblor. La tierra se abrió al paso de la camioneta. La carretera se desmoronó. Algo inesperado para todos.

¿Qué hacer cuando vas a socorrer a otros y caes en el abismo? Alemán dio reversa. ‘¡Salten, muchachos, que nos hundimos!’, fue el grito desesperado desde la cabina del pick-up. El llamado de un socorrista tragado por un alud en el intento de proteger a la ciudadanía de mayores estragos tras las lluvias de noviembre.

Los siete rescatistas del vagón saltaron. Fragmentos de segundos los separaron de sus compañeros de la cabina.

Bernardo Casera nunca olvidará el instante en que, al intentar abrir la puerta del pick-up, la tierra cedió y el carro rodó, el lodo cayó encima y el auto se perdió. La lluvia no paró. ‘El carro no ha caído, el carro no ha caído’, gritaban dos de las chicas que saltaron.

¿Qué hacer cuando dos hombres que dieron sus vidas por cuidar a otros quedan sepultados en un derrumbe?

Lo humanamente posible, explica Alvarado. Esa misma noche, 25 de noviembre, las unidades nacionales de rescate: la Policía Nacional, Sinaproc y la Cruz Roja utilizaron todos los equipos de rescate vertical con los que cuentan. ‘Hay que encontrarlos, están ahí no más’, decía angustiado otro de los jóvenes que saltaron del vagón. Intentaba mantener la calma pero el shock era evidente y el tiempo apremiante. Cada minuto, cada instante, significaba la muerte para su maestro, Alemán, y su compañero, Johnson.

Ante las condiciones del tiempo, las labores de rescate pararon y fueron retomadas al día siguiente: el 26 de noviembre, con maquinaria pesada. Afuera, en la Boyd Roosevelt, los esfuerzos de los organismos de rescate, abajo dentro del pick-up, los cuerpos de Alemán: el maestro de la Cruz Roja que trascendió fronteras y ayudó a salvar tres vidas en Haití y decenas en Panamá, siempre cuidando la seguridad de su equipo; y de Johnson: el arquitecto que viajó hasta Nueva York para ayudar con las víctimas del atentado de las Torres Gemelas, y se enfrentó a la policía en los disturbios de Colón cuando un agente no quería dejarlo atender a un hombre herido en la cabeza. ‘Nosotros estamos para salvar, dejamos a nuestras familias, arriesgamos nuestra vida para ayudar a los otros y lo mínimo que esperamos es respeto de las autoridades’, dijo en su única intervención mediática para TVN, el pasado octubre en Colón, un mes antes de despedirse por última vez de su esposa.

27 de noviembre. El almanaque marcaba dos días ya del catastrófico derrumbe en la curva del Cebo. Las horas pasaban y la vida, si es que había, disminuía en el fondo. La historia de la catástrofe ya había trascendido las fronteras, que ellos mismos habían trascendido en vida en sus labores de socorro: unidades de rescate de la Cruz Roja mexicana, costarricense y expertos ingenieros colombianos se preparaban para acudir a la llamada de auxilio de quienes quedaron sepultados auxiliando. El miércoles 28 las familias ya no querían hablar. El dolor y la angustia minimizaba la esperanza de vida. Algunos amigos aún mantenían la fe: ‘porque lo último que se pierde es la esperanza’, decía el compañero Luis Blake. Ese día llegaron los apoyos internacionales.

Finalmente ayer, tras cinco días de búsqueda, fueron hallados los cuerpos de Jorge Alemán y Fernando Johnson. ‘Los héroes de la Cruz Roja que aun a riesgo de su propia vida, a cualquier hora y en cualquier lugar, estaban dispuestos a ayudar. Y así murieron’, dice llorando Blake, su amigo y compañero, .