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16 de Apr de 2021

Nacional

Incómodas revelaciones en caso de bebés

‘Incluso el más pequeño de los pies tiene el poder de dejar huellas eternas en el Corazón’, se leía en el separador de libros que ofreci...

‘Incluso el más pequeño de los pies tiene el poder de dejar huellas eternas en el Corazón’, se leía en el separador de libros que ofreció Yilany Bernardo a quienes asistimos al funeral de Noeli, su hija. Una de las bebés que murieron en el incidente ocurrido en la sala de Neonatología del Complejo Hospitalario de la Caja de Seguro Social.

Amarga misión aquella la de incinerar a quien se llevó en el vientre por casi 9 meses, se le construyó un futuro imaginario y se desplomó a los siete días de haber nacido.

Yilany no ha parado de llorar. Todo lo que puede pasar por la mente de una madre al despedir a su criatura... Eso solo lo sabe el pañuelo que recoge sus lágrimas.

Muy cerca de ahí, de la iglesia donde despedían a Noeli, por las noches se escuchan otro tipo de lloros. Son lamentos de aquellos que no dejan dormir, de los que nacen de la conciencia y hasta no destilar toda la angustia uno no para de maldecir aquel momento en que le tocó preparar la sustancia que, sin ninguna mala intención, envenenó a los bebés de la sala.

El de ella es otra clase de llanto. Uno que acompaña los rezos a Dios para que la ilumine, la guíe en este oscuro camino que enfrenta desde aquella mañana en la que por azares de la vida le tocó una tarea distinta, y en la que muy probablemente no hubo quien la supervisara.

Por las fechas de junio en la sala de cuidados intensivos neonatales de la CSS, veinticinco bebés se mantenían bajo el cuido de enfermeras y médicos. Trece de ellos recibían nutrición parenteral (NTP) a través de una sonda, así lo ameritaban sus condiciones de salud.

En la sala de Neonatología los médicos ordenan la composición de la mezcla. Por lo general, una enfermera envía al departamento de farmacia la receta donde se prepara la solución con un máquina que cuantifica las dosis de lípidos, proteínas, antibióticos, azúcares.

La heparina, en cambio, se administra manualmente debido a que las dosis deben medirse en forma rigurosa. Cualquier error puede ser suficiente para causar una sobredosis, y por tanto, una fatalidad. De manera que su medición debe efectuarse con instrumentos especiales como jeringuillas hipodérmicas que son mucho mas precisas.

Aunado a esto, los fármacos deben ser los indicados para la población que se administran, en este caso la heparina con alcohol bencílico ya contaba con una ristra de advertencias y alertas internacionales sobre los riesgos en neonatos.

Una enfermera básica, que ingresó al sistema del Seguro Social en 1984, según consta en la planilla de la Contraloría General de la República, era la profesional encargada de tan delicada tarea. Sin embargo, cierto hecho la desconcertó. Dice la abogada Katy Ramos, representante de Jennifer Delgado una de las madres que perdió a su bebé, que la enfermera en mención no estaba de acuerdo con algunas situaciones que modificaban la fórmula de la nutrición parenteral, postura que la motivó a manifestar a sus superiores que no se pondría en riesgo o asumiría cualquier responsabilidad al respecto.

Reviso las declaraciones del Dr. Nestor Sosa, jefe del equipo investigativo interdisciplinario encargado de averiguar el evento centinela, y recuerdo que en la conferencia de prensa manifestó que el día 25 de mayo se agregó un ingrediente nuevo a la nutrición parenteral. ¿Podría tratarse de la heparina con alcohol sódica con alcohol bencílico que la enfermera se negaba a preparar?

También me encuentro que entre los apuntes que hizo una de las madres durante las reuniones informativas que sostenían con los directivos de la CSS, aparece; ‘el Dr. Iván Sierra, de la sala de neonatología, dijo que antes se usaban libre de alcohol bencilico’. Puede ser una casualidad, es posible que no tenga relación con los eventos, sin embargo, son datos coyunturales que llaman la atención.

La negativa de la enfermera en la preparación de la nutrición parenteral con ‘aquello’ que la mantenía inquieta, provocó que la enviaran de vacaciones a lo que se rehusó, pues alegaba que no había capacitado a nadie en su reemplazo. Agrega Ramos que ‘aparentemente le llegaron con otro medicamento y ella no quiso hacerlo’. Así que le dijeron -no precisa quién- que ellos prepararían a alguien para labor.

¿Qué la motivó a decir no más? Las jerarquías en el Departamento de Farmacia, por la experiencia adversa vivida en el caso del dietilenglicol, con más razón, debieron acentuar la supervisión del personal y los procedimientos.

Dicen los escritos de Jennifer; ‘10 de junio a las dos de la tarde se prepara la nutrición parenteral’. Sin embargo, en estos dos meses de investigación, conocí que ése día del incidente la solución subió tarde a la sala de Neonatología, como a las cinco.

A las horas los bebés comenzaron a descompensarse, entre uno y dos días después de administrada la mezcla que contenía la heparina con alcohol bencílico, que supuestamente alguien competente había confeccionado.

Al percatarse de las hemorragias que presentaban los bebés, los médicos pensaron que podía deberse a una bacteria, pero más tarde los análisis salieron negativos. La principal sospecha entonces apuntó a la nutrición parenteral denominador común en los afectados, y el 12 de junio se ordenó la suspensión.Ya era tarde para los ocho bebés que se habían intoxicado con alcohol bencílico, otros cuatro se impregnaron de sus secuelas en distintos órganos. Lo curioso es que posterior a esta acción no se registraron más muertes.

Después de tanto indagar logré llegar al fondo del asunto. El último eslabón de la cadena, el más débil, al que por lo general se le achacan las culpas de los casos tan emblemáticos como éste.

Luego de varios intentos para tratar de localizarla en el trabajo, donde al otro lado del teléfono me aseguraban no conocerla, decidí buscarla en su residencia.

La farmaceuta que preparó el compuesto no era la que tenía años de experiencia como reiteraban los directivos de la CSS en las conferencias de prensa. Tampoco contaba con la trayectoria institucional que tenía la enfermera que con sabiduría rechazaba una instrucción. Era, según las versiones de la abogada Katy Ramos, un personal nuevo que debió seguir instrucciones de sus superiores.

Las ironías de la vida; cómo una mujer que trataba de cumplir con las instrucciones del día quedó involucrada en un hecho que le puede cambiar la vida por completo. La culpa, la angustia, el llanto y la depresión apenas deben darle espacio para sobrevivir a lo que nunca imaginó; una dosis letal.

En casa, su madre una mujer entrada los setenta, reza para que Dios escuche sus plegarias. Me cuenta desesperada que su hija al llegar del trabajo le ruega a Dios todas las noches. Una absolución espiritual que le libere el remordimiento por esas nueve almas. Llora. Desde aquél incidente vive deprimida.

La hija prefiere guardar silencio, habla poco, apenas enuncia a la madre.

En la sala esta encendido el televisor en un canal religioso que acompaña los ruegos diarios de la familia. Es difícil describir la escena; confunde el sigilo de la joven hija y la ansiedad de la abuela que me percibe como una luz al fondo del oscuro túnel buscando ayuda.

Decidí escribir un recado en una hojita, de esas donde se apuntan la lista del mercado, para que llegue a manos de la farmaceuta. La hija recibe la nota que dejé escrita encima del comedor. Se reservó comunicarme con ella por teléfono; no, ya está muy alterada por los hechos, no la quiero descontrolar -me dice- mejor yo le doy su recado cuando llegue del trabajo por la noche.

Hay quienes afirman con atinada dureza, que el seguir órdenes de un superior no exime de responsabilidades. No hay duda de que esta persona está al tanto de esto y encierra su rosario de amarguras en un baúl con siete llaves, tal vez por temor a la justicia.

Quién sabe cómo le habrá caído la invitación a desahogarse, a contar lo que por meses ha tenido aprisionado en el alma.

No hubo respuesta al mensaje. A los dos días volví para saber si había alguna novedad. Se escuchaba la oración que provenía del televisor.

Buenas... Buenas...exclamé desde afuera pegada a la reja.

Las ventanillas se veían abiertas, algunas luces encendidas, pero esta vez nadie salió al portón. El único que respondió fue el perro que no dejaba de ladrar como olfateando el mal presagio de su dueña.

Tal vez ella comunicó a sus superiores la extraña visita de la periodista que solicitó su versión antes de publicar la noticia. Quizá le advirtieron que si decía una palabra se atuviera a las consecuencias. Tal vez el miedo la intoxicó y le contuvo el habla... Tal vez.

Nunca antes se había registrado un evento como aquella tragedia cuando murieron ocho bebés en un lapso de cinco días y otros cuatro resultaron afectados por envenenamiento por alcohol bencílico.

El sistema los reclamó para sí. Igual que se adueñó de los lamentos del último anillo de la cadena infinita y complicada del sistema burocrático. Irreparable, a pesar de los muertos del dietilenglicol, de los casi doscientos de la KPC, o los cientos o miles de pacientes que han muerto atribuyendo las causas a una enfermedad que probablemente disfrazaba la verdadera razón de la muerte.Tampoco los bebés recién nacidos que dejaron la vida en la sala de Neonatología han sido argumento suficiente para modificar lo más importante; la certificación para entrar en un sistema de control de calidad y seguridad que rija en las legendarias infraestructuras que utiliza el 80% de la población a nivel nacional.

Hechos que en cualquier país serio hubieran provocado un cataclismo en la estructura organizativa del sistema. Pero aquí no. El director de la CSS, Guillermo Saez-Llorens, ha dicho que no se implementaron cambios, mas bien que es el Ministerio Público es quien explicará los hechos.

Las amargas experiencias, en cambio, han quedado bajo el manto de la impunidad, esperando que alguien con suficiente gallardía se atreva a entrarle a los mas de 600 tomos que suman el caso del dietilenglicol, o a que se aclare cómo fue que nadie se percató que morían los pacientes hasta que se apilaron por docenas a causa de una bacteria hospitalaria descarriada.

No hay quien se arriesgue a contradecir la voz que alerta, que de no haber un cambio radical en el sistema seguiremos llorando muertos, sin importar su edad o enfermedad. Tampoco hay quien objete que es necesario un proceso de certificación voluntaria para encajar en los estándares necesarios que brinden servicios con buena calidad en la atención médica y seguridad a los pacientes.

Que sin auditorías periódicas estrictas que obliguen a cumplir los protocolos y procedimientos médicos, así como las compras y el adecuado uso de los medicamentos es muy posible que ocurran nuevos episodios como los ya vividos.

Cómo entonces, podría tener algún sentido revelar el nombre de la mujer que nunca imaginó que por seguir instrucciones sobre el uso de un medicamento, y/o manejar instrumentos inadecuados, iba a terminar siendo un testigo mudo del horror. Obligada a convertirse en invisible para evitar revelar una verdad que tarde o temprano será pública.

El dolor tan profundo de su madre, el enojo de los familiares de las víctimas, la incertidumbre de una joven escarmentada que teme ver a su mamá transformada en chivo expiatorio sin más escudo que sus buenas intenciones en el trabajo, o la historia de Yariela Lucero quien después de doce años de tratamiento logró embarazarse de gemelos pero que sin explicación lógica o médica, ambos murieron en menos de dos días de haberlos parido cuando apenas hacía unas horas los había dejado llorando en la incubadora. Al parecer ninguno de estos testimonios son lo suficientemente sólidos como para revolucionar la cultura enquistada en el sistema.

Nada exime a la responsabilidad; una farmaceuta con cuestionada capacitación para la labor indicada; una carga compartida con sus superiores, por quienes atribuyeron que no sería una tarea complicada administrar un producto contraindicado específicamente en neonatos; o por los que pocas veces se pasean por los pasillos y aparecen cuando un suceso como éstos activa las alarmas. Pero principalmente, se trata de un compromiso cuyo protagonista es el enfermo sistema de la mal llamada seguridad social.