09 de Ago de 2022

Nacional

“El Instituto Nacional de mi recuerdo”

Cuna y antorcha de ideas, casa de grandes maestros, y de alumnos ávidos por cultivarse

Soy de la promoción del 46. Llegué al Instituto Nacional con el temor que despierta un templo. Entonces, ¿quién no quería llegar algún día al Nido de Águilas? Ser alumno de don Américo Valero, de don Pedro Campana, de don Cirilo J. Martínez, de don Luis Salvat, de don Bonifacio Pereira, de la Madame Latham, de don Alberto Galimany, del prof. Zozaya, de don Ángel Lope Casis, de don Luis T. Zeer, de Benigno y Ernesto Argote. O de doña Augusta Ayala, de don Rafael Mendoza y G., de don Ismael García, de doña Luisita Aguilera y de tantos otros, constituía una gran satisfacción, pero a la vez una tremenda responsabilidad.

Nunca he de olvidar que los jueves para mí, en mi vida institutora, siempre amanecían con un temor inmenso a don Pedro Campana. Sus exámenes cada jueves y la suerte increíble de ser siempre examinado cada jueves me fue convirtiendo, con el tiempo, en un enamorado de la biología, de la botánica.

¿Y del inglés? ¿ Cómo se me va a olvidar mi pobre pronunciación y la constante ocurrencia del profesor de ponerme a dialogar con Alfredo Sierra con su inglés de Aguadulce?

¿Y la Madame Latham? Es posible olvidarse de ella. ¡Nunca! Allí la veo con su disciplina férrea, pero exquisita. Tuve la virtud de ser compañero de Pedro Fonseca y a la sazón era Embajador de Costa Rica don Enrique Fonseca Zúñiga.

La disciplina de la Madame siempre cayó vencida ante la confusión de los apellidos. Me decía tanto Fonseca como Zúñiga. Y aquel fin de año un cinco alumbró mi tarjeta. Desde entonces, Pedrito Fonseca hacía énfasis en la necesidad de que la Madame precisara los apellidos. ¿Y de las luchas? ¿Cómo no voy a acordarme de mis luchas institutoras?

Allí la sociedad Mateo Iturralde, fundada en el IV año. Allí ‘Cariátides', que llegó a salir en varios números. Y Esfinge también pasó por nuestras manos. Y Alumni, revista de liceístas y de institutores. Por el afán en ella conocí a la que hoy es mi esposa. ¿Y de la AFIN, hija gloriosa de la FEP?

¿Y qué de aquella huelga institutora? Cómo no voy a recordar aquella primera huelga. Nos quisieron imponer siete exámenes al día. ¡Imposible! No quedaba otra alternativa que la huelga. Salomón Cherén, Estenoz, Juan King, Toti Ordóñez, y tantos otros, mayores, la iniciaron. ¿Cómo? Simplemente rompiendo los lápices. No había lápiz, no había examen. Y nos quedamos sentados. Luego, esa primera experiencia se fue perfeccionando…

Cuando llegó don Rafael Moscote a la Rectoría fue el inicio de una nueva era institutora. Se dio mayor participación al estudiante. Allí el Consejo de Disciplina elegido por todos los estudiantes para juzgar la conducta de los estudiantes. Varias audiencias hicimos. Nunca se persiguió al estudiante. Se vivía sin temores.

Eran otros tiempos. Entonces no gobernaban los institutores. ¡Oh, ironías de la vida! ¡Oh, Nido de Águilas, también has dado extrañas especies! Quienes más han perseguido que golpeado a los estudiantes han sido los que salieron de tus aulas, de tus queridas aulas.

Una vez llegaron profesores chilenos. Me acuerdo del profesor Echeverría. Chico, calvo, pero lleno de una gran sabiduría. Y del profesor Urbina, un gran sociólogo. A los dos los vi en Chile. Jóvenes aún. La alegría al presentarme y reconocerme fue sincera e inmensa. Hicimos migas del recuerdo; unimos las migas y nos dimos cuenta que en el Instituto Nacional había creado un pedazo de nuestras vidas.

Tal vez en el día de hoy todos los institutores tenemos un recuerdo para las esfinges. ¿Quién no tocó y dialogó alguna vez con las esfinges? ¿Cuántas veces reclinado a ellas soñamos o dilatamos nuestra pupila hacia el futuro?

Las esfinges nos daban seguridad, protección. Su aire de resuelta dignidad nos daba una jerarquía mitológica en el escenario educativo. Era el orgullo de ser institutor, y en los rostros de las esfinges, imperturbables, serenos se cifraba la expresión señera del Instituto Nacional.

Hoy tengo un recuerdo cordial y cariñoso para todos los institutores. A mis compañeros de aulas, los que compartieron conmigo un presente y una ilusión, los tengo mentalmente incrustados en mi espíritu. Hoy como nunca. Porque en cierto modo estas bodas de oro del Instituto Nacional constituyen la conmemoración de un acontecimiento grande de un padre espiritual y eterno. De ese padre que nos enseñó el significado de las ideas, el valor inmenso del pensamiento, la trascendencia eterna de todo lo que se construye con la arcilla de la idea.

En este 17 de julio he de decir, no como un ex institutor ubicado en un lugar de la República, sino como un institutor que aún pisa aulas y escucha la palabra de los maestros, que la lección más perdurable y grandiosa que recibí del Instituto Nacional fue la explicación constante del pensamiento de Emerson, que cual crisol espiritual guía las inquietudes institutoras: ‘¡sólo el que construye con ideas construye para la eternidad!'

Ese pensamiento es lanza y escudo de cada institutor. Y más que lanza y escudo, es antorcha. Que el profundo significado que él encierra sea realidad algún día para todas las iniciativas creadoras en el país, y que nunca se aparte de la convicción cívica de cada joven panameño que entra al Instituto Nacional.

En las Bodas de Oro de nuestro gran padre espiritual, ¡Salud, salud, Minerva! ¡Salud, viejos maestros! ¡Salud, compañeros! ¡Que el Instituto Nacional sea en nosotros!

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‘Tal vez en el día de hoy todos los institutores tenemos un recuerdo para las esfinges. ¿Quién no tocó y dialogó alguna vez con las esfinges? ¿Cuántas veces reclinado a ellas soñamos o dilatamos nuestra pupila hacia el futuro?'

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UN ‘NIDO' CENTENARIO

El colegio tenía hace 104 años una matrícula de 298 estudiantes

1911 fue inaugurado el Instituto Nacional como el primer centro de estudios ‘de alto nivel académico' de Panamá.