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04 de Aug de 2020

Nacional

En la búsqueda de los ancestros

Luego de la muerte de mi abuela en 2015 y viviendo en Panamá desde 2016, tuve la necesidad de recuperar información y conocer mi árbol genealógico

Luego de la muerte de mi abuela en 2015 tuve la necesidad de escarbar la información sobre mi historia familiar.

En la búsqueda de los ancestros

A mis casi cincuenta años, sólo conocía el nombre de mi abuelo materno y el lugar donde se conoció con mi abuela, Guardamonte, un poblado rural en la provincia de Entre Ríos distante a 297 km de Buenos Aires en Argentina.

Nací en Argentina y desde 2016 vivo en Ciudad de Panamá. Ha sido aquí donde se intensificó y se dieron las condiciones para concretar dicha búsqueda.

Varios factores contribuyeron a la recuperación de mi historia familiar: la participación en los talleres de Constelaciones Familiares, una herramienta de psicología transgeneracional, donde se abordan temas familiares en un espacio vivencial grupal; la construcción de mi genosociograma; mucho tiempo libre para escribir y para pintar una de las series en la que trabajo llamada justamente Constelaciones, usando la técnica de acrílico sobre tela e incorporando palabras, fechas y datos relacionados a mi historia personal; herramientas digitales para búsqueda de información y el acompañamiento de mi pareja en todo este proceso.

Las facilitadoras del taller son dos psicólogas panameñas con estudios de Maestría en Psicología Transgeneracional, Familiar y de Pareja, del Instituto de Estudios Transgeneracionales de México.

Aunque Buenos Aires fue donde conocí sobre la herramienta de psicología transgerneracional, en Panamá fue donde logré información de mi abuelo. Tal vez el estar lejos de mi tierra ayudó a enfocarme en la búsqueda de información.

Constelaciones Panamá cuenta con las maravillosas facilitadoras Lizbeth y Luz. La herramienta de psicología transgeneracional la conocimos años anteriores en Argentina. Desde 2016 comenzamos a ir (en Panamá) y a partir del 2017 hasta la fecha nuestra asistencia fue perfecta en cada uno de los talleres mensuales. Participamos en el taller intensivo de constelaciones. Constelé en dos oportunidades, en agosto de 2017 y en mayo de 2018.

Experiencia y resultados

Mi tiempo libre lo uso para pintar y escribir. Luego de escribir frases sanadoras y recetas para el alma, pinto un cuadro en acrílico e incorporo una receta escrita en color rojo representando la sangre.

Todavía hay cuestiones sin resolver. La historia familiar, conocer a mi abuelo materno o más sobre su historia. Una tarea pendiente que necesito reconstruir. Muchos espacios vacíos o historias no contadas. Historias fragmentadas.

Serie Constelaciones Historias Fragmentadas

En 2018 comienzo a pintar otro cuadro, en esta oportunidad, el tema es hacer un árbol genealógico. Me ubico en el centro del cuadro. Hacia abajo, represento a cada una de las generaciones en orden: madre y padre, 4 abuelos, 8 bisabuelos, 16 tatarabuelos, y más y más generaciones. Comienzo a incorporar los nombres y datos importantes: fecha, lugar de nacimiento y muerte. No pude avanzar más, al mirar me di cuenta que era despareja la información. Solo el nombre de mi abuelo materno. Fue terrible para mí.

Con el nombre de mi abuelo y Guardamonte, un pueblo rural en la periferia de la provincia de Entre Ríos donde viven 163 personas, comencé algunos intentos de búsqueda sacando información de una guía en papel de Páginas Amarillas del 2003. Después, con una versión en CD que incluían todas las ciudades de Argentina, pero sin éxito.

Mi madre, no estaba tan entusiasmada por recuperar su historia, nuestra identidad.

Las ausencias, los silencios, los miedos y las inseguridades eran parte de nuestra cotidianeidad. Además, mi abuela todavía estaba entre nosotros. ¿Quién era capaz de quebrar la hermeticidad de sus silencios? Tal vez fue necesario que esos datos maceraran por algunos años para disfrutar de un sabor agradable en tiempo presente.

Mi abuela materna murió unos meses antes de cumplir cien años. Su silencio la acompañó todo ese tiempo, prefirió no hablar de su intimidad y de su historia.

Nació en 1915, octava hija de diecinueve hermanos. Una familia que arrendaba una tierra rural tan fértil como ellos en el caserío de Guardamonte para la siembra de cereales y agricultura de subsistencia.

Toda la familia participaba de esa dura tarea impulsada por la fuerza de sus cuerpos.

Las mujeres mayores tenían el trabajo extra de la crianza de los hermanos pequeños y de algún hijo propio.

Fue en Guardamonte donde supuestamente los caminos de mis abuelos se cruzaron. Sin la aprobación familiar para armar su propia historia y alguna que otra cuestión que desconozco, no pudieron torcer el florecer de sus destinos. La juventud de dos almas en los tiempos primaverales de 1937 se combinó para germinar una nueva vida que tiene que ver con mi vida. No sé como vivió su embarazo en el hogar paterno sin la compañía de su hombre. Lo cierto es que permaneció allí junto a su hija.

En 1942 con veintisiete años y mi mamá de cuatro decide partir.

Dejaron atrás la casa paterna de adobe que habían construido entre todos en busca de mejores oportunidades. Trabajando como empleada doméstica en la ciudad de Gualeguaychú y luego siguió a Buenos Aires para encontrarse con gran parte de su familia. Una ciudad que a comienzos de los años cuarenta necesitaba de sangre nueva para poner en movimiento los engranajes de la modernidad y del progreso. Refugiada en el trabajo, tal vez para no recordar, mi abuela se dedicó a cocinar y cuidar niños ajenos hasta que se jubiló. Nunca regresó a Guardamonte.

Nunca estuve en Guardamonte. Pero quiero sentir esa tierra para reconstruir mi historia fragmentada. Una lucha entre mis deseos y el mandato familiar tácito de seguir con esa ausencia.

Alejado de Argentina y viviendo en Panamá tuve la necesidad de recuperar información de mis ancestros, no sólo del abuelo Juan: de todos. En un cuaderno voy amontonando información y datos de cada uno de mis familiares. Esbozo un árbol genealógico que organizo en el transcurso de varios días: personas, lugares de nacimiento, fechas importantes. Por alguna razón decido hacer una pintura con estos datos: un lienzo grande donde ordeno la información utilizando figuras, trazos de colores, palabras y números. En forma piramidal ubico a los ancestros más antiguos en la parte inferior de la tela, son 512. Las generaciones más jóvenes van escalonándose en diferentes capas respetando un orden, el orden de aparición familiar. Yo me represento y ubico arriba de la pirámide con una silueta figurativa. Con círculos represento a las mujeres y con cuadrados a los hombres de la familia. Siempre en parejas, círculo a la izquierda y cuadrado a la derecha, también escribo la información que conozco de cada uno. Debajo mío, sosteniendo mi vida están representados mi madre y padre. La capa siguiente hacia abajo, mis 4 abuelos agrupados en dos parejas. El siguiente escalón son mis ocho bisabuelos también agrupados por parejas, luego en orden vienen mis 16 tatarabuelos, 32 tatarabuelos segundos, 64 tatarabuelos terceros, 128 tatarabuelos cuartos, 256 tatarabuelos quintos y 512 ancestros en la base de la pirámide que dieron vida a todas las generaciones más nuevas. Una relación matemática que se repite en toda familia.

Todos nacemos de un padre y una madre

Del linaje paterno cuento con datos hasta los cuatro bisabuelos. Por parte del linaje materno la información es despareja. Del lado de mi abuela cuento con información de los cuatro tatarabuelos y de mi abuelo materno sólo conozco su nombre.

Parado en este punto lleno de vacíos. Ahora más consciente de esa ausencia. Todo este tiempo fue natural estar invisibilizado. Mi abuelo Juan nunca supo de mi existencia, no tuve su mirada. La pintura quedó tan inconclusa como mi historia.

Algo tengo que hacer, quiero saber más de mi abuelo Juan. ¿Por dónde empiezo?

De las páginas amarillas pasé a Google y redes sociales como Facebook. Mi esposa Anabel se sienta a mi lado en algunas ocasiones para ver la pantalla. También hace búsqueda por su cuenta.

—Estoy viendo un Facebook de una persona que se llama Amelia Gelmini. Es igual a tu mamá. Dice que es de Guardamonte, provincia de Entre Ríos.

En la foto, Amelia era casi un clon de mi mamá. Las mismas características físicas y hasta los mismos gustos en la ropa y los colores.

Luego de una pausa Anabel dijo: —Encontré a otra Gelmini. Se llama Nelli, también de Guardamonte. Son hermanas ¡mirá esta foto!

Hay otra foto con una imagen de la típica pareja de boda con los padres a cada uno de los lados. Abajo esta la leyenda: “En el día de los abuelos, el mejor recuerdo de Juan y Cira… Los mejores abuelos que pudo tener mi hijo Luciano. Mis queridos padres que amaron tanto a mi hijo y a veces me lo malcriaron por tanto amor”.

¿El hombre con lentes de esa foto es mi abuelo?

—Creo que sí —dice Anabel.

En febrero de 2019 viajamos a Buenos Aires después de tres años con el plan de quedarnos 25 días. No dejaba de pensar en los Gelmini. ¿Cómo podré acercarme a ellos? Hay que ir a Guardamonte, como sea, pienso.

A diez días de regresar, todavía no sabía qué hacer. Una noche, en nuestra habitación le hablé a Anabel de mis dudas. Le dije que mis tías estaban grandes, no sabía si las perturbara saber de un sobrino del que no tienen idea. Volvimos a curiosear sus Facebook, el de Nelli dice que es de Guardamonte, pero vive en Buenos Aires.

“¡Por la ubicación Es muy cerca de lo de mi vieja, quince minutos en auto!”, dije sorprendido.

“¡Mira Ariel! ¡El hijo de Nelli tiene Facebook! No lo habíamos visto antes. Es vegano y pertenece a una agrupación de protección a los animales. También vive en la zona”.

“Me parece mejor intentar comunicarnos con mi primo Luciano ¿no?”, le dije a mi esposa.

“Sí, puede ser” contestó.

“¡Ani! Por la foto, Luciano tiene pinta de buena gente. Me cae bien antes de conocerlo. Tal vez no es necesario ir a Guardamonte”.

El día 24 de febrero le escribimos por Facebook, pero no recibimos respuesta de mi primo.

Esa mañana del 25 de febrero salimos temprano de casa para hacer varias cosas en la ciudad. Mi esposa no paraba de escribir por su celular. Nos sentamos a desayunar en un café y me dice: “Tengo que contarte algo. Encontré el celular de tu primo Luciano. Me comuniqué con él por Whatsapp. Le conté más o menos tu historia. No se sorprendió y le dije que ya lo vas a llamar”.

Mi mujer mueve cielo y tierra para sorprenderme y conseguir cosas tan increíbles como estas.

Me coloqué los lentes y le escribí a Luciano contándole quién era. Inmediatamente le grabé un audio que no logré finalizar por la emoción y terminé borrándolo. Grabé otro, este salió mejor pero después de escucharlo no entendí cómo comprendió lo que le estaba diciendo. Luciano contestó enseguida. Hablamos varios minutos. Me preguntó dónde estaba. Cuando le contesté, dijo que él estaba trabajando cerca, que podíamos vernos más tarde en el mismo café donde nos encontrábamos ahora desayunando. Le envié una selfi donde estábamos Anabel y yo con las medialunas y las tazas de café con leche de fondo. Respondió con un emoticón sonriendo y esta frase: “Nos vemos a las 6”.

¡Llegó el momento! Luciano tan nieto de Juan como yo entró por la puerta. Su modo de caminar me resultó familiar. Me acerqué a recibirlo como si lo conociera desde siempre. Todo el día estuve imaginando ese encuentro que me llevaría a mi abuelo casi cincuenta años después.

Comenzamos a conversar sin pausa, todo era armónico en ese lugar. Pocas mesas ocupadas, el aroma del café recién hecho, una suave música envolviendo el ambiente de luces cálidas.

Arreglamos para reunirnos el próximo sábado 2 de marzo con nuestras madres y tía Elda. Nos reunimos en la casa de madre.

Salí a la puerta para esperar a tía Elda y tía Nelli con un fuerte abrazo en la vereda Nos saludamos con Luciano y su papá Manuel. Mi mamá salió del interior de la casa para recibir a sus dos hermanas nuevas, un encuentro emotivo, alguna lágrima imposible de controlar, un regalo inesperado que mi vieja recibió a sus ochenta años, un lindo regalo que llegó en armonía. Esa soleada tarde de verano aportó más claridad al encuentro que coordinamos con mi primo Luciano. Parecía que nos conocemos de siempre. Entre mates y medialunas, se compartieron historias, relatos, vivencias, afectos y fotos relacionadas con el abuelo Juan y otros familiares. Todos queríamos seguir reunidos en el comedor de paredes amarillas, ahora iluminado con luz artificial. Cuánta información para procesar. La historia de Don Juan con sus padres que migraron de Italia antes de la Primera Guerra Mundial, la vida en Guardamonte arrendando un campo para la siembra. El traslado a Buenos Aries en 1967. El almacén, el asado de los domingos. Tu partida en agosto de 1990.

Abuelo Juan: Hace tres años y medio que vivo en Panamá, junto con Anabel, mi compañera caribeña y Adrián Renato, tu bisnieto argentino. En febrero de 2019, viajamos a Buenos Aires luego de tres años de ausencias. Haciendo búsquedas y ayudados por la tecnología de la información nos contactamos con Luciano, uno de tus nietos, me cayó superbién. Gracias a él te conozco más. También conocimos a tus hijas Elda y Nelli, mis tías maravillosas. Sin saber nada de mí, me aceptaron desde el primer día, ahora a la distancia nos comunicamos por teléfono y Whatsapp.

Me contaron que los domingos reunías a la familia y que te gustaba jugar a las cartas. Tía Amelia, tu otra hija que vive cerca de Guardamonte, quiere conocerme y yo a ella. Tiene la selfi que nos tomamos con Anabel el día que conocimos a Luciano, en el café Castelar con el café con leche y medialunas de fondo. Se hizo viral en la familia. Apenas se enteró de su nueva, pero ochentona hermana, viajó a Buenos Aires en la primera oportunidad que tuvo para conocerla. Fue en el cumple de Nelli, en abril. Mi hermana Sandra con sus hijos estuvieron en la reunión y también muchos de tus nietos por parte de Elda. Luciano está aprendiendo a tocar guitarra y como le contaron que yo tenía esa habilidad de chico, pero ahora está olvidada, quiere que armemos algo juntos. Vamos a ver qué sale, ya te contaremos.

Abuelo Juan, Gracias por la vida que recibí de vos. Me hubiese gustado conocerte, pero acepto la historia tal cual es. Yo preferí buscarte con mis tiempos y a mi manera. Tengo varias cuestiones pendientes por hacer en Argentina. Mucha parentela por abrazar. Pisar tu pueblo Guardamonte. ¡Lo prometo!