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12 de Jul de 2020

Nacional

Entre la ingratitud, el servilismo y la arrogancia

El servilismo es el incienso que embriaga a los arrogantes. Es lo que hace que algunos al llegar al poder cambien de conducta, de trato y hasta de modo de mirar. Son pocos los que permanecen con su temperamento de cuna.

Entre la ingratitud, el servilismo y la arrogancia

Escuchaba en mi pueblo, en los años de mi infancia, que nadie está con el sol que se oculta, sino con el sol que nace. Esta observación encuadra con los personajes representativos del poder. El presidente saliente suele ser abandonado y el entrante es rodeado de súbito por un coro de alabanza. En el primer caso florece la ingratitud y en el segundo toma posición el servilismo.

Yo dije en mi última crónica, recordando a Simón Rodríguez, el maestro del Libertador, que la primera virtud del hombre es la gratitud. Su carácter virtuoso sugiere el significado espiritual de la gratitud. Si la virtud es un pétalo del alma, la gratitud habita en esa mansión superior.

La gratitud origina un vínculo de grácil reconocimiento, en un nexo sutil de lealtad sin sometimiento y sin renunciamiento a los propios valores. El gesto de tender la mano, y máxime si en ella se pone el corazón, es lo que compromete la gratitud y obliga a la reciprocidad, la disposición o la obligación de corresponder en su hora con igual gesto.

No debe confundirse la gratitud con la abyección. En la abyección el ser humano se envilece o simplemente degrada su identidad, su carácter y su temperamento.

La gratitud más excelsa es la que nace del reconocimiento de un beneficio colectivo. Es la gratitud solidaria. La gratitud por la labor del maestro, por esa siembra generosa; la gratitud por las luchas de quienes nos dieron patria, por esa siembra de libertades.

La ingratitud florece cuando el sol que alumbró en el firmamento de los buenos servicios llega a su ocaso y sus beneficiarios lo dejan solo en su agónico tránsito crepuscular. Ni siquiera obsequian una mirada a sus celajes moribundos porque se encuentran impacientes esperando la hora de abordar, con ímpetu de piratas, la nueva nave con sus codiciadas prendas. Es el momento de la transición en la que el privilegiado profesional se torna ingrato para adoptar la figura y el papel del servil.

Es que el servil es un ser invertebrado. Pertenece a la dinastía de los abyectos, de los tránsfugas y de los trepadores. Carece, en su estructura morfológica, de columna vertebral. Es un cetáceo con estampa humana y nada más. Su paradigma es ser el amanuense del dispensador de favores; tiene una pasión irresistible por la prebenda y para complacer en todo al emperador se despoja hasta del honor conyugal ¡Entretenimiento ansiado y perverso de los tiranos.

El servil tiene el sentido de la oportunidad. Sabe en qué momento debe hacerse presente. Un observador del comportamiento ajeno puede advertir fácilmente el fenómeno. Una de las características del último proceso electoral era el poco uso de banderas de los partidos en los automóviles y en las residencias. Pero apenas se conoció el triunfo oficial del PRD, por los caminos de la República se comenzaron a ver centenares de banderines que portan los automóviles o que ahora son izados en los domicilios. Quienes llevaban esas insignias antes del 2 de mayo merecen un reconocimiento por su adhesión sin cálculos, pero el resto es eso, resto, oportunismo, piltrafa, servilismo político.

A Maquiavelo le indignaba el servilismo, y lo consideraba como una plaga contraria a la naturaleza libre del hombre y al buen manejo de la cosa pública. ¿Qué hacer para vencerla? Maquiavelo aconsejaba censurar en público a quien en público elogiaba al príncipe.

“La gratitud más excelsa es la que nace del reconocimiento de un beneficio colectivo. Es la gratitud solidaria. La gratitud por la labor del maestro, por esa siembra generosa; la gratitud por las luchas de quienes nos dieron patria, por esa siembra de libertades”.

El servilismo es el incienso que embriaga a los arrogantes. Es lo que hace que algunos al llegar al poder cambien de conducta, de trato y hasta de modo de mirar. Son pocos los que permanecen con su temperamento de cuna. El poder suele transformarlos. Se tornan vanidosos, hablan en tercera persona ficticia, hábito que se ha convertido en un deporte nacional que me causa tanta risa como reproche. Hablan de sí mismos como si fueran otro: “Usted nunca verá a Perico de los Palotes jugando bolita”. Ese Perico de los Palotes actúa con las ínfulas de un Napoleón. Se cree la gran flauta. Es poseedor de la petulancia del gallo. Si usted ve un gallo en un patio pasar por debajo del alambre tendido para secar trapos, el gallo se inclina para no rozar la cuerda. Tal es la presunción de grandeza que corona su egolatría. Lo curioso es que es una soberbia de vieja data. El poeta Eduardo Ávila Ramírez, nicaragüense-cubano del siglo XIX, advirtió en su poesía El gallo ante el sol, el yo supremo de esa avecilla tan valiente como arrogante:

“En medio del silencio matutino/con los rubores del primer celaje,/su clarín ondulante y cristalino/escandaliza el alma del paisaje” y parece que dice: “Que el oriente/acentúe su tinte tornasol/(el cree que a la llamada impertinente/de su música de oro acude el sol)”.

A veces pienso que el gallo cree que con su clarín mañanero le ordena al sol alumbrar el universo. Ni Copérnico se enteró de las cuitas del gallo con el sol.

Ahora que se habla mucho de la juventud como impulsadora del voto triunfador y como protagonista principal del nuevo gobierno, se debe advertir, para que la vanidad no sepulte a la humildad, que el éxito de toda carrera política no pasa ni debe pasar por el servilismo, por la ingratitud ni por la arrogancia; pasa por la toma de una conciencia política fundada en ideales, en convicciones democráticas y en un diario e íntimo plebiscito sobre el activo y pasivo de la propia conducta en su bregar privado o público.

No debe olvidarse, ni en los triunfos ni en las derrotas, que un hombre fuerte no es el que tiene bombas, cañones o metralletas, es el que tiene una conciencia limpia, libre y vertical, que lo hace inmune a toda tentación servil, a todo vasallaje político y a todo temor.

La delincuencia y sus crueldades
Carlos Iván Zuñiga Guardia

FICHA

Un vencedor en el campo de los ideales de libertad:

Nombre completo: Carlos Iván Zúñiga Guardia

Nacimiento: 1 de enero de 1926 Penonomé, Coclé

Fallecimiento: 14 de noviembre de 2008, ciudad de Panamá

Ocupación: Abogado, periodista, docente y político

Creencias religiosas: Católico

Viuda: Sydia Candanedo de Zúñiga

Resumen de su carrera: En 1947 empezó su vida política como un líder estudiantil que rechazó el acuerdo de bases Filós-Hines. Ocupó los cargos de ministro, diputado, presidente del Partido Acción Popular en 1981 y dirigente de la Cruzada Civilista Nacional. Fue reconocido por sus múltiples defensas penales y por su excelente oratoria. De 1991 a 1994 fue rector de la Universidad de Panamá. Ha recibido la Orden Manuel Amador Guerrero, la Justo Arosemena y la Orden del Sol de Perú.