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02 de Dec de 2020

Nacional

La estatua de Colón y los cabos sueltos de nuestro pasado

Demos una nueva mirada a esta escultura que esconde una rica historia e importantes aspectos de la identidad nacional

El tiempo transcurre inexorable y los momentos vividos se desvanecen para siempre... a menos que le arrebatemos algún objeto, una cosa, decía el poeta y filósofo español Luis García Montero.

La estatua de Colón y los cabos sueltos de nuestro pasado

La estatua de Cristóbal Colón y la joven América, ubicada en el paseo Juan Demóstenes Arosemena, de la ciudad de Colón, podría ser una de esas cosas arrebatadas al tiempo, que en palabras de Montero, se convierten en los “nudos de seguridad de la cuerda que sostiene nuestra historia, y nos permiten regresar a un tiempo que ya no existe ...” (Qué bella frase, ¿no?)

La escultura que el fallecido arquitecto e historiador Eduardo Davis calificara como una de las de mayor valor artístico en el país –junto con el monumento de Vasco Núñez de Balboa, en la avenida Balboa, y la de Belisario Porras, en el parque Porras– tiene una fascinante historia y la virtud de atar cabos de nuestro pasado: nuestros lazos con las monarquías europeas, nuestro periodo de unión a Colombia, la construcción del canal francés y las luchas patrióticas por recuperar los bienes absorbidos por la Zona del Canal.

Cristóbal Colón y la joven América

Su destino no era Panamá ni Colón, sino Veracruz, en México. Fue concebida como un regalo que la emperatriz Eugenia de Montijo, esposa de Napoleón III, quiso dar a esta ciudad que el 28 de marzo de 1864 sirviera como puerta de entrada a su pariente, el archiduque Maximiliano de Austria, en su aventura imperial mexicana.

Los emperadores franceses habían apoyado los intereses movilizados para instaurar a un monarca católico en México, con la idea de que este cortaría el paso a Estados Unidos de protestantes y facilitaría, por una especie de “efecto dominó”, la aparición en Centro y Suramérica de otras monarquías conservadoras y católicas, regidas por príncipes europeos.

El mismo año (1864) en que llegaba por primera vez el futuro emperador mexicano a Veracruz, Eugenia encargó al conocido escultor Vincenzo Vela, residente en Turín, Italia, un monumento del almirante. Vela era un escultor de gran fama, autor de las estatuas de las reinas María Adelaida de Austria  y María Teresa; de Dante  y  Giotto, en  Padua, y los últimos días de Napoleón , entre otras.

El escultor modeló en yeso una primera versión de la estatua del “Descubridor con la joven América”, colocando una dominante figura de Cristóbal Colón que parece proteger o comandar a una sumisa joven indígena, en representación del nuevo continente. La versión resultó del agrado de la emperatriz, quien le dio su aprobación al proyecto.

Tres años después, el artista enviaba el soberbio grupo, una de sus obras maestras, a tiempo para ser exhibida en la Exposición Universal de París (1867).

La estatua había necesitado tres años para confeccionarse y, mientras tanto, la guerra había estallado en México, acabando con el breve reinado de Maximiliano, quien terminó siendo ejecutado en el Cerro de las Campanas de la ciudad de Querétaro, el 19 de junio de 1867.

Como es de imaginar, la emperatriz no quiso concretar su plan de enviar la escultura a tierras mexicanas.

¿Qué hacer con ella? El general Tomás Cipriano de Mosquera, enviado extraordinario y plenipotenciario de Nueva Granada ante los gobiernos europeos, le sugeriría la solución.

En una visita a París, el general comentó a la emperatriz Eugenia sobre la ciudad atlántica colombiana, terminal del primer ferrocarril transcontinental, que 14 años atrás había sido bautizada oficialmente con el nombre de 'Colón'.

Ella se decidió enseguida. Así, el 19 de mayo de año de 1870, tras cruzar el océano Atlántico, se le entregaba la estatua, en el muelle de Colón, al presidente del Estado soberano de Panamá, el general Buenaventura Correoso.

Se instala en Colón

Poco interés o pocos fondos debió tener Correoso, quien dejó la estatua en la oficina de fletes del muelle número 5 de la Compañía del Ferrocarril, sin reclamar.

Nadie vio necesidad de sacarla hasta que en octubre de ese año, al superintendente del ferrocarril, E.C. Du Bois, se le ocurrió que la escultura podría servir para engalanar la ciudad para la visita de un ilustre visitante inglés, sir Charles Bright, quien llegaría para desembarcar el cabo del primer cable submarino de telegrafía que comunicaría al istmo.

Entra de Lesseps

La estatua había sido colocada al apuro, para agasajar a un visitante menor, y diez años más tarde, la base se había deteriorado. Así la encontró el vizconde Fernando de Lesseps, quien iniciando la obra de construcción del canal francés, con una bolsa de dinero aparentemente inagotable, pidió permiso para trasladarla frente a su residencia, en la punta del terraplén, a la entrada del futuro Canal, en el barrio de Cristóbal. Con mucho gusto, así se le permitió.

El 21 de febrero de 1886 se celebró su reinauguración, con bellos y sentidos discursos del propio vizconde. Allí permaneció la estatua hasta la llegada masiva de los estadounidenses en 1904 con la misión de relevar al francés en la construcción del canal interoceánico. Empezaba la etapa republicana para Panamá.

Los panameños perderían nuevamente la escultura en junio de 1904, cuando en razón del convenio Hay-Bunau Varilla, se establecieron los límites para la Zona de Canal de Panamá. Entonces, la suerte hizo que la estatua del almirante quedara ubicada en la faja de terreno que correspondía a la jurisdicción de los zonians.

Los panameños reclamaron prontamente su propiedad y traslado a tierras soberanas, sin embargo, con la prepotencia que la caracterizaba entonces, la Comisión del Canal de Panamá, apoyada por el Departamento de Estado en Washington, mantuvo la tesis de que “todo lo que estuviera dentro de los límites establecidos de la Zona del Canal le correspondía en propiedad a Estados Unidos”.

Durante los años siguientes, Panamá siguió insistiendo en que fuera traspasada. Destacadas figuras como el entonces gobernador de Colón Juan Demóstenes Arosemena y el abogado Ricardo J. Alfaro continuaron insistiendo y batallando durante años, estrellándose una y otra vez contra la intransigencia de las autoridades de la Zona.

La estatua permaneció delante de la que había sido la mansión de Lesseps hasta el año 1916, cuando fue removida y colocada en el patio trasero del flamante hotel Washington, cuando este, recién construido y con una calificación de cinco estrellas, hospedaba a renombradas figuras que provenían de Estados Unidos.

Estados Unidos accede

Finalmente, después de muchas batallas, en 1930, los estadounidenses se percataron de la frivolidad de su actitud. El Gobierno de Estados Unidos accedió a regresar la estatua a la jurisdicción de Panamá, por gestión del diplomático Roy Tasco Davis, quien tomó interés especial en finalizar la inútil controversia y ofrecer una pequeña victoria a los panameños.

“Desde luego, parece ser que dicho monumento es propiedad de Panamá, y el Gobierno de Estados Unidos conviene en su inmediata remoción del sitio en que se encuentra y su traslado a cualquier punto que sea satisfactorio para el Gobierno de vuestra excelencia”, decía una nota enviada por Davis el 31 de mayo de 1930, al entonces secretario de Relaciones Exteriores de Panamá y próximo presidente, Juan Demóstenes Arosemena.

Reinauguración

La estatua fue colocada en el paseo Centenario (ahora llamado Juan Demóstenes Arosemena), vía principal de la ciudad de Colón, en una base diseñada por el ingeniero italiano Genaro Ruggieri y oficialmente inaugurada el 21 de diciembre de 1930.

Desde esa posición, se ha convertido en un símbolo emblemático de esta ciudad atlántica.

Para terminar, otra cita de Luis García Montero, quien nos recuerda, ante el flujo imparable de la historia, la conveniencia de 'ser leales con los recuerdos que nos atan al futuro', porque son ellos los que mantienen nuestra identidad y nuestra esencia.