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21 de Ene de 2022

Nacional

Delrin, el migrante que abastece de agua a Darién

Delrin Chavarría llegó a Darién en junio de 2021, contratado por el Fondo de las Naciones Unidas para la Infancia (Unicef) como especialista en agua, saneamiento e higiene. Miembro de una comunidad indígena de Nicaragua, creció en terrenos con infraestructura precaria que lo llevaron a migrar. Hoy ayuda a los que, como él, se mueven en busca de un mejor futuro.

Delrin, el migrante que abastece de agua a Darién
Delrin Chavarría, técnico del equipo de Unicef en Darién, en la planta potabilizadora de Lajas Blancas.Cedida | Unicef

En un momento histórico, en medio de una pandemia, más de 125 mil migrantes han cruzado la selva entre Panamá y Colombia.

Ante este incremento inesperado del flujo migratorio, especialmente de niños que a noviembre de 2021 sumaban más de 28 mil, organizaciones y equipos han acompañaron la respuesta estatal, aumentando sus servicios para salvar vidas.

En medio de la crisis humanitaria y en conmemoración del Día Internacional del Migrante, que se celebra este 18 de diciembre, publicamos la historia de uno de ellos, que se ha convertido en un apoyo para otros que, como él, buscan un mejor futuro, garantizando el suministro de agua potable a cerca de 70 mil personas durante todo este año.

La historia de Delrin Chavarría, a la que tuvo acceso La Estrella de Panamá, es una muestra de solidaridad y de amor al prójimo.

Delrin, el migrante que abastece de agua a Darién
Unicef y su socio, la Federación Internacional de la Cruz Roja (IFRC), generan soluciones en agua, saneamiento e higiene en Darién para la población migrante.| Unicef

Son las 8:00 de la mañana de un jueves en Darién. El sol aún no quema cuando Delrin Chavarría empieza la rutina que sigue con obsesión cada día a esta hora: escribe desde el celular a los técnicos de su equipo para chequear si las bombas de agua funcionan, si hay suficiente agua almacenada para filtrar y si hay de la potable disponible para tomar.

Menciona cosas como “decantación”, “filtración” y “cloración” mientras sube al carro y enfila en dirección a Lajas Blancas, una de las tres estaciones de recepción migratoria (ERM) adonde en unas horas más llegarán cientos de migrantes que atraviesan la selva durante días, sorteando los ríos bravos, las lomas imposibles, los animales salvajes y bandas armadas que abundan en la frontera natural entre Colombia y Panamá.

“Las personas, en especial los niños, llegan aquí agotadas, sin fuerzas, enfermas tras tantos días en la selva comiendo apenas y bebiendo agua contaminada de los ríos”, dice Delrin mientras ingresa a la ERM, teñido por la luz dorada de la mañana. Necesitan agua potable, atención, ser recibidos con algo de humanidad.

Delrin es un hombre alto y amable que llegó aquí en junio de 2021 contratado por el Fondo de las Naciones Unidas para la Infancia (Unicef) para hacer esto que hace ahora: mantener y hacer crecer un sistema que permita potabilizar agua para los migrantes en Darién. Nacido en Karatá, Puerto Cabezas, una comunidad indígena de las márgenes de Nicaragua, y migrante mismo, sabe de carencias y de moverse para buscar futuro.

Delrin, el migrante que abastece de agua a Darién
Una adolescente hace uso del suministro de agua potable que Unicef y sus socios brindan en la ERM de Lajas Blancas, Darién.Cedida | Unicef

En la comunidad donde creció –un rincón de belleza natural en el Caribe nicaragüense– juntaban agua de lluvia porque no había otra manera de conseguirla. Tampoco había escuela más allá de la primaria, así que a los 12 años Delrin partió a la ciudad. “Era como otro mundo”, recuerda sonriente. En esas comunidades vas a clases descalzo y en short, en la ciudad había que ponerse zapatos.

Desde entonces, no paró de moverse ni de estudiar: una beca le permitió ir a la universidad en la capital de su país, otra más cursar una maestría en gestión de riesgo y, tras algunos trabajos en asistencia humanitaria y conservación que lo llevaron por toda la costa Caribe, cruzó el océano para continuar capacitándose en Europa.

“Soy parte de esa migración porque busco mejores oportunidades para tener felicidad, bienestar, alegría”, dice Delrin. “Siendo indígena las oportunidades son pocas, en mi zona el narcotráfico es altísimo y yo tenía ambiciones, curiosidad de salir y conocer el mundo. No quería quedarme, estancarme”, afirma. Y no se estancó.

En 2018, Delrin viajó a España para cursar un posgrado en agua, saneamiento e higiene con enfoque en contextos de emergencia en la Universidad de Alcalá.

Educación

Luego Milán, en Italia, para una maestría en cooperación con foco en desarrollo, agua y saneamiento.

La última parada, antes de llegar a Panamá, fue Sudán del Sur, donde lideró un estudio sobre agua.

El agua es una de sus obsesiones: creció sin ella y sabe que es fundamental.

“El sufrimiento de cada año de mi abuela, que me crió, era ese”, dice. En la comunidad no hay conexión de agua potable.

Por eso cuando Delrin llegó a Darién, a mediados de 2021, el territorio le pareció familiar: una geografía rodeada de comunidades indígenas como la suya, para trabajar con migrantes como él en el tema que más le obsesiona: agua y saneamiento.

A las pocas horas entendió que este era parte del continente roto, sin infraestructura: hay comunidades sin agua potable, buscar en el río cercano es mala idea porque no es limpia y la lluvia es abundante, pero no se almacena ni se filtra. “Era terrible”, cuenta.

Los niños llegaban, como ahora, con cólicos, hongos en la piel problemas gastrointestinales y no tenían agua para tomar ni para lavarse.

Para asistir a los niños y adolescentes migrantes y sus familias que cruzan la selva de Darién, en 2019 Unicef involucró a otras organizaciones y estableció un acuerdo de cooperación con la Federación Internacional de la Cruz Roja (IFRC). Entonces nació el proyecto de agua, saneamiento e higiene (WASH, por sus siglas en inglés), con la instalación de un equipo de emergencia para la provisión de agua.

La organización tenía presencia en Darién desde 2018 con programas de salud, nutrición, protección y recreación infantil, implementados con socios y en coordinación con instituciones gubernamentales para garantizar los derechos de los niños y adolescentes en Panamá, sin importar su nacionalidad, de dónde provengan o el estatus migratorio. Estos servicios los provee la organización desde de hace tres años con fondos del Gobierno de Estados Unidos, y más recientemente, de la Unión Europea. Pero muy rápidamente la demanda aumentó.

Flujo migratorio

Las personas que cruzaron la frontera pasaron de 9,222 en 2018 a cerca de 24,000 en 2019 y más de 120,000 este año (2021), de las cuales unos 26,000 fueron niños. El flujo migratorio se multiplicó, por lo que Unicef y sus socios en 2020 convirtieron el equipo de emergencia en una planta potabilizadora de mediano/largo plazo.

Un año después contrataron a Delrin como especialista. Junto con el equipo que trabaja con él, se encarga de que se produzca toda el agua potable que las familias migrantes y las de las comunidades de acogida necesitan para hidratarse, bañarse, cocinar o cepillarse los dientes.

“Necesitan descansar, curarse, recobrar la fuerza”, dice Delrin.

Ser tratados con dignidad y humanidad.

Las horas avanzan en Lajas Blancas, ya casi es mediodía y Delrin acaba de coordinar con el Servicio Nacional de Fronteras (Senafront a cargo de las ERM, las acciones de limpieza. Además de acceso a agua potable, WASH comprende acciones de limpieza, como reciclado de residuos, saneamiento y también higiene: duchas, sanitarios portátiles, puntos de lavado de manos.

En Lajas Blancas hay muchos cestos de basura, carpas desperdigadas por zonas donde las familias descansan, dan de comer a sus hijos o cocinan, y un centro de atención médica en el que ahora hay fila. Para todo eso necesitan agua.

Sentada en el frente de una tienda, cerca de las duchas, está Mía, una mujer haitiana que llegó desde Brasil y acomoda cosas para ir a bañar a su hijo.

“Venía deseando agua”, dice, con el niño cargado. Fue muy duro estar en la selva tantos días sin agua y es reparador encontrarla aquí. El agua es vida y ahora podemos seguir.

Un poco más allá, cerca de la planta potabilizadora, Delrin mira si hay suficiente agua almacenada para potabilizar y así Mía, su hijo y cientos de migrantes más pueden bañarse. Chequea, toma su celular, abre una aplicación y apunta en el software humanitario que usan para llevar estadísticas: 12,474 litros de agua potable para 732 personas hoy, con 28 baños portátiles y tres puntos de lavado funcionando. Resultado: Todos los que llegaron, pudieron beber y asearse. “Ver a los niños aquí bañándose, bebiendo agua, corriendo y disfrutando me da un orgullo único”, expresa Delrin.

En la selva de Darién, los migrantes están particularmente expuestos a la violencia, incluido el abuso sexual, la trata y la extorsión por parte de bandas criminales. También corren el riesgo de contraer diarrea, enfermedades respiratorias, deshidratación, y otras dolencias que requieren atención inmediata.