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04 de Jun de 2020

Redacción Digital La Estrella

Columnistas

La carencia de educación cívica

No es un secreto la carencia de educación cívica en las escuelas de nivel básico y medio. Grave como es, la carencia de educación cívica...

No es un secreto la carencia de educación cívica en las escuelas de nivel básico y medio. Grave como es, la carencia de educación cívica más delicada es que se la haga consistir en lo que no es. Porque el resultado es la deformación cívica. Hay muchos ejemplos, pero aquí nos referimos sólo a uno.

Es la desviación de la educación cívica que consiste en confundirla con el nacionalismo y, a menudo, con un nacionalismo desorientado. Se cree que se satisfacen los requerimientos de la educación cívica con sólo inculcar en los estudiantes un barato y no pocas veces irracional júbilo patriotero. Ninguna cara de nacionalismo sentimental podrá suplir la fuerza de la verdad en la formación de juicios sobre la realidad nacional y de la conciencia que nos vincula a la patria con responsabilidades trascendentes.

Porque la función de la escuela es introducir a la vida y la vida que llevamos implica convivencia solidaria en un sistema social y en un orden político determinados, la educación cívica es tarea esencial de toda escuela. Por esto, todo sistema pedagógico que merezca este nombre ha dado siempre un lugar relevante a la formación del futuro ciudadano. Lo hacen los países que se rigen por el sistema totalitario para formar al “perfecto ciudadano comunista”; lo hacen los países orientados por doctrinas democráticas para lograr la formación de ciudadanos libres, eficientes, de vida digna, creadora y feliz.

En el caso nuestro, cabe preguntarnos si la educación que se imparte está formando adecuadamente a los futuros ciudadanos. Y, puesto que nuestras instituciones políticas son democráticas, cabe preguntarnos si nuestra educación cívica enfatiza suficientemente los dos elementos fundamentales que pueden asegurar la vida democrática en el futuro: la instrucción acerca de los grandes problemas de nuestra vida política —sin la cual no habrá interés por participar en ella— y la formación de la conciencia cívica, sin la cual no se relacionarán esos problemas con la responsabilidad individual.

Lo primero que salta a la vista es que nuestra carencia de una tradición cívica vigorosa se manifiesta con demasiada frecuencia, en escuelas particulares y oficiales, en el descuido de la educación cívica. Cuanto mejor quiera ser una escuela, más debe preocuparse por vincular a sus estudiantes con los problemas de la comunidad. La verdadera educación cívica consiste en ser consecuentes con la función pública de la educación. Esta exige que la escuela contribuya a mantener un orden público justo, lo cual se logra fundamentalmente en un Estado democrático cuando el mismo promueve el consenso de los futuros ciudadanos dentro de los principios que inspiran ese orden político, cuando forma una conciencia responsable y cuando inculca la dignidad irrenunciable de toda persona humana ante el Estado. Sólo así podrá contribuir la escuela panameña a formar ciudadanos íntegros!