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17 de Jan de 2021

Redacción Digital La Estrella

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El valor que tiene cada hijo

Hay dos modos opuestos de ver a un hijo.. El primero consiste en verlo como una posesión, como un resultado, como “algo” que satisface ...

Hay dos modos opuestos de ver a un hijo.

El primero consiste en verlo como una posesión, como un resultado, como “algo” que satisface los deseos de sus padres. El segundo consiste en verlo como un don maravilloso que pide cuidado, cariño, ayuda, amor.

En el primer modo, el hijo nace sólo si los padres lo “programan”.

Cuando esos padres deciden tener al hijo, lo acogen sólo si llega cuando quieren y como quieren. El cómo, sin embargo, a veces produce sorpresas.

Si nace el hijo con características no deseadas, disminuye la estima de sus padres, o se produce un extraño sentimiento de fracaso, como si el hijo valiese sólo si superase un test de cualidades, como si su vida sirviese para satisfacer los deseos de los mayores.

El otro modo de ver al hijo es radicalmente distinto.

El hijo no es una posesión, ni un resultado previsto, ni un objeto que se acepta o se rechaza según sus propiedades. En esta perspectiva el hijo vale por sí mismo, sin condiciones, sin límites.

La noticia del embarazo, inicie cuando inicie, llena de alegría a los esposos, que se saben bendecidos por un Dios que les encomienda el cuidado de una nueva vida.

Estos padres han descubierto que el hijo es mucho más que una posesión; es una persona, es un tesoro, es una vida que empieza en el tiempo y que está llamada a lo eterno.

Es, ciertamente, hijo de los propios padres. Pero también es hijo de Dios.

Ese niño nace, por lo tanto, en un hogar que lo acoge porque lo ama. Vivirá por un tiempo, poco o mucho, lo que Dios disponga.

Un día partirá a formar otro hogar, o será llamado por Dios a su abrazo eterno, o sentirá la vocación más hermosa que puede haber en un hogar cristiano: la de ser sacerdote, ser consagrado o consagrada en la vida religiosa.

Existen dos modos muy distintos de valorar a los hijos.

Dos modos antitéticos que muestran el misterio profundo de la libertad de cada ser humano: una libertad que es hermosa si se vive para amar, una libertad que es triste si se vive sólo según el egoísmo, también a la hora de acoger o no a un hijo.

Ser padre, ser madre, será siempre hermoso si se vive con un cariño sin límites, sin condiciones, abierto a cualquier hijo que empiece a existir. Cada vida es un regalo maravilloso que viene de Dios, un Dios que es Amor sin condiciones. Por eso, porque Él ama primero, pide también a los padres que amen a cada uno de los hijos, que son el don más hermoso que Dios ofrece a los humanos.