El mundo cambió, así solo resultará para revelar su realidad subyacente. En los procesos electorales el uso sobrio de la simbología democrática fue aplastada por la avalancha del espectáculo. La razón, la lógica y las propuestas, pasaron al último lugar en la fila. La actuación gubernamental privilegia la imagen, las acciones en bolsa y el impacto publicitario sobre la seriedad, profundidad, efectividad y duración de las medidas tomadas. Negociar implica humillaciones del poderoso contra su menos musculoso vecino; peor si es amigo. Las conquistas de la humanidad en materia de derecho internacional, convivencia pacífica, presunción de inocencia, debido proceso, autodeterminación y cooperación global, desaparecen precisamente por la mano de aquellos llamados a resguardarlas. El derecho constitucional de juicios públicos cercenado por los juicios masivos fundamentados únicamente en partes policiales. La sospecha primando sobre las pruebas. Ahora resulta que la violencia es el arma más eficaz para combatir la violencia; se equivocaron quienes daban por superado el “ojo por ojo y diente por diente”. La paz se logra a cañonazos. Los competidores se calzan a Dios como si fuera un par de zapatos nuevos.

Su borrascoso pasó por la densa civilización, está destapando encantadores entramados que no dejan dudas respecto a los verdaderos propósitos de sus discursos hechiceros. Al principio no se ven con claridad porque la emoción, la frustración, el enojo, la rampante corrupción, la incompetencia o una legítima preocupación por más seguridad, orden y amor institucional, impulsan nuestra opción electoral. Pero su tránsito huracanado no deja nada en pie. Por ejemplo, antes no era tan evidente el alcance y dimensión del poder sionista en Estados Unidos o en América Latina. Tampoco era tan indudable el peso específico de los ultraconservadores cristianos y los evangelistas que se llevaron dos ministerios en el nuevo gabinete colombiano (vivienda y educación). En varios países el Estado Laico está cediendo al Estado Confesional. Movimientos “tectónico-políticos” agrietaron el Estado de Derecho; los espíritus malignos andan libres y con poder; entre ellos se indultan.

Lo oscuro se está aclarando, pero el arte del maquillaje dificulta captar a tiempo el contexto real. Aunque todos portan un virus fatal en común, su proclividad por mentir es cada vez más patente; su pérdida de credibilidad avanza rápidamente. Sus métodos, impactantes al inicio, devienen en un burdo y cruel abandono de las vías civilizadas y democráticas de solución de controversias. Los que al principio eran simples gestos propios de personalidades fuera de los moldes tradicionales se convierten en típicas e inconfundibles etiquetas de rancias tendencias ideológicas. Ellos definen lo que es verdad y plétores de soberbia comunican sus deseos y acciones al pueblo haciendo uso de “fuegos artificiales”. Cooptan las instituciones que, en la democracia que dicen amar, realizan el principio de la separación de poderes, anulándolos. Ya sea con sutiles mensajes para que “enderecen” sus ejecutorias, con injerencia directa o un aderezo que combine ambos estilos. Los intereses nacionales sucumben a las metas geopolíticas de los grandes. No es raro que estas corrientes intenten introducir procesos constituyentes. La distracción es materia de subsistencia para ellos.

Muestran una enfermedad terminal incontenible debido a su corta y oblicua visión de las realidades humanas. Todavía ganarán otras batallas. La guerra se extiende; su fin no está cerca. Pero no han logrado opacar la luz de todas las estrellas.

*El autor es abogado y exembajador en Chile
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