• 17/08/2026 00:00

Panamá y la geopolítica de reconocer a Somalilandia

A primera vista, Somalilandia parece un punto distante y desconocido en el mapa del Cuerno de África. Sin embargo, para Panamá, -nación canalera, potencia marítima y actual miembro del Consejo de Seguridad de la ONU-, lo que ocurre allí toca, directamente, la seguridad de nuestra flota mercante, la estabilidad de las rutas que sostienen nuestra economía y la coherencia de nuestra política exterior. En un mundo donde los estrechos se han convertido en armas de guerra, Panamá no puede ser un espectador pasivo.

La crisis actual en Oriente Medio ilustra esta urgencia. Las acciones militares de Estados Unidos e Israel para frenar al régimen radical de Irán han desatado una respuesta agresiva que confirma cuán peligroso y desestabilizador es esa dictadura. Teherán no solo ha atacado a sus vecinos en el Golfo Pérsico, sino que tiene la osadía de reclamar para sí el Estrecho de Ormuz y cerrarlo. Cuando Ormuz se bloquea, el precio de la energía y la incertidumbre global se disparan, golpeando el corazón del comercio mundial.

Esta amenaza se extiende al Mar Rojo a través de los hutíes en Yemen. Respaldados por Irán, estos radicales han convertido el Estrecho de Bab el-Mandeb en un “chantaje” estratégico. Sus ataques buscan golpear a Israel y quebrar la cadena logística global. Cuando ese puente entre el Mediterráneo y el Índico se vuelve inseguro, los barcos se ven forzados a rutas más largas y costosas. Para un país como Panamá, cuyo registro naviero aún es el más grande del mundo, esto no es un problema ajeno: es una amenaza directa a su flota y a la competitividad de este sector.

En ese mapa de estrechos bajo asedio, Somalilandia ocupa una posición privilegiada. Situada en la entrada del Golfo de Adén, frente a las costas de Yemen, ofrece una plataforma de estabilidad en una zona crítica. Panamá ya conoció el precio de la anarquía en esa región. Durante la crisis de la piratería somalí en la década de 2000, barcos con su bandera fueron secuestrados y navieras forzadas a pagar rescates millonarios. Aquella piratería nació de una costa sin Estado efectivo, dominada por redes criminales. Cuando no hay autoridad real en la costa, el mar se convierte en “tierra de nadie”.

Frente a ese caos, Somalilandia ha sido la excepción por más de tres décadas. Tras el colapso de Somalia en los años noventa, construyó un gobierno, instituciones y fuerzas de seguridad. Así, mientras el resto de Somalia se hundía en el extremismo, Somalilandia mantuvo el orden y el control de su litoral. No es una ficción jurídica; es un Estado de facto que ha demostrado ser un actor responsable.

El reciente paso de Israel al reconocer a Somalilandia como Estado soberano es un movimiento atrevido de realismo estratégico. Somalilandia, con el puerto de Berbera y su control territorial, es una pieza fundamental para que Israel y Estados Unidos contengan el radio de acción de Irán y sus aliados hutíes. Una Somalilandia independiente y reconocida fortalece la arquitectura de seguridad necesaria para evitar que actores radicales conviertan el comercio marítimo en rehén de su agenda desestabilizadora.

Si bien la administración del Presidente Trump, en Estados Unidos, aún no ha formalizado el reconocimiento de Somalilandia, la coyuntura actual pienso que invitaría a ello. Washington, entiende, hoy por hoy, que la política exterior debe basarse en resultados y seguridad nacional. Reforzar alianzas cerca de Bab el-Mandeb es vital para proteger las rutas comerciales y frenar la expansión iraní. Para Panamá, alinearse con esa visión estratégica tendría todo el sentido. No se trataría de “seguidismo”, sino de convergencia de intereses: defender la libertad de navegación y la seguridad de los mares por donde transita su flota. Adelantarse en este reconocimiento posicionaría al país como un socio con visión de futuro y reforzaría su peso diplomático ante Israel y Estados Unidos.

Como miembro no permanente del Consejo de Seguridad de la ONU, su voz debe ser coherente. Allí se deciden las misiones contra la piratería y las sanciones contra regímenes desestabilizadores. Reconocer a Somalilandia le permitiría a Panamá hablar con autoridad moral y política, respaldando a quien realmente garantiza el orden en esa costa, y exigir a la Unión Europea, -sobre todo a Italia y al Reino Unido como antiguas potencias en la zona-, que asuman su responsabilidad histórica. Europa no puede seguir ignorando a un actor que es clave para la seguridad de las misiones navales de las que también se benefician.

Panamá ya tiene el antecedente de Kosovo, donde actuó con autonomía reconociendo una realidad de autogobierno para favorecer la estabilidad regional. Somalilandia ofrece un caso similar. Además, este paso contribuiría a mejorar la limitada política exterior hacia África. Establecer relaciones con Somalilandia daría un anclaje adicional en el continente, pudiendo ser una puerta de entrada a los mercados del África oriental, quizás desde una misión en Nairobi, Kenia, capital diplomática de la región.

Por todo lo anterior, el reconocimiento a Somalilandia como Estado soberano, contribuiría a los intereses vitales de Panamá como nación marítima. Hacerlo sería un acto de defensa propia frente a las violaciones de Irán y sus aliados, una muestra de sintonía estratégica con Israel y una invitación a que Estados Unidos completase este giro necesario. En la era de los estrechos en disputa, la neutralidad por inercia es un riesgo que no se puede permitir Panamá.

* El autor es excanciller de la República de Panamá
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