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Como he señalado varias veces, hay un importante grupo de expertos que pueden corregir las imprecisiones o las noticias falsas o malévolas sobre los asuntos nacionales que son parte de la discusión cotidiana. Darle la perspectiva adecuada a la ciudadanía. Educarnos mejor sobre los temas. Es un tanto difícil por diversas razones, pero algo se hace. El grueso de la población sufre con el arrastre de incumplimientos por parte de los gobiernos y del Estado. Mi visión sugiere otras fórmulas correctivas que a lo largo de los años he expuesto y actualizo en los siguientes párrafos.
Una de las tres definiciones que da el Diccionario de la Real Academia Española (RAE) sobre humanismo es: “Doctrina o actitud vital basada en una concepción integradora de los valores humanos”. La RAE define tecnócrata como: “Técnico o persona especializada en alguna materia de economía, administración, etc., que ejerce su cargo público con tendencia a hallar soluciones eficaces por encima de otras consideraciones ideológicas o políticas”.
A lo largo de los años mis propuestas para redirigir los destinos de la Nación siempre se han basado en que los gobiernos deben estar – fundamentalmente -- conformados por humanistas, y los tecnócratas, ciudadanos bien preparados y de positiva disposición para servir el país; que trabajen a la par de los humanistas, o tal vez al servicio de la visión de estos, en aras de procurar un mejor balance social.
Aquí rigen los tecnócratas. Asesorados por los de las instituciones financieras internacionales. Juegan con los números y nos dicen que estamos a un tris de ser país de primer mundo. Pero esas determinaciones son incomprensibles cuando, a estas alturas de nuestra historia, el problema social en todos los niveles (salud, educación, seguridad, pobreza, desempleo, corrupción, justicia, etc.), y las perspectivas de verdadero desarrollo, están seriamente comprometidas y en franco cuestionamiento.
Con todos los cálculos y recálculos que estos hacen cada cierto tiempo, con la seriedad y seguridad con que nos lo presentan, seguros de sus predicciones para el futuro o justificando los cambios en cuanto a sus pronósticos pasados, las cosas de igual manera no favorecen a los más necesitados. Ellos creen aportar “soluciones eficaces” a la hora de asignar y distribuir fondos, y como se ha definido, “por encima de otras consideraciones ideológicas o políticas”. Las condiciones de supervivencia cotidiana del conjunto humano nacional (los pobres y la clase media) es altamente discutible. Solo miren las escuelas y el sistema de salud.
En cambio, a mi parecer, si conjugáramos estas planificaciones con el concurso de los humanistas, gente que mira al ser humano, sus desventajas y sus posibilidades, la puerta de desarrollo y la creación de espacios para las transformaciones sociales, serian atendidas de otra manera y con la seriedad que corresponde. Sin una visión clara que coloque al ser humano como centro de toda necesidad de desarrollo y, en consecuencia, su proyección hacia un mejor futuro, seguiremos amenazados por todos los problemas sociales que nos agobian.
Muchos son los indicadores que nos señalan que el crecimiento intelectual de la población es negativo y, en los últimos 25 años, los hemos estado sacrificando, generación tras generación, por la falta de una visión holística sobre desarrollo humano.
Esa visión de desarrollo humano debe cimentarse con políticas adecuadas de desarrollo científico y tecnológico pero sustentado por una conducta cultura humanística. Es muy difícil definir una visión de Estado sobre nuestro futuro, cuando no tomamos en cuenta que, como país de tránsito, nuestra condición cultural continúa redefiniéndose y enriqueciéndose con nuevas influencias y aportes.
Todavía no entendemos que, en términos generales cuando una generación se detiene a estudiar los aportes de otra del pasado, examina y en muchos casos se admira y aprende de sus contribuciones culturales: en la plástica, la literatura, la música y los esfuerzos sociales que realizó en favor del conjunto de la población. De sus contribuciones académicas o filosóficas en todas las áreas del conocimiento de pensadores que hicieron el intento de moldear su tiempo. Lo de nuestra Asamblea de Diputados, por ejemplo, deja mucho que desear en ese sentido. Más que por lo pragmático o lo técnico, las naciones son comprendidas a posteriori cuando los investigadores dan cuenta de la sensibilidad cultural e intelectual que socialmente predominó en su época.
Tristemente he llegado a la conclusión de que los desafíos que experimentamos como sociedad, no tienen remedio en manos de la clase política y los que verdaderamente ostentan el poder. Más que la construcción de cosas – infraestructura de concreto y hierros -- el reto del desarrollo humano a través de la educación y la cultura es lo significativamente más importante para la continuidad de nuestras sociedades. Por allí cojeamos, es evidente, y también es evidente que no parece haber remedio si no cambiamos la visión de desarrollo.