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19 de Sep de 2020

Redacción Digital La Estrella

Columnistas

¿Por qué temen al concepto género?

El proyecto de ley de “Salud sexual y reproductiva” ha generado un revuelo. Desde los púlpitos se hacen proclamas y culpan al Diablo de ...

El proyecto de ley de “Salud sexual y reproductiva” ha generado un revuelo. Desde los púlpitos se hacen proclamas y culpan al Diablo de ser su autor intelectual, mientras que otros achacan a la responsabilidad a los “malthussianos”.

Los medios de comunicación, tan cargados de imágenes sexuales a la hora de vender productos, hacen un guiño a los apóstoles de la cruzada, y expresan su “preocupación” y condenan al proyecto por “promover el libertinaje”.

Según una doctora, los médicos no le podrían informar sobre si sus nietas tienen o no actividad sexual. Curiosidad que a mí me parece morbosa, pero ella afirma que en eso consiste la esencia de la “patria potestad”. Pero lo que más le preocupa a esta gente es el uso reiterativo del concepto “género” en el proyecto. Parece que esta categoría sociológica encierra en sí todos los males.

Dos mujeres prominentes son las precursoras de la categoría de género. La antropóloga Margaret Mead, en su libro “Sex and Temperament in Three Primitive Societies” (1935), llegó a la conclusión de que los roles sociales asignados a los sexos no eran de origen biológico, sino culturales. La escritora francesa Simone de Beauvoir, resumió el asunto en una frase: “Una no nace mujer, sino que se hace mujer”.

El sicoanalista Robert Stoller (“Sex and Gender”) precisó el concepto: “aspectos esenciales de la conducta —a saber, los afectos, los pensamientos, las fantasías— que aún ligados al sexo, no dependen de factores biológicos”.

Hasta los años cincuenta del siglo pasado se creía que la persona, al nacer hombre o mujer, ya venía con una marca que le asignaba lo que podía o debía hacer, incluso cómo debía comportarse en sociedad (temperamento).

“Las niñas deben portarse bien y estarse quietecitas; los varones pueden ser desordenados”. O aquello de “los hombre no lloran”. Los hombres a andar por la calle, las chicas a estarse en casa y aprender las labores domésticas.

Gracias a la observación de otras culturas, se descubrió que las expectativas que la sociedad se hace sobre el sexo no tienen que ver nada con la biología, sino que son una construcción cultural. Es decir, depende de la sociedad donde naces y vives. Y, lo que es todavía más subversivo, las expectativas de género pueden cambiar, pueden desaprenderse y se modifican con el tiempo, y cambian con la sociedad. No, no son eternas.

El movimiento feminista, echó mano del concepto de género y lo ha utilizado como un arma en su lucha contra la injusticia de una sociedad en que la mitad de su población, las mujeres, es marginada de todos los derechos civiles, sólo por haber nacido con vagina en vez de pene. Una sociedad que les fija como único objetivo de vida y realización personal: parir.

A los conservadores no les gusta que a la gente se le enseñe que no debe haber discriminación sexual, o que el sexo no es malo. Ni que los estereotipos sexuales no son más que prejuicios para justificar una situación de opresión contra una parte de la humanidad, incluidos los homosexuales.

El peligro es que se extienda una revolución, que ya ha empezado, en cada hogar, cuando todas las mujeres decidan rebelarse contra la esclavitud doméstica y la sumisión al marido.