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25 de Sep de 2020

Redacción Digital La Estrella

Columnistas

Perfil de un buen ministro de Educación

Entre los muchos problemas que tiene que afrontar la administración de un gobierno democrático está la educación. Es por ello que la per...

Entre los muchos problemas que tiene que afrontar la administración de un gobierno democrático está la educación. Es por ello que la persona a quien el presidente de la República confíe esa cartera, en el futuro inmediato, debe reunir títulos que lo acrediten como un profesional en una determinada disciplina y experiencia docente y administrativa probada, sobre todo en los niveles de enseñanza básica y media, así como suficiente dominio en el conocimiento de la historia de la Educación Nacional, para que no resulte ser un “aprendiz”.

Existe, pues, una realidad primordial en todo esto: la actitud y la mentalidad del ministro de Educación ante los muchos y complejos problemas propios del sistema educativo. A nuestro juicio, el titular de Educación debe estar bien enterado de los asuntos educativos nacionales — desde los problemas de carácter administrativo y técnico hasta de los de orden económico y social— para que pueda disponer de una actitud científica altamente pedagógica que le permita observar las cosas con objetividad y proceder como un verdadero ejecutivo en función docente, eminentemente educativa.

Recomendamos al ministro —quien quiera que fuere— sobre todo a aquél que no haya ejercido como maestro en zonas rurales, acostumbrarse a realizar visitas periódicas, bien planificadas, a los distintos lugares de la República, a las escuelas enclavadas en zonas de difícil acceso, para que conozca la realidad de la educación en los lugares más apartados del Istmo; para que observe en el terreno de las realidades, cómo y en qué condiciones trabaja el maestro y el profesor rural en Panamá; que sepa dónde se necesitan edificios escolares, según las condiciones de la zona y del lugar, y cuál ha de ser la participación de la comunidad local en su construcción y conservación; que pueda conversar con el maestro y con el profesor en forma franca y amistosa para estimularlo por la gran labor que se realiza —no con pocos sacrificios— en aquellas zonas apartadas de nuestra geografía.

En el Ministerio de Educación ha de encontrar el ministro muchos funcionarios y docentes dados a la rutina; y otros que, por la edad avanzada y por la salud resentida, ya no pueden rendir más de lo que han podido hacer, también “consejeros y/o consultores” más caracterizados por ostentar influencia personal, que por servir como es debido; encontrará los eternos lamentos de quienes sólo demandan aumento de salario, a veces sin créditos y sin fundamento en el trabajo rendido; encontrará en fin, un Ministerio que requiere con urgencia de un edificio moderno, un “hogar decoroso” permanente, porque en la actualidad funciona en un viejo edificio en pésimas condiciones sanitarias y físicas, que sirvió como hospital psiquiátrico de las fuerzas armadas de EEUU, durante la II Guerra Mundial.

También requiere el Ministerio de Educación de una reorganización funcional en la medida que redunde en beneficio de la enseñanza y la cultura, que no puede ni debe ser para acomodar a “amigos” ni parientes. Ha de ser, repetimos, funcional, dinámica y nacional. La Nación necesita ministros de Educación con un nuevo perfil; que asuman una nueva mentalidad, con espíritu de hacer cosas mejores (no demostraciones efectistas recurrentes), de producir y hacer producir educación de calidad.