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25 de Nov de 2020

Redacción Digital La Estrella

Columnistas

Democracia emotiva

Hace poco intercambiaba opinión con gente del sector intelectual — académico respecto a la oferta electoral que tenemos, específicamente...

Hace poco intercambiaba opinión con gente del sector intelectual — académico respecto a la oferta electoral que tenemos, específicamente a nivel presidencial, donde a pocos días de las elecciones generales, a celebrarse el 3 de mayo próximo, son muchos los que todavía siguen indecisos, porque no se dejan llevar por emociones, es decir, que más bien hacen un análisis racional de su futura decisión.

Ante tal dilema, viene como anillo al dedo la obra “Facticidad y Validez” del connotado filósofo alemán Jürgen Habermas, que hace referencia al modelo de política deliberativa, también llamada a veces democracia discursiva ; término este utilizado para referirse a un sistema que pretende equilibrar la democracia representativa con la toma de decisiones consensuadas.

En pocas palabras, se caracteriza por el debate sereno y la discusión pública bien argumentada.

En este sentido, al analizar las campañas políticas, creo que estamos ante un evidente modelo de democracia emotiva.

O sea, en la que reina el arte de la manipulación de los sentimientos. Así, en el mundo político hacen fortuna a veces rótulos que en el lenguaje académico tienen un cierto contenido y, sin embargo, al pasar a la vida corriente ven difuminarse sus contornos hasta no saber ya bien qué significan, como ha sido el caso de la llamada “democracia participativa”.

Cierto que en su larga historia la democracia se ha visto acompañada de calificativos como directa, indirecta, representativa, elitista, congregativa, entre otros, pero el que hoy está de actualidad es la deliberativa, lo cual está muy bien, sólo que cabe preguntar si una tal forma de democracia no está tan lejos de la que tenemos que es imposible encarnarla, incluso es hasta descabellado perseguirla como ideal, y no porque resulte indeseable, sino porque sus pretensiones no pueden ni admitirse.

Muchas razón tiene el autor John Dewey cuando habla de la democracia representativa, en el sentido de que dicho modelo no es el gobierno del pueblo, en ningún lugar de la Tierra gobierna el pueblo, más bien es el gobierno querido por el pueblo, y ni siquiera eso: es el gobierno querido por la mayoría del pueblo.

Incluso por la minoría, cuando los partidos en el poder no tienen mayoría absoluta, donde se forma una serie de pactos, los cuales crea un problema en algunas ocasiones.

Es cierto que venimos de una cultura que no sabe muy bien qué hacer con las emociones y que, en este tema, se polariza entre quienes tienen una profunda desconfianza frente a la presencia de los sentimientos en política y los que, sabedores de este vacío sentimental, utilizan de una manera populista los sentimientos, lo que a su vez acrecienta la desconfianza en los primeros y continúa alimentando la espiral.

Un país sumido en temas que ya deben pasar de página, como es el supuesto “latazo” a la candidata Balbina Herrera, como consecuencia de su presencia en una tarima durante los pasados carnavales, es a mi juicio un síntoma pésimo de un país que no tiene pueblo, sino masa, dispuesta a seguir bailando a cualquier flautista embaucador.

Existen temas nacionales más importantes que debatir, como es el problema de la educación, la cual requiere que el próximo gobierno haga radicales transformaciones, porque la educación en su conjunto es deplorable.

Hay muchas tareas pendientes para la construcción de una verdadera democracia, pero lo más importante consiste, a mi juicio, en formar mayorías cultivando pueblo y no masa.

Total, politizar las emociones puede ser un factor de renovación democrática.

-El autor es abogado y docente universitario.nanchy@hotmail.com