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30 de Jun de 2022

  • Redacción Digital La Estrella

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La inteligencia de las cosas divinas

Alguien me escribió asombrado para decirme que no sabía que “un filósofo e historiador” pudiera tener una posición que defendiera la exi...

Alguien me escribió asombrado para decirme que no sabía que “un filósofo e historiador” pudiera tener una posición que defendiera la existencia de Dios, cuando no había una prueba material de su existencia. Evidentemente no comprende la noción de experiencia, tampoco la de filosofía y mucho menos la de teología.

Como el escribiente pertenecía a una sociedad atea yo pude, a mi vez, preguntarme si él tendría la prueba de que Dios no existía. Y como sé bien que no la tiene, me adelanto a decir que tampoco tiene la de la existencia de muchos personajes históricos de los cuales solo nos llega la noticia de que han caminado en este mundo por medio de escritos o testimonios de terceros. De eso se trata, y alguna vez lo dijimos: las pruebas del mundo científico natural, no son las mismas que las de las ciencias humanas, como la historia, por ejemplo. En estos casos nos basamos generalmente en una serie de testimonios —y a veces no muchos—, pero nadie pone en duda su existencia. Y eso que los testimonios orales o escritos también pueden ser falsificados. Pero el caso de Dios es distinto. Su existencia supone una serie de consecuencias para el hombre, sobre todo de índole moral, que cambiarían el curso de la historia —y de la conducta humana individual también autor— si el hombre poseyese tal certeza. “Mejor lo negamos”, dicen los ateos. “O que se ponga debajo del microscopio”, gritan los agnósticos. Mientras,, Dios deja fluir tranquilamente su paciencia y se manifiesta a los santos (siempre y en todos los siglos), y también a la gente humilde y sencilla “porque te pareció que era mejor, Padre”, como dijo Jesucristo. A esos que solo tienen como propósito satisfacer a Dios y no verse satisfechos por Él. A esos que no lo cuestionan engreídos, sino que se cuestionan ante Él, a esos se manifiesta, y a veces, tan espectacular como a Moisés en la zarza ardiente. Es su querer, ¿quién se lo puede prohibir?

Pero mientras tanto, al común de los hombres, Dios nos dejó la filosofía y la teología. Con métodos diferentes, pero razonada y sistemáticamente la filosofía de todos los tiempos se ha acercado a Dios a través de figuras como san Agustín, santo Tomás de Aquino, el mismo René Descartes, Blas Pascal, Jaime Balmes, Jacques Maritain, Emmanuel Mounier, Paul Ricoeur y un largo etcétera.

La teología bíblica, por su parte, comienza en el terreno de la Sagrada Escritura, pero son argumentos razonados, filosóficos, basados en el testimonio de la Patrística y de la Iglesia los que muestran la racionalidad de los datos revelados.

En otras palabras Dios no aparta al hombre de la posibilidad de encontrarle por medio de la razón. Al contrario, ese es el camino común de la gente pensante. Pero se tiene que tratar de una razón sincera, profunda, no engreída ni prejuiciada.

El autor es filósofo e historiadorjordi1427@laestrella.com.pa