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24 de Oct de 2020

Redacción Digital La Estrella

Columnistas

De normas, néctares y naturales

Aplaudo la iniciativa del anterior director de Industrias y Desarrollo Empresarial (DINADE), Francisco de la Barrera, de convocar a todo...

Aplaudo la iniciativa del anterior director de Industrias y Desarrollo Empresarial (DINADE), Francisco de la Barrera, de convocar a todos los actores para determinar y decidir sobre una norma técnica para jugos naturales. Por años, los panameños han sido engañados con respecto a si un jugo es natural o no, principalmente debido a la ausencia de una norma técnica y también por la propia conveniencia de grandes empresas que hasta hace poco no habían tenido la necesidad de comercializar un buen jugo en Panamá.

En términos generales, el concepto de un jugo natural aún no se entiende. Para la mayoría de la población, jugos, néctares, bebidas o refrescos significa prácticamente lo mismo. Incluso, salvo raras excepciones, el consumidor no pareciera apreciar ni reconocer las evidentes diferencias entre uno y los otros. Lo artificial ya enmascara tan bien a lo natural que cada vez parece existir menos necesidad por parte de las empresas de ofrecer productos naturales, es decir, sin agua agregada, sin preservantes, sin pausterizar, sin vitaminas sintéticas, sin pulpa disecada y sin concentrados. Para la inmensa mayoría, una bebida cualquiera de esas que colocan en las estanterías y neveras de los supermercados, con más de 35 gramos de azúcar por ración y cargadas de productos químicos, es considerada también un jugo. Y por eso muchos fabricantes se han aprovechado de esta ignorancia ciudadana para introducir cuantos líquidos y sabores hayan imaginado.

La realidad es que existen diferencias significativas entre un jugo natural y una chica, bebida o néctar. Por tanto, la necesidad de una norma técnica para los jugos naturales es una idea brillante que a todas luces se traduce en un paso hacia la modernidad y la equidad del mercado nacional. Esperamos que al final de las discusiones entre los agentes, consumidores y autoridades, se lleve a grado de Reglamento Técnico y su uso sea de obligatorio cumplimiento para todos los productores e importadores. Solo así quedarán expuestas, de una vez por todas, las marcadas diferencias entre lo que es un refresco comercial y un verdadero jugo natural.

Pero si no se llegara a un acuerdo y la norma siguiera brillando por su ausencia, los consumidores seguirían siendo engañados con falsas ideas sobre los beneficios de supuestas bebidas y refrescos, cuando en la realidad son líquidos procesados sin ninguna propiedad nutritiva. Igualmente, los consumidores seguirían leyendo tranquilamente las etiquetas coloreadas y vistosos lemas de jugos “ recién exprimidos ”, cuando en la realidad son líquidos totalmente procesados sin ninguna propiedad terapéutica. Seguirían los ingeniosos anunciando que sus bebidas son naturales, cuando en la realidad sus etiquetas señalan, en letras inelegibles para no caer en la categoría de publicidad engañosa, que contienen preservantes, altos porcentajes de concentrado y la presencia de sustancias sintéticas no definidas.

Estas situaciones son las que, en el fondo, motivaron a la DINADE a convocar en primera instancia a los protagonistas y luego proponer una norma oficial para jugos naturales, néctares y bebidas. Es evidente que el problema no solo proviene de las buenas intenciones comerciales que puedan tener los agentes, sino también del poco interés y desinformación de los propios consumidores, que por años han pensado que un jugo natural es lo mismo que un licuado de frutas con leche. En consecuencia, las autoridades deben romper la asimetría informativa del mercado, limitar las argucias mercadotécnicas de la publicidad, regular la información de las etiquetas y acabar con el relajo.

Normar significa ordenar, y el mercado de bebidas y refrescos está desordenado. Lo fundamental ahora es mantener la iniciativa del anterior director, apurar el ritmo de las discusiones, crear las condiciones para que los consumidores obtengan información precisa, obligar a los fabricantes a reconocer sus responsabilidades y hacer cumplir la Ley.

No importa cuántos años una empresa haya operado en el mercado o haya aportado al Fisco con sus obligados impuestos. No importa cuánto empleo haya generado a la economía nacional o qué tan robusta sea su cadena de comercialización o cuántos premios y estrellas hayan obtenido en concursos de sabor o el número de productos que haya inventado. Independientemente de todo esto, si lo que informan en sus etiquetas no es cierto, las autoridades tienen la obligación de investigar e interceder a favor de los consumidores, retirar los productos del mercado y sancionar ejemplarmente.

Es así de sencillo: un jugo natural es aquél que es 100% natural; no puede estar pausterizado ni contener nada agregado. Los demás productos pueden ser llamados cualquier otra cosa, llámese bebidas, refrescos, néctares o chichas, pero nunca podrán ser un jugo natural.

Es hora, entonces, de que las autoridades se despabilen y permitan que el consumidor reciba la información de manera veraz y oportuna. Eso precisamente es el espíritu de una norma técnica: eliminar la brecha de la desinformación y dar cabida a los estándares de calidad en el mercado. Ya es el momento de identificar y separar las empresas que empacan agua azucarada de aquellas que fabrican verdaderos jugos naturales saludables y nutritivos para la población. No deberían existir más productos procesados con etiquetas de recién exprimidos. Además de ser una injusticia para los consumidores, es una práctica ilegal de muy mal gusto.

*Fabricante de jugos 100% naturales.lifeblends@cableonda.net