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13 de Aug de 2020

Redacción Digital La Estrella

Columnistas

Conducta histriónica

Insisto en decir que los humanos somos la suma de cada comportamiento registrado, que podemos calificar como un estigma de anormal, con ...

Insisto en decir que los humanos somos la suma de cada comportamiento registrado, que podemos calificar como un estigma de anormal, con la segura inclusión de la paradoja como inadaptación.

En cualquier sociedad, toda persona para convertirse en un ente normal necesita de condiciones favorables. Hay seres que se aislan del resto, mientras tejen en su conciencia mil valoraciones. Como algo sintomático es el apresurado intento de escalar verticalmente los peldaños sociales, que rigen en la eterna lucha de clases. No vamos a especificar con un modelo en particular, pero si a alguien desvestimos con estos comentarios podría ser una inoportuna coincidencia.

El hombre o la mujer al principio de su madurez biológica, se diferencian en comportamiento por las fallas o deficiencias con el resto del grupo. Lo cierto es que el juicio moral y raciocinio se suceden dentro del crecimiento, puesto que aprendemos por observación y padecimiento sobre lo que es bueno o malo, logramos determinar los extremos entre la amabilidad y crueldad, y podemos diferenciar la generosidad del egoísmo, al son de las experiencia y es aquí donde la personalidad del sujeto toma la forma sobre su futuro comportamiento.

Para facilitar la comprensión podemos determinar tres estadios: El introvertido, según el que el sujeto retraído, cohibido o miedoso se aisla del resto; El comportamiento normal, si es que podemos encontrar en la sociedad la forma de medirlo; y, el extravertido, es el locuaz al que nos referimos.

El humano se realiza en el entorno en el que convive, con su trabajo o la actividad cultural que ejercita, de allí que los profesionales, comerciantes o sujetos comunes, intentan con la fama, alcanzar notoriedad o fortuna.

Cierto es que hay mucha improvisación y no se excluye a los que intentan por medios fraudulentos alcanzar los beneficios materiales con los que muestran el éxito. Si lo aplicamos al medio con ejemplos, los leguleyos en su desenfreno tratan de desmenuzar el derecho sin el menor rigor o dentro de su inmadurez conceptual, se aferran a la retórica para, en gala de su histrionismo, marcar hitos de sapiencia. Están enfermos mentalmente, sin advertirlo.

Los comportamientos dramáticos, visto como trastornos de la personalidad histriónica, tienen como fundamento llamar la atención de los demás a toda costa, de este modo oscilan entre los extremos como héroes o víctimas. Son pedantes, vanidosos e inmaduros. La petulancia es exagerada y efusiva, se crean ese egocentrismo con respuestas inmediatas a cuestiones que requieren un juicio de valores. No les sorprenda tropezar a un (a) interlocutor (a) locuaz, lo que raya en el narcisismo, con una comunicación verbal impresionista, aunque carente de detalles, con un atractivo en el lenguaje corporal envidiable, sin descontar el aspecto seductor en toda su convencida apariencia.

No obstante, las emociones parecen superficiales y cambiantes. Muy dado a la apariencia física y se incomodan al sentir que no son el centro de la atracción, mientras rellenan un conversatorio explicativo sin fundamento académico. Hablan con los gestos, gesticulan teatralmente con unas manos que dibujan en el aire sus aseveraciones, la modulación e inflexión de voz es envidiada por los avivadores religiosos de las sectas. Lo ciertos es que como consumados sofistas, carecen de un raciocinio de consecuencia lógica y, por tanto, viciosa, en cambio el filósofo busca la verdad sobre todas las cosas.

*Abogado y docente universitario. cherrera@cwpanama.net