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31 de May de 2020

Redacción Digital La Estrella

Columnistas

Sobre personalidad

Pese a que traté de advertirlo, con la entrega anterior sobre el tema del comportamiento histriónico, alguien debió malinterpretar al cr...

Pese a que traté de advertirlo, con la entrega anterior sobre el tema del comportamiento histriónico, alguien debió malinterpretar al creer que señalaba a alguien en particular en el escrito. Hubo otra inconformidad sobre lo imperfecto que somos los humanos, por lo que convenimos en que ningún mortal se exime y más en estos avatares del Derecho, una función tan delicada que junto a la mácula que reviste la Ley, se repiten los yerros que afortunadamente pueden subsanar abogados diestros.

Trato como docente de aclarar conductas, aunque me aleje de los temas jurídicos, porque no podemos vivir entretenidos con los engaños de algunos y menos cobijar bajo el rango de la institucionalidad a nadie, cuyos desaciertos conlleven al fracaso de cualquier gestión. Todos debemos atinar en que nadie está por encima de la Ley. Por ejemplo, la egolatría no es más que el culto de adoración o el amor excesivo de sí mismo. Todo esto lo podemos notar a diario sobre personas de distintos sexos que se acicalan una y otra vez; sin desperdiciar las superficies reflejas para revisar los afeites sobre el cuerpo. Le correspondió al austríaco Sigmund Freud denominar estos particulares rasgos de la personalidad como narcisismo, que en los externos extremos patológicos se desborda en el sujeto, al extremo de sobrestimar sus habilidades en espera de la admiración y afirmación pública. Hay que ver en grado creciente ese agudo egoísmo con el que se reviste el paciente y la falta de consideración por los sentimientos ajenos, lo que afecta su propia familia, subalternos y otros pares cercanos. Es ese amor a su ego, como lo consagra la mitología griega sobre el insaciable amor de Narciso, por su imagen reflejada en el agua.

Si de ególatra hablamos, nos vamos a enfrentar a la persona vanidosa, al ser fatuo o presuntuoso de esos que abundan, repellados con la moda o la suntuosidad en extremo petulante, ayuno de toda modestia, en ese abanicar de sus logros, probada honradez que se desboca en arrogancia, pero si lo vemos en el paralelo, el personaje puede proyectarse normal, simple o sencillo, llano o humilde, sin que raye en lo opacado. El tahúr por ejemplo, es un bellaco dedicado a la trampa en los juegos de azar en los que se destaca por la astuta disimulación en sus actos y de allí podemos desarrollar estos comportamientos que pueden desembocar en ludopatía, una adicción patológica y psicológica por los juegos y la desenfrenada preposición por apostar sin medir ganancias. Aquí tenemos dos desviaciones de personalidad direccionada al daño común y detrimento al particular.

Si aplicamos sobre lo relativo el delirio de grandeza, cuya característica principal es la forma incoherente de mover el cuerpo, y la exageración anormal de la importancia de uno mismo, riqueza, poder y talento hasta caer en la megalomanía, pero lo que pasa es que ante el desmedido comportamiento se muestra en personas que emulan a celebridades, pero en su extremo nos encontramos con el delirio vesánico, cuya caracterización se destaca por la locura o alienación mental. Si es agudo, el cuadro psiquiátrico va revestido de una confusión mental agitada y la descomposición del estado general; si en cambio es alcohólico, se acompaña de la pérdida de memoria, confuso y desorientado, además de convertirse en un incapaz para recordar graves episodios recientes y de esta manera podemos enlistar innumerables variantes.

*Abogado y docente universitario.cherrera@cwpanama.net