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19 de Feb de 2020

Redacción Digital La Estrella

Columnistas

Factor Martinelli en 2010

Los llamados iniciales del presidente Ricardo Martinelli a la unidad nacional, quedaron en el pasado. Desde el gobierno no hubo intencio...

Los llamados iniciales del presidente Ricardo Martinelli a la unidad nacional, quedaron en el pasado. Desde el gobierno no hubo intenciones genuinas de conjugar esfuerzos para la construcción de una sociedad más solidaria, transparente y armoniosa.

El año que terminó fue testigo, por el contrario, de iniciativas encaminadas a la concentración del poder, al desequilibrio institucional en favor del Ejecutivo y al avance sobre cualquier instancia que pudiera significar un contrapeso o limitación a la discrecionalidad. Lo más reciente: el desembozado mensaje de intimidación y presión con el que Martinelli dio señales a sus resortes en el Órgano Judicial para acelerar la destitución de la Procuradora General de la Nación. Esas modalidades en el ejercicio del poder, sumadas a otras como la compra de figuras de la oposición, están afectando negativamente la institucionalidad y calidad de nuestra democracia.

Los pasados seis meses han sido, consecuentemente, de una alteración profunda del estado de ánimo colectivo. El 2010 llega así con muchas llagas abiertas en la piel de la Nación. La inseguridad prevalece como el tema más preocupante para una sociedad desamparada. En lugar de avances en la modernización del Estado, hay retrocesos en la gestión de gobierno de un clan de empresarios experimentados en réditos económicos, pero no en utilidad social.

La realidad es que gobernar es más complicado que planificar el triunfo en las urnas. Por eso Martinelli ha alineado los agentes fiscalizadores de los recursos del Estado, de la transparencia y de la ética de la administración del poder y reorganizado el mapa mediático en función de sus intereses. Con la pauta publicitaria oficial, el gobierno pretende domesticar a los críticos y está engordando a los complacientes. Y va a emplear todos los medios a su alcance —sumado a los golpes de efecto para mantener una percepción favorable en las encuestas— a fin de no bajarse del caballo de prócer populista al que Martinelli supo subirse con engaños y estafas políticas. Al rechazar la idea de que para gobernar democráticamente hay que buscar el consenso, introdujo su propia metodología: Seducir, comprar o destruir.

Martinelli fue elegido para ser el presidente de todos los panameños, pero gobierna con sus socios, subalternos de sus empresas y parientes. Ajeno al sentido de Estado a la hora de gobernar, mantiene un choque permanente entre la voluntad personal del presidente y el espíritu y la legalidad del sistema.

Es peligroso un juego sin reglas, pero lo es más un mandatario que impone sus reglas del juego, que atenta contra los derechos ciudadanos y amenaza con terminar erosionando la confianza de los agentes económicos. El clima político pesa más que los datos económicos. Nada indica, no obstante, que el gobierno mantendrá a raya el déficit fiscal, con una política económica contracíclica, pues se advierte la intención de robarle al futuro los recursos del presente por la avidez de los activos del Estado para impulsar proyectos improvisados y populistas.

El factor Martinelli, con todas sus consecuencias, gravitará sobre el país durante el 2010 y los restantes años de su mandato. Frente a ese escenario debe prevalecer entre los panameños el optimismo, porque —como decía Miguel de Unamuno— aún estando en las situaciones más sombrías, nunca hay que desesperar, pues de las nubes negras cae agua limpia y fecundante.

*Periodista.d_olaciregui@hotmail.com