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27 de Feb de 2021

Redacción Digital La Estrella

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La Educación Media: entre la tradición y la esperanza

La educación media se encuentra en el foco de la tensión política nacional. Si bien este nivel educativo ha cumplido históricamente una ...

La educación media se encuentra en el foco de la tensión política nacional. Si bien este nivel educativo ha cumplido históricamente una función mediadora de la enseñanza primaria a la universidad, hoy en Panamá, todo parece indicar que es el centro de la disputa entre un gobierno que pugna por su reforma y unos dirigentes magisteriales que se oponen, sin que esté muy claro exactamente si es al método de la transformación o a su contenido.

Este hecho no es nuevo en el panorama político asociado a las reformas educativas de América Latina, pues en países que avanzan como Brasil, Chile, Uruguay, Argentina y México, la educación media es probablemente el tramo escolar más sometido a debates y en el que más innovaciones se han realizado en las últimas dos décadas.

Esta situación es explicable a partir de las nuevas demandas que se le plantean a los sistemas educativos producto de los cambios que se operan en el conocimiento, las tecnologías y el mundo laboral. La tradición conectaba directamente la educación secundaria a la universidad o a un oficio en un mercado de trabajo estable que demandaba una baja cuota de conocimiento y de innovación.

Este panorama ha variado en la sociedad del cocimiento. Con la masificación de los estudios superiores, las nuevas competencias que se demandan a las personas para vivir y trabajar, la tardía inserción laboral de los jóvenes, así como la rápida movilidad laboral de los egresados en razón del cambio en la división del trabajo, se generan condiciones que apuntan a la pérdida del carácter selectivo y a una formación vocacional y técnica temprana.

Actualmente se concibe la educación media como una etapa última de la formación general y el comienzo de la específica. De allí que muchos países han optado por un modelo educativo más orientado hacia el desarrollo de las capacidades humanas, a una mejor distribución social del conocimiento y crear condiciones para una cultura del aprendizaje, más autónomo, continuo, relevante y funcional. Se trata de la formación de capacidades transferibles a la comprensión y solución de problemas, nuevas tareas y desafíos.

Según la Constitución y la Ley panameñas, todas las personas tienen derecho a una educación científica, democrática, solidaria y justa, que asegure el desarrollo personal y familiar, así como el fortalecimiento del sentido de Nación.

Sin embargo, ese mandato no se corresponde con la realidad. Menos del 50% de los jóvenes entre 15 y 17 años está escolarizado y la mayor parte de ellos no reciben una educación de calidad. Igualmente, planes y programas de estudio múltiples que atomizan el conocimiento y apuntan en dirección a una sociedad que ya no existe; insuficiencia de profesores en áreas científicas claves (matemática, química, física, biología); métodos de enseñanza y evaluación inapropiados; insuficiente capacidad física en áreas urbanas y escasa oferta en las rurales, que inciden en la falta de cobertura y el abandono prematuro de sus estudios. Todo ello se une a un personal directivo insuficientemente formado y motivado.

También es deber ciudadano reconocer la mala praxis institucional de la Nación en materia educativa, pues cada vez que se renueva el gobierno o el mandato ministerial, también se descontinúan automáticamente los proyectos, compromisos y acuerdos pactados por la educación panameña. Por ejemplo, el Pacto Nacional por la Modernización de la Educación Panameña mediante la Estrategia Decenal 1997-2006, propuso la transformación de la Educación Media a partir de 1999. Por su parte, la Concertación Nacional (2007), acordó la renovación curricular, articular la educación Media a la Superior, el diseño curricular por competencias, avanzar hacia el bachillerato internacional y asegurar la pertinencia curricular según zona geográfica. Estos compromisos nacionales quedaron solo en el papel.

De allí que, independientemente de la ruta que siga la transformación curricular, su éxito parece depender de la continuidad y el respaldo que tenga la innovación en las políticas educativas. También será necesario asegurar la buena formación y responsabilidad que asuma el personal docente con su implementación; una gestión eficaz de los centros educativos donde se aplique y una estrategia efectiva de evaluación de los aprendizajes, de los actores y de la propia institución educativa para sustentar la mejora continua de la educación.

Se debe tomar conciencia que el mundo y la sociedad, con sus contradicciones, cambian a gran velocidad y que la renovación educativa es inexorable, no puede esperar. Es imposible pretender reducir la pobreza y la criminalidad, y aumentar el trabajo decente, si la sociedad y el Estado no asumen la misión de crear, mediante la participación y el diálogo, un sistema educativo con mayor equidad, calidad y pertinencia. Es la tarea de hoy para construir un porvenir mejor para todas las personas. La reforma integral de la educación media es un paso efectivo para avanzar en esa dirección. Sin buena educación no existe esperanza, ni un futuro sostenible para el país.

* El autor es docente universitario.

jbbernal@cwpanama.net