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27 de Nov de 2020

Redacción Digital La Estrella

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Locura de los Césares

H ace unos días el periodista argentino Osvaldo Pepe citó en Clarín la obra del filósofo español Ramón Irigoyen, La locura de los Césare...

H ace unos días el periodista argentino Osvaldo Pepe citó en Clarín la obra del filósofo español Ramón Irigoyen, La locura de los Césares, en la que pasa revista a la vida de algunos emperadores romanos. Irigoyen concluye que al tener en sus manos el poder absoluto, los césares afrontaron límites en su personalidad y una inestabilidad en su estado de ánimo.

Pero hay científicos que opinan lo contrario. Sostienen que la locura de los césares no venía aparejada solo con alcanzar el poder, sino que guardaba relación con la condición para lograrlo. Otros estiman que los estilos totalitarios de poder se encubren cuidadosamente tras campañas electorales en las que se habla de democracia, pero en la práctica se niega la eficacia de los valores de pluralismo y tolerancia.

Al repasar los aciagos tiempos por los que atraviesa Panamá, bien podría hablarse de signos en los gobernantes locales de esa locura que asaltó a los emperadores romanos. Ebrahim Asvat, en su columna de El Siglo, manifestó al inicio de semana repugnancia por ‘tener que vivir con miedo’, como si existiera en el país una dictadura militar que aminorara en los panameños la calidad de ciudadanos. La Prensa se refirió a los tiempos de temor y angustia que cercan a Panamá por las muestras de absolutismo que proliferan peligrosamente.

El presidente Ricardo Martinelli, está dejando en claro que una vez asaltado el poder, no necesita de quienes votaron por él, ni de la ciudadanía a la hora de gobernar. Considera que lo peor que puede hacer es escuchar al colectivo social. Los asuntos de poder los plantea a nivel del poder mismo sin consulta con los ciudadanos. Por eso pretende que todo el país baje la cabeza ante sus designios.

Su estrategia ha sido aventajar tanto a sus rivales como aliados en una carrera desenfrenada y maniobras improvisadas para desconcertar en forma continua, procurando conservar en sus manos la iniciativa. El resultado es que sus aliados no mueven un dedo hasta que Martinelli ordene el paso siguiente. Los adversarios actúan, por el contrario, en una permanente reacción antimartinellista con escasos planteamientos frente a las iniciativas de quien se considera dueño del libreto.

Martinelli actúa en forma insólita, porque su conducta, su estilo, son insólitos. Responde a un particular código genético que no tiene comparación. Sorprende una y otra vez. Desde el inicio de su gobierno dijo que en cinco años celebraría la transmisión de mando. ‘Pero lo que empezamos aquí hoy no cambiará ni en cinco, ni en 100 años. Desde ahora, este gobierno y los que siguen van a caminar en los zapatos del pueblo’, declaró sin rubor.

En su discurso ante la Asamblea General de la ONU dijo el año pasado que tenía fe en la capacidad de conciliación de la sociedad, en la comunicación y respeto, y en la tolerancia como el secreto de la convivencia de los pueblos. Palabras vacías de contenido y una ficción frente a la realidad nacional.

En el mismo escenario declaró la semana pasada que ‘la diversidad étnica es símbolo y ejemplo de nuestra unidad nacional’. Una burla para ocultar la saña con la que reprimió a los indígenas bocatoreños. Garantizó, al mismo tiempo, la adopción de ‘medidas que fortalezcan los pilares sobre los que descansa nuestra gobernabilidad’.

En la voz del mandatario, Panamá no se orienta por el respeto a los derechos humanos ni por el concepto de ciudadanía, dijo Panamá América en un editorial. La palabra democracia no fue mencionada ni una sola vez. Como expuso en la ONU, su meta es abrir el país a los negocios con los $20000 millones presupuestados como inversión en cinco años. Negocios personales y de sus socios.

Para Martinelli haber llegado al poder constituye una victoria total para sus fines y una derrota absoluta para sus adversarios. Como decían los romanos en las guerras: ¡Ay de los vencidos! Si gana, somete. Si pierde, prepara la venganza.

No hay objetivos de respeto a la institucionalidad democrática ni desarrollo humano, ni justicia social. Menos todavía un estímulo a las virtudes individuales. Desde el poder se busca explotar los defectos humanos como mecanismo de control de conciencias y de envilecimiento ciudadano.

Los gobiernos cuyos presidentes cumplen con los periodos constitucionales establecidos, completan décadas de continuidad democrática. Por el contrario a los regímenes totalitarios que pretenden perpetuarse en el poder les alcanza tarde o temprano un hecho insoslayable. Al final, hasta los hombres que se creen providenciales y predestinados no son dioses ni inmortales.

*PERIODISTA Y DOCENTE UNIVERSITARIO.