Temas Especiales

12 de Apr de 2021

Aristides Royo

Columnistas

Repique de campanas y tambores

... es más fácil ponerlos de acuerdo en la discusión de una ley que en la organización de un jolgorio.

Los cuatrocientos catorce candidatos a diputados, por partidos políticos o como independientes, decidieron reunirse para darle un nuevo y mejor rumbo al Órgano Legislativo. Luego de amplias discusiones en las que todos parecían provistos de una prótesis mental que solo se activa en positivo, decidieron que los padres de la patria son primordialmente legisladores y como tales no deben competir con ministerios como el de Obras Públicas, Vivienda y Ordenación Territorial y el de Salud, ni con entidades como la CSS, IDAAN y otras. 


Eliminaron, por amplia mayoría, de sus programas de campaña electoral las promesas de obtener y administrar partidas circuitales, pues en lugar de colocar arena, piedra, cemento y zinc en las construcciones públicas, se dedicarían a las elevadas funciones legislativas, judiciales y administrativas que la Constitución Política de Panamá les encomienda. De ese momento en adelante, salvado el principal escollo que tantos males como el transfuguismo y la corrupción produjeron con las críticas consiguientes de los ciudadanos, el cauce de la reunión se convirtió en el de un arroyo cristalino. 


Juraron preservar la Ley de revocatoria de mandato y luchar para que sea elevada a rango constitucional, de tal manera que no se derogue y vuelva a expedir según la conveniencia del momento o por sugerencia del mandatario de turno. 


Consideraron que las planillas adicionales a la de sus emolumentos como diputados se prestan a comentarios negativos, pues suelen tener como propósito complacer a familiares y amistades cercanas que además se disgustan si no son incluidos. No se logró eliminar la reelección de los diputados, en primer lugar porque es tan popular entre los legisladores que sesenta y cinco de los setenta y un diputados están luchando para ser reelegidos. Sin embargo, expresaron que los que resulten elegidos no abandonarán durante los meses laborables que son ocho más el tiempo por el que suelen ser convocados para la legislatura extraordinaria. Seguirán, pues, cumpliendo sus tareas legislativas, incluso en los años electorales, en los períodos fijados constitucionalmente. Si algún diputado no pudiese compaginar su campaña con sus tareas legislativas, pedirá licencia sin sueldo para que el escaño sea ocupado por su suplente. Se hicieron sesudos análisis sobre la independencia del Órgano Legislativo respecto al Ejecutivo, de manera que la armónica colaboración salvaguarde la independencia y no se confunda con sumisión. 


Algunos llegaron a proponer la disminución del excesivo poder presidencial y el aumento del parlamentario, pero este tema optaron por dejarlo para después de las elecciones. 


Al discutirse la forma en que anunciarían al país los nuevos y nobles propósitos, prefirieron obviar los medios informativos escritos, radiales y televisivos y se decantaron por sitios populares en los que los candidatos, en un mismo día y a una misma hora, pudiesen comunicarle a sus comunidades el giro copernicano de su quehacer político. 


Unos propusieron que en todas las iglesias del istmo se echaran al vuelo las campanas con los candidatos agitando los badajos con fuerza y rapidez para que el sonido no fuese triste como cuando doblan por muertos ni el tañido demasiado acompasado, porque deja indiferente a los que las escuchen. Había que hacerlas repicar en señal de fiesta o regocijo, porque el contenido de las decisiones provocaría la alegría de todos. Otros se decantaron por la instalación de un Tambor de Orden en cada plaza y donde no hubiese se construirían toldos de madera a la antigua usanza de los que se instalaban en Barraza. Los aspirantes más jóvenes anunciaron que contratarían grupos de reggae. Al final se dejó en libertad a los candidatos, pues es más fácil ponerlos de acuerdo en la discusión de una ley que en la organización de un jolgorio. 


En eso, mientras ya mi mente se aprestaba para escuchar los ritmos que adornarían la nueva concepción del Poder Legislativo, me desperté bañado en sudor, pero sin sobresaltos, porque en lugar de la pesadilla de Gregorio Selser en La Metamorfosis de Kafka, los cambios por anunciarse me proyectaban al Mundo Feliz de Huxley. En esos breves instantes del entresueño, gozoso intermedio entre la vigilia y el sueño, pude percatarme de que para cumplir con el programa de conservación energética, había apagado el aire acondicionado de la habitación, olvidándome de abrir la ventana para dejar que entrase la suave brisa de la noche veraniega. 


ABOGADO