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16 de Jan de 2021

Aristides Royo

Columnistas

García Márquez y Torrijos, historia de una amistad

El encuentro, que supuestamente duraría unas horas, se convirtió en un grato diálogo en Farallón, del cual surgió una estrecha amistad.

La primera vez que García Márquez visitó a Torrijos, en los primeros años de la década de los setenta, éste le mandó un avión a recogerlo al aeropuerto de Cartagena. El escritor estaba interesado en conocer a Omar, pues tanto Fidel como López Michelsen le habían hablado de las luchas que encabezaba el dirigente panameño por la recuperación del Canal y de la plena soberanía en nuestro territorio.

El encuentro, que supuestamente duraría unas horas, se convirtió en un grato diálogo en Farallón, del cual surgió una estrecha amistad. Desde entonces, ambos conversaron telefónica y personalmente en múltiples ocasiones y el hombre de Aracataca, cargado de ética, moral y pensamientos progresistas, consideró que si los sueños de Panamá parecían sacados del realismo mágico, más temprano que tarde se convertirían en realidad.

El 5 de septiembre de 1977, Gabriel García Márquez ocupaba uno de los asientos del avión de Air Panamá, en el que viajaba hacia Washington como miembro de la delegación panameña que asistiría a la firma de los Tratados Torrijos Carter. Él y Graham Greene eran los únicos que carecían de visa para entrar en EE. UU., pero no tuvieron dificultad alguna, pues como la misión era presidida por Omar Torrijos, Jefe de Estado de Panamá, las autoridades norteamericanas prescindieron de los usuales trámites de migración.

En reunión sostenida por Omar Torrijos con el presidente Jimmy Carter el 6 de septiembre, un día antes de las elecciones, luego de los temas inherentes a los objetivos de la misión oficial, Torrijos le preguntó al presidente norteamericano cuáles eran las razones por las que se negaba visa a dos eminentes escritores, uno inglés, Graham Greene y uno colombiano, Gabriel García Márquez. Carter le traspasó la pregunta a su director Nacional de Seguridad, el profesor Zbigniew Brzezinski, quien se ausentó durante un cuarto de hora, mientras los dos jefes de Estado seguían conversando.

Al regresar a la reunión, explicó que Gabriel García Márquez hacía frecuentes viajes a Cuba en los que se reunía con Fidel durante muchas horas en las que ambos hacían análisis sobre temas políticos del hemisferio americano. Cuando más tarde los funcionarios de las agencias de inteligencia de Estados Unidos comprobaron que el autor colombiano no era espía ni conspirador, le concedieron la visa que García Márquez aprovechó para recibir un premio del Penn Club.

En cuanto a Greene, explicaron que viajaba anualmente a Moscú, donde permanecía con su amigo Kim Philby, espía británico al servicio de la Unión Soviética. Philby había formado parte del cuarteto de Cambridge. En realidad, el novelista británico y su gran amigo y condiscípulo en el exilio comunista, evocaban sus años universitarios en la Inglaterra de los años treinta. Poco tiempo después a Graham Greene le dieron visa y más tarde publicó su libro Conociendo al General Torrijos, el cual pudo escribir gracias a la colaboración informativa de José de Jesús Martínez, Chuchú, gran novelista, poeta, dramaturgo, matemático, piloto y sargento de la Guardia Nacional.

Gabriel García Márquez siguió siempre vinculado a Panamá por conducto de su gran amigo, el Dr. Jorge E. Ritter, con quien se veía varias veces al año, generalmente en Cartagena. Sobre su amistad con Torrijos, en la que se evidenciaba una admiración mutua llena de respeto y complicidad, deseo recomendar a los compatriotas que vuelvan a leer dos artículos, uno escrito en vida del general, titulado Torrijos, cruce de mula y tigre, en la que entremezclaba en la personalidad del panameño la tenacidad de la mula con la agresividad y capacidad de lucha del tigre, y otro con motivo del fallecimiento de Omar, al que solo puso como título el apellido Torrijos. Lleno de tristeza se refirió así a su amigo: ‘Siempre tuve la impresión de que se había reservado el privilegio de escoger el modo y la ocasión de su muerte, y que la tenía reservada como la carta última y decisiva de su destino histórico. Era una vocación de mártir, que tal vez fuera el aspecto más negativo de su personalidad, pero también el más espléndido y conmovedor. El desastre, accidental o provocado, le frustró ese designio. Pero la muchedumbre dolorida que asistió a sus funerales, iba sin duda movida por la sabiduría secreta de que aquella muerte impertinente y de grandeza es una de las formas más dignas del martirio’.

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