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17 de Jan de 2021

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Julio César Caicedo Mendieta Portocarrero

Columnistas

Los estragos del pichurro

Los muertos por el pichurro son diferentísimos a las otras subespecies de drogadictos

La noticia del aumento de panameños pobres, muertos por causa del trago llamado ‘pichurro’ (alcohol de la tienda mezclado con agua), me recordó la misteriosa madrugada aquella en que las avispas volvieron a meterse en mi tazón de café mientras lo saboreaba.

Pues, con el aroma me vino un presagio que me encogió el pecho por dentro: Supuse que había llegado el final de los piedreros que convivían conmigo en Cerro Viento, San Antonio, Las Trancas y otras barriadas del Rufina Alfaro de San Miguelito. Que mientras sobrevivieron, nunca dejaron madurar los mangos de las veredas y por eso faltaron moscardones necios en la biomasa que picaran a uno.

Los muertos por el pichurro son diferentísimos a las otras subespecies de drogadictos con que contamos en Panamá, son los más pobres y los que menos daños causan a la sociedad. Los pichurreros en su corta vida de precariedad, si acaso conducen una carretilla prestada en los mercados públicos, destripan pescado, despescuezan pollos y cargan bultos. Así que de ellos no esperen muertes por accidentes de tránsito ni violencia familiar, porque ni con hogares cuentan.

Aún en vida, pocas consideraciones tenemos para con estos esos seres humanos, como si fueran tan opacos como algunos poetas panameños, que no figuramos en ninguna lista confeccionada supuestamente por engomados después de una noche de fiesta con banqueros, abogados y prostitutas.

Acá en la capital de ‘la tierra de los Cholos’, me he enterado de que cada año mueren más panameños en las cabeceras de provincias, sobre todo, como consecuencia de beber pichurro, que obtienen comprando un frasco de alcohol de 45 centavos, para mezclarlo con agua y producir dos ‘pachas’ del dañino trago. Tanto los médicos tomadores del café del Boulevard, como los del Dos Continentes, de quienes obtengo algunas informaciones, me afirman que el Pichurro es fatal para los órganos internos, como el hígado y los riñones. El pichurrero jamás se cae como el borracho que conocemos, siempre anda medio ‘alelao’, no busca problemas, pero en cualquier momento se estrella de boca contra el planeta, vomitando abundantes trocitos de sangre, entregando su alma al Creador con una palidez inaudita.

ESCRITOR