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24 de Nov de 2020

Geraldine Emiliani

Columnistas

El infierno de un acoso

‘Las autoridades educativas deben considerar al acosador como un estudiante con necesidades... especiales...’.

El infierno de un acoso
El infierno de un acoso

El acoso te lo encuentras en todos lados y donde menos te lo imaginas. El acosador, no es más que un maltratador, obsesivo, el que disfruta persiguiendo y dañando psicológicamente a una persona determinada. Primero apunta, luego provoca y hostiga, persevera en esa conducta, muestra su poder hasta ver a su presa desarrollando el terror psicológico, inclusive la puede llegar a matar.

Tanta es su rabia, su envidia, que su objetivo es hacer desaparecer a la víctima, muchas veces se da porque la víctima posee atributos que no tiene el acosador y eso lo desestabiliza psicológicamente. En su perfil genérico no solo aparece la envidia, hay otros componentes que lo perturban y es bueno saberlo como herramienta para prevenir e intervenir en estos casos: son de temperamento agresivo, sin capacidad empática, sin sentimientos de culpabilidad. No controlan su ira y sienten necesidad de dominio sobre quien consideran más débil. Son cobardes, malintencionados. Hay quienes les califican de mentes maquiavélicas. Son probables consumidores de alcohol y otras drogas.

Como estudiantes brillan por sus actividades no académicas. Justifican sus perversas acciones con mil excusas o haciéndose la víctima. Su popularidad a veces cae en gracia a ciertos profesores y compañeros. Siempre lideran una manada de seguidores. Proceden de familias en las que se da excesiva tolerancia o autoritarismo y castigos.

En otras palabras, la conducta agresiva parece estar relacionada con las variables afectivas y de relación familiar, como puedan ser el rechazo de los padres, el castigo violento y la carencia de identificación con los padres. Algunos acosadores crecen en la convicción de que el empleo de la agresividad es el mejor camino para conseguir lo que quieren. El haber sido víctima en la infancia propicia que de niño, adolescente y adulto victimice a otros.

La brutalidad del acoso escolar, hoy día, es más violenta. Las madres de los niños y adolescentes maltratados, angustiadas relatan, que sus hijos no quieren hablar, sienten miedo, llegan a casa llorando, ponen excusas para no asistir a clase e incluso se sienten culpables de su situación.

El acoso escolar es un comportamiento agresivo y no deseado entre niños de edad escolar, normalmente entre los 11 y 14 años, en la que un estudiante es agredido de manera repetida y continua y se convierte en el hazmerreír de uno o varios compañeros. Puede ser físico, verbal, psicológico, en forma de golpes, palizas, patadas, burlas, amenazas, insultos, conductas de exclusión y aislamiento social. Otra modalidad es el ciberacoso, que ataca la intimidad fuera del aula escolar utilizando las redes sociales, exponiendo a la víctima a todo tipo de humillaciones.

Las víctimas son despreciadas a causa de algún rasgo físico o étnico, por ser diferentes o más sensibles. Muchos prefieren sufrir ese infierno acosador y no lo comentan a sus familiares por temor. No suelen recibir apoyo de sus otros compañeros de clase ni de sus maestros, que se hacen los desentendidos o no se enteran. En verdad, viven una amarga soledad no buscada.

Cuando los episodios de intimidación escolar son frecuentes, producen un estado de temor constante. La víctima va perdiendo su autoestima, el interés por los estudios, sufre trastornos emocionales, depresión, ansiedad, problemas psicóticos e incluso pensamientos suicidas. Presentan dificultades para conciliar el sueño, dolores de estómago, de cabeza, náuseas y vómito, llanto solitario. Si el acosado no es tratado psicológicamente a tiempo, las consecuencias a largo plazo serán remarcadas con graves problemas en su vida adulta a nivel personal, familiar, social y profesional.

Esta situación es un problema de salud pública, porque se trata de conductas que tienen lugar en el ámbito escolar y es de suma importancia la detección del profesorado. El alumno que es obligado a callar o el maestro que ignora la violencia asumen un cierto grado de culpabilidad cómplice con la ley del silencio y pierden el referente de lo que está bien y lo que está mal. Las autoridades educativas deben considerar al acosador como un estudiante con necesidades educativas especiales, impidiendo a toda costa el clima de violencia, temor e injusticia.

Prevenir y detener la intimidación implica un compromiso con la creación de un ambiente seguro, donde los niños y adolescentes puedan desarrollarse con libertad y sin temor alguno.

PSICÓLOGA