20 de Feb de 2020

Carlos E. Russell

Columnistas

Homenaje a mis ancestros

‘... es más significativo... homenajear a aquellos pioneros antillanos que pagaron con sus vidas...’,

En vísperas de las múltiples celebraciones que se harán en nuestra nación conmemorando el centenario de la grandiosa y magnifica hazaña que fue la construcción del Canal, tomé tiempo para reflexionar sobre el significado existencial de esta victoria del ser humano sobre la naturaleza y su impacto transcendental sobre nuestra nación y aquellos quienes sacrificaron sus vidas en su realización.

Soy, como mis apellidos ‘Russell Codrington’ indican, de ascendencia antillana. Pero, sobre todo, en mi corazón y formación ideológica, africano. Es decir, que mis raíces germinaron en el continente africano y mi sangre arde con el espíritu de aquellos quienes fueron traídos encadenados a través del Atlántico, depositados en las islas caribeñas y luego traídos a las Américas, donde, reemplazando al indígena, fueron utilizados como bestias de carga en la construcción no solo del Canal de Panamá, sino de las grandes industrias de Europa y América del Norte cuando el algodón fue rey.

Habrá algunos que me dirán ‘Carlos, exageras, ellos fueron pagados. ¡A los animales no se les paga!’. ‘Es cierto’, responderé, ‘con la gran suma de 10 centavos por hora’. ‘Pero Carlos’, seguramente replicaran, ‘eso es lo que se pagaba en aquellos tiempo a todos lo que no fueran gringos’. Con sonrisa cínica y traviesa les contesto ‘mal de muchos, consuelo de tontos’.

¿Por qué este relato? ¿Por qué no sentirme satisfecho y orgulloso de que estamos celebrando la contribución de mis progenitores africanos-caribeños como parte de la mano de obra? Porque históricamente ellos como ‘personas’, ‘seres humanos’, por razones conocidas, nunca han sido parte de la ‘identidad’ de nuestra nación. Seguimos siendo obligados por nuestra política, tradición y cultura —esencialmente europea— a vivir entre sombras, buscando la calentura del sol de un nuevo día. Empero, los griegos, los españoles, los portugueses y, a menor grado, los asiáticos han sido incluidos dentro de los círculos de ‘poder’ real, no tienen que ser ‘fichas’ de Don Fulano.

Lo más trágico, en mi concepto, es el hecho de que mi etnia ha interiorizado las mentiras que se les sirvieron en nuestras escuelas, igle sias y cultura tradicional, convirtiéndose en ‘europeos de papel’; es decir, ‘desprecian su color’, deseando ser blancos.

Recuerdo que mi padre me aconsejaba ‘No te cases con ninguna negra. Tienes que mejorar la raza’. Nos ‘planchamos’ el cabello o lo mantenemos bajito, para no desplegar nuestro pelo duro y ‘malo’. Nuestra ministra de Educación —una negra— no quiso que nuestras niñas usaran trenzas... ¡qué horror!

Tratamos de complacer a los que ejercen el poder político, económico y cultural admitiendo que somos ‘negros’, pero ‘finos’. Nuestro español tiene que ser más perfecto que el del extranjero ‘español’. Son tantos los ejemplos de autodepreciación aprendida de nuestra sociedad. ‘¡No soy negro, soy moreno!’. ¿Qué color es ‘moreno’?

Sostengo que hay una diferencia fundamental entre ‘nacionalidad’ y ‘raza’. Raza o etnia es algo que se adquiere biológicamente no tenemos opción; la nacionalidad accidentalmente, generalmente el lugar donde nuestra madre nos parió. Cuando se es en realidad parte de la identidad nacional, no importa el color, no es necesario pedirle a un presidente que nos dé un puesto en la mesa donde se nutre la nación.

Al cumplirse cien años de la llegada de mis ancestros, es innegable que tenemos que celebrar la increíble victoria sobre ‘Culebra’ y el matrimonio entre los dos océanos, consagrados por nuestro canal. No obstante, confieso que para mí es más significativo e importante homenajear a aquellos pioneros antillanos que pagaron con sus vidas y hoy yacen en los cementerios de Corozal, Mt. Hope, y el Cementerio Francés. Ellos se sacrificaron enfrentándose a las inclemencias, enfermedades, las explosiones inesperadas de dinamita y el derrumbe de cerros y montañas y la existencia del racismo nacional. Su máximo triunfo no es el Canal, sino la continuada existencia de nosotros sus descendientes. ¡A ellos les debemos nuestras vidas y no a la construcción de un canal! Quisiera yo que estas palabras llegaran a los oídos del Creador y poder escucharlo brindar su bendición a mis ancestros y a Panamá, sabiendo que habrá pronto una transformación real.

*ESCRITOR Y DOCENTE UNIVERSITARIO.