25 de Feb de 2020

Raúl Eduardo Cedeño

Columnistas

¿Sabemos qué es la paz?

En el mundo de hoy son muchos los que hablan de paz. Pero, ¿sabemos los humanos realmente qué es la paz? Lo dudo mucho

En el mundo de hoy son muchos los que hablan de paz. Pero, ¿sabemos los humanos realmente qué es la paz? Lo dudo mucho. Veamos... Desde el año 1925 se procura lograr un estado de paz en el mundo, a través de una de las primeras reuniones de lo que se llamó entonces el Consejo de la Liga de Naciones y en la cual participaron las más altas autoridades de las grandes potencias de la época, Francia y Gran Bretaña. Fue allí en donde se propuso por primera vez organizar un intento para garantizar la seguridad colectiva tanto para las naciones involucradas como para las que no estaban dentro de dicho organismo. Buen intento.

Esa reunión fue considerada como funesta. Francia y los países más pequeños decían sí al Protocolo presentado, pero Inglaterra lo rechazó aduciendo que ello impedía la libertad de acción de la corona británica y acusó a la Liga de Naciones de que su principal objetivo era la guerra más bien que la paz. Entonces la pregunta que surgió con una atmósfera muy divertida, pero que enterraba la más hermosa esperanza de esa humanidad que se encontraba entre dos guerras mundiales fue: ¿Qué es la paz?

‘Según mi entender y mi filosofía, dijo uno, paz no es nada más que la ausencia de la guerra’. Todos los presentes sonrieron irónicamente ante tal aseveración, porque ante la diferencias de criterios se demostraba qué poco se conocía en verdad de los problemas de ese tiempo posterior a la reciente I Guerra Mundial. Lastimosamente, esa es la comprensión de paz que hemos tenido; es decir, postergar y hallar fórmulas de compromiso para los conflictos que surgían entre las naciones, prevaleciendo así a través de toda nuestra historia muchos años de exaltación exagerada del nacionalismo y la soberanía.

Durante los veinte años posteriores se procuró conservar la paz, esa paz. Y entonces aceptamos cualquier solución a los problemas que provocaban la guerra, siempre y cuando que ella nos mantuviera alejados de la violencia por las armas. Así, hubo tratados firmados por algunos países y considerados por los opositores como simples tiras de papel. Fueron muchos los que cerraron los ojos a las agresiones militares, porque si intentábamos lo contrario ellas se podían extender contra nosotros. Nos dejamos engañar y probablemente muchos traicionaron a sus amigos, porque solo deseábamos mantener nuestro concepto de paz, mientras muchas grandes potencias violaron hasta sus propios compromisos y obligaciones, porque pensaron que esa paz era más importante que el honor, que la decencia y que la confianza en la palabra empeñada.

Fueron fatales para los gobiernos que se consideraban democráticos. En pocas palabras, no había más propósito que impedir la guerra de las armas. Solo queríamos esa paz y así tuvimos la guerra otra vez, la II Guerra Mundial. Miserable fracaso. Pero entre todas esas breves treguas en medio de las guerras que ostensiblemente consideramos ‘períodos de paz’, continuaron las guerras diplomáticas, económicas, políticas y financieras sostenidas entre grupos humanos llamados ‘naciones’ y que no eran más que conflictos, rivalidades y hostilidades con excepción de las armas. ¡Qué risa!

Si a eso es lo que queremos llamar paz, entonces la verdadera paz es una utopía que nunca alcanzaremos y nada le veo de moral, de cristiano, de civilizado ni de promisorio ni de democrático, convirtiéndose entonces en el toque de muerte de todo progreso. Intentar mantener una paz por medios diplomáticos y por un corto intervalo entre Estados soberanos armados, es como querer fundamentar el destino de la humanidad sobre el encantamiento de serpientes, cuando para ello necesitamos instrumentos mucho más eficientes que una flauta.

Para poder lograr una verdadera y durable paz, lo más importante es tener igualdad entre todos los seres humanos, y ella no existe de manera natural. Para su sólido establecimiento se necesitan instituciones sin las cuales ella no puede existir. Las primeras grandes instituciones en que se fundamentó y propagó el ideal de la igualdad fueron las organizaciones religiosas judaico-cristianas con su postulado de que el hombre fue creado a imagen de Dios y que todos los hombres son iguales ante Dios. Ésta ha sido la única forma en que ese ideal de igualdad puede encontrar alguna expresión, aunque han sido muchos los intentos por establecer la igualdad entre los hombres en la vida política y social, pero sin una sólida y justa autoridad específica o ante bajo un símbolo concreto. Solo con la aparición de la Revolución francesa se logró la legislación de igualdad, porque ésta garantizaba la igualdad de los ciudadanos ante la Ley, haciendo igual a todos los hombres ante ella, tal como lo hizo el cristianismo ante el símbolo de Dios. Pero aún así, continuó la desigualdad de manera inalterable entre los seres humanos, acelerando las diferencias entre hombres fuertes y hombres débiles, entre pobres y ricos, entre inteligentes y estúpidos. Sin embargo, ante la Ley del Estado todos eran iguales.

Tengo claro entonces que el eje en la definición de la paz es la Ley y su implacable aplicación. La pregunta final es: ¿tendremos los humanos la capacidad de establecer leyes que apoyen en su totalidad el concepto de igualdad y hacerlas cumplir? Hay conciencias y conciencias, cada cual con la suya.

PERIODISTA