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29 de Feb de 2020

Rolando Anguizola B.

Columnistas

Transporte: todos los demonios

La realidad supera la ficción, en poco tiempo quedó en evidencia que el nuevo transporte no llena las expectativas.

El gobierno de Martín Torrijos inició el proyecto de eliminar los Diablos Rojos, objetivo incumplido que abrió camino al presidente Ricardo Martinelli para sacar del medio a los viejos transportistas y negociar el contrato-monopolio de MiBus. Los diablos fueron reemplazados por metrobuses, enormes cajas rodantes, bien recibidas por el pueblo, al que se prometió un sistema de transporte cómodo, barato y eficiente.

La realidad supera la ficción, en poco tiempo quedó en evidencia que el nuevo transporte no llena las expectativas, las 1200 unidades rodantes son insuficientes, buses muy altos, puertas inseguras, aires que gotean, discapacitados excluidos, no existen busitos alimentadores, la angustia e incomodidad popular contra el bus inicia cada madrugada y se multiplica por fallas en las tarjetas, en las frecuencias, en las incómodas paradas, pasando por conductores o ‘palancas’ abusivos, informales, temerarios, importados de los antiguos diablos rojos.

Para los pasajeros, las zonas pagas son estaciones de lento peregrinaje, en que no cuentan con asientos ni facilidades sanitarias, de su casa al trabajo el pasajero en vez de minutos consume horas en la cola, porque jóvenes o viejos, señores o señoras de pie, con o sin dolor de tobillos, en las paradas y en el bus van como borregos a merced del concesionario.

La cómoda tarifa de 0.25 centavos por pasajero suma en beneficio de la empresa un subsidio estatal superior a 0.32 centavos más exoneraciones de combustible, repuestos, insumos e impuestos y traspaso de terrenos, prebendas que suman arriba de un dólar que paga el contribuyente del país entero, aunque no suba al bus.

La administración del negocio falla en resolver los problemas, porque la empresa reparte la baraja y se guarda el as para ganar o ganar, sus incógnitos accionistas embolsan mucho billete y están felices, porque el contrato de ‘yo con yo’ no contiene mecanismo de defensa del usuario.

Desde sus inicios la supervisión oficial fue cómplice y cobarde, todavía se escuda en que ‘... el contrato no lo permite... el contrato nos amarra... el contrato... el contrato’. Las deficiencias del Metrobús propician abusos y ‘rackets’, como permitir que regresen diablos de todo color, rojos, verdes, amarillos y busitos piratas que funcionan con el mismo explotador sistema de la cuenta que controlan conocidos políticos y explotadores de la mala leche del pueblo.

Ciertamente el negociado para la prestación de este servicio público tiene como consecuencia el fracaso de un sistema de transporte que no fue concebido para beneficio del usuario. La solución en manos del Estado es arrancar con medidas heroicas: Considerando que —objetivamente— el concesionario no está en condiciones pasadas, actuales ni futuras para cumplir sus obligaciones, el Estado debe acabar con el monopolio, denunciar el contrato y asumir control de las operaciones de transporte urbano, el pueblo es primero.

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