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27 de Oct de 2020

Dorindo Jayan Cortez

Columnistas

La corrupción: la peste de una nación

El desfalco a la nación quizás no tenga parangón en la historia republicana, y si lo tiene no hay registro para afirmarlo.

El período 2009-2014 quedará como aquel donde la avaricia rompió los límites de los creíble, que fue mucho más allá de lo que era posible imaginar. Con varios ex funcionarios en la cárcel, incluido un magistrado de la Corte Suprema, y faltando mucha tela que cortar, ya es más que evidente que eso —de gobernar como lo hizo Cambio Democrático, ha resultado un desastre. Ha resultado cierto, también, aquello de ‘más en cinco años que en cincuenta’. El desfalco a la nación quizás no tenga parangón en la historia republicana, y si lo tiene no hay registro para afirmarlo.

Por encima del autoritarismo en el manejo de la cosa pública, que no solo pinchó intimidades y confrontó a la oposición política, se escondió la trama planificada para desfalcar las finanzas públicas; aquí se asociaron la élite del poder público, con una voz de mando, con una élite del sector privado con igual responsabilidad en este episodio. Pero las novedades han empezado a relucir empezando por los eslabones más débiles de la cadena. Aquí se da lo que escribió Diógenes Laercio al decir que ‘son los grandes ladrones lo que hacen que se cuelguen a los pequeños’.

Quienes, como en nuestro casos, reprochamos desde los inicios del gobierno los mecanismos de cómo se gobernaba (desconociendo derechos e imponiendo intereses), que denunciamos la ruptura de la débil institucionalidad existente en el país y que enfrentamos con la pluma el autoritarismo, en verdad nos quedamos mochos en los señalamientos y las denuncias. Aquí, lo sabemos ahora, fue una asociación ilícita en detrimento de los dineros públicos, pero que además irradió una nefasta afectación contra la moral de la nación. Hay que tener muy claro que si la moral se deteriora y, con ella, la ética, el futuro de la nación se ve comprometida por actos que podrían ser entendidos como normales, que se hacen y nada ocurre. Sortear este período dependerá de los correctivos para que la corruptela no se repita. Como alerta Baltazar Garzón, en el prólogo a la obra de Carlo Brioschi, ‘si algo nos enseña el mapa de corrupción en cualquier parte del mundo es que sólo los liderazgos valientes y decididos pueden acabar con el problema, manteniendo una actitud vigilante e intransigente frente a los comportamientos corruptos’.

La nación necesita sanearse de este desbarajuste aunque se trastoquen intereses privilegiados y poderosos, porque son estos los que desmedran la moral de la nación. Una Constituyente, anunciada como promesa electoral, pero que no arranca, debe ser el espacio que revise y supere las más diversas debilidades institucionales; que no queden por fuera, incluso, aquellas que pensábamos que estaban resguardadas del dedo que impone las más degradantes decisiones.

Pero no solo el poder público ha sido el espacio de la corrupción y de los privilegios desmedidos. Este extraordinario ‘revolcón’ pone también de relieve la disposición del sector privado, a una parte del empresariado, de ponerse al servicio y ser impulsor también, de la corrupción. Y es así porque les era rentable y porque a través de ésta ignominia logran consolidar y favorecer sus intereses. Hacía estos actores, que son los de cuello blanco intocables, habría que establecer las medidas y el peso de la ley que imposibiliten el asocio de estos dos soportes del poder, el público y el privado.

DIPUTADO PARLACEN